CUANDO LOS CASCOTES VUELAN SOLITOS HACIA EL RANCHO

Propongámonos el ejercicio inicial de comenzar a preguntarnos en qué medida nuestras opiniones y pensamientos son libres y absolutamente personales o en qué medida están condicionados y qué los condiciona y de qué manera. Esto nos llevaría a reflexionar si aquello que solemos pensar y decir es verdaderamente el producto de un razonamiento propio, si los conocimientos que tenemos sobre hechos y cosas no admite una verdad distinta, si las actividades y las formas sociales que naturalizamos son las únicas posibles.

En estos días, y en otros tantos, habrán oído y leído sentencias tales como: «subieron las tasas de interés», “trepó el riesgo país”, “se desplomaron los bonos”, “aumentó la nafta”, “cayó el poder adquisitivo del salario”, «subió la inflación».

Todas dignas de ser títulos y zócalos en los medios de comunicación, todas supuestamente basadas en cifras y datos reales de la economía. Todas oraciones que cualquiera de nosotros ha dicho o ha leído y escuchado innumerable cantidad de veces. Resultan tan familiares que nos termina pareciendo lo más natural del mundo que, por ejemplo, entidades abstractas, como “las tasas de interés” o “el riesgo país”, puedan realizar una acción como la que expresan los verbos «subir» y “trepar”, que solo podría ser efectuada por un agente animado (“el  gato trepó al árbol”) o algún elemento físico (“continúa subiendo el nivel del agua”) a partir de una causalidad.

Lo peor del caso es que nos acostumbramos y naturalizamos estas expresiones, estos conceptos. Como si fuera natural decir que “los cascotes vuelan solitos hacia el rancho”, en vez de usar la fatídica alegoría futbolera: “nos están cascoteando el rancho”.

Tomemos como muestra una oración que ha sido titular en varias ocasiones: «subió la desocupación» (“Subió la desocupación en Neuquén y es la más alta de la Patagonia”, titular del día 21/09/22, diario Río Negro, por señalar uno de tantísimos ejemplos). El sujeto gramatical de esta cláusula (oración) es «la desocupación», pero no es el sujeto lógico, es decir, el elemento que hace la acción, sino más bien quién debiera recibirla, en tanto es aumentada por una determinada causa.

La estructura canónica de la oración es algo así como “Sujeto + verbo + complementos del verbo”. Por ejemplo, “Los muchachos (sujeto) cascotean (verbo) el rancho (complemento)”. Siguiendo esta idea, la oración lógica debiera quedar: “X (es lo oculto, la incógnita) subió (en el sentido de “aumentar”) la desocupación”. Sin embargo, quien piensa y expresa la sentencia tomada como ejemplo ha decidido efectuar  una “transformación” de esta estructura canónica. Las transformaciones  le posibilitan al hablante simplificar la oración según su estrategia comunicativa. Claro que, con la transformación, a la vez de una economía en el uso de la lengua, se produce una distorsión (Hodge y Kress, 1979).

En la oración/titular “subió la desocupación”, la estrategia comunicativa del hablante es ocultar (porque no lo conoce o es complejo de enunciar o simplemente no quiere exponer) el agente de la acción verbal del verbo “subir”, poniendo en su lugar, para economizar, pero también para distorsionar, un elemento no humano y abstracto que, además de tratarse del afectado por la acción de “subir”, es un sustantivo cuyo origen es otro verbo, “desocupar”. Porque, estimades lectores, en esta frase hay una doble transformación que provoca una doble distorsión. Esta segunda transformación se llama “nominalización” y consiste en que un verbo se vuelva un sustantivo, borrando de un plumazo lo que es propio del verbo: que transcurra en un tiempo determinado, de algún modo y, lo más relevante, que algo o alguien ejecute esa acción que va a afectar a otres.

El sustantivo abstracto “desocupación” se forma a partir del verbo “desocupar”, que es un verbo transitivo, es decir, que su accionar tiene consecuencias, afecta a alguien o a algo. Por ejemplo, “Pepa desocupó el armario”, o “la jefa lo desocupó a Jacinto”. Pero, al nominalizarlo, el verbo queda inactivado, ya no acciona, se borran el agente de la acción  (Pepa, la jefa) y, por añadidura, su afectado (el armario, Jacinto). Entonces, retornando a la oración/titular original, lo que debiera decir,  y que queda  oculto en lo profundo, es que “X desocupó a Y”, en el sentido de dejar a personas sin laburo, sin sueldo, sin obra social, etc.

Si le hablante, en este caso, elige aseverar que “subió la desocupación”, podría también afirmar con total soltura que “los cascotes vuelan solitos hacia el rancho” y, viendo la realidad desde este punto de vista, a nosotres nos llegará a parecer los más natural del mundo ese accionar voluntario de los cascotes, pues, como dice Alejandro Raiter, “el mayor éxito de la ideología consiste en naturalizar lo que es social, cultural e histórico” (…) “para luchar por una sociedad justa resulta necesario luchar por la imposición de otros significados, resemantizar los anteriores o -en términos de Voloshinov- luchar por cambiar el valor de los signos” (Raiter, 2007).

Está en nosotres, como  lectores y oyentes, como ciudadanes en definitiva, permanecer ocioses, de brazos cruzados, y naturalizar aquello que nos dicen, o “poner el cuerpo y el bocho en acción” para analizarlo de manera más o menos crítica.

Bibliografía

Hodge, Robert y Kress, Gunter. (1993), Cuadernos de Sociolingüística y lingüística crítica nº1, “el lenguaje como ideología”. Universidad de Buenos Aires.

Karma, Tanius; Raiter, Alejandro; Santander Molina, Pedro; Sayazo, Sebastián. (2007). Discurso y crítica social. Editorial Observatorio de la comunicación.

Verdugo, Iber (1994). Estrategias del discurso. Universidad Nacional de Córdoba.

Miguel Fanchovich

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