EL MÁS NACEDOR DE TODOS

“Tu sombra brilla hoy en la pelea mayor, de la conciencia y las razones”

Hombre | Silvio Rodriguez

La fría piedra del lavadero, en el hospital Señor de Malta de Vallegrande, fue el lugar elegido para depositar el cadáver. Desde aquel lunes 9 de octubre del 67, sus ojos no solo no se cerraron, sino que siguen mirando con la claridad que sostuvo la coherencia en su modo de ser y hacer.  Como una amante apasionada, el asma le quedó atrapada bajo el pantalón roído entre las heridas del muslo y el tobillo. La boina permaneció a merced del implacable tiempo, agujereada por una ráfaga de ametralladora, en la escuela de La Higuera. Cayó abandonada a su suerte, entre las sogas que le maniataban las manos, esas mismas que cortaron como trofeo de guerra. Muy cerquita, casi tocando la ochava de la pared, los restos de la vela que alumbró la última noche y el remanente del escupitajo con el que encaró al gusano de la CIA.

Se extinguió sin despedirse de Cuba, quizás porque el Bloque no lo quería en sus planes o probablemente porque su idealismo no le permitió sospechar del poder y sus traidores.  Mientras la CIA comenzó a seguirlo desde África, la KGB sentía que perturbaba los acuerdos de la Guerra Fría. Acaso, las palabras de Fidel al oído, en el aeropuerto de la Habana fueron una profecía auto cumplida: “No se puede estar en contra de Washington y Moscú al mismo tiempo”.

La exhibición de sus restos, se convirtió en un oximorón. Eduardo Galeano, lo describió sin eufemismos: “el Che, tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo, cuando más lo insultan, más lo manipulan, más lo traicionan, mas nace. Es el más nacedor de todos”.  En ese ciclar eterno aparece intacta su lucidez, la sensibilidad social, su voracidad intelectual, el deber ser de sus valores inquebrantables, las biografías ideológicas y personales, sus amigos, los amores, la descendencia. La iconicidad de su imagen, su bravura para combatir al capitalismo, el amor del pueblo cubano, su sonrisa, su bitácora, su condición de hijo y con ella sus palabras. El 22 de mayo de 1965, a orillas del Lago Tanganica –África–, su amigo Osmany Cienfuegos le anoticia del delicado estado de salud de su madre. Decide entonces escribir lo que tituló: “La piedra”. Unos días después, se enterará que Celia de la Serna había fallecido dos días antes del escrito.

… Qué sé yo. De veras, no sé. Solo sé que tengo una necesidad física de que aparezca mi madre y yo recline mi cabeza en su regazo magro y ella me diga “mi viejo”, con una ternura seca y plana y sentir en el pelo su mano desmañada, acariciándome a saltos, como un muñeco de cuerda, como si la ternura le saliera por los ojos y la voz, porque los conductores rotos no la hacen llegar a las extremidades. Y las manos se estremecen y palpan más que acarician, pero la ternura resbala por fuera y las rodea y uno se siente tan bien, tan pequeñito y tan fuerte. No es necesario pedirle perdón; ella lo comprende todo; uno lo sabe cuando escucha ese “mi viejo” …

Su Memoria sigue siendo parte de aquellos que nos emocionamos e interpelamos ante un hombre digno, que puso en valor el hacer revolucionario. En el mientras tanto, sus restos y el de sus veintinueve compañeros se encuentran protegidos desde julio de 1997, bajo la llama eterna, en Santa Clara, Cuba.

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