A SALIR DE POBRES

Llegaron a Buenos Aires. Un asombro silencioso los envolvía en medio del bullicio de la estación. Estaban en Retiro por tomar un tren subterráneo que los llevaría hasta Plaza de mayo.  Habían dejado la pobreza lejos, en un rancho de barro, madera y chapas, debajo de la luna y a orillas del arroyo. Ahora, vestidos con sus mejores ropas irían a la plaza principal de la ciudad a conseguir trabajo y lugar donde vivir. El niño se quedó mirando al vendedor que hacía cantar al canario pito de agua y que sobre una mesa tenía unos ratoncitos que andaban solos, la abuela abría los ojos ante la vestimenta rara de la gente, la tía olía nuevos aromas con sus ojos cerrados, las niñas reían de todo lo que veían, el padre las acallaba y la madre atenta a que no les robaran sus cosas. Esquivaron la escalera mecánica y fueron los únicos en detenerse a escuchar al músico. El guitarrista ciego, tenía en su rostro un rictus de semisonrisa, estaba sentado en el piso y con su respiración recostada en la guitarra tocó Capricho árabe. Al terminar la pieza, sabiendo que tenía público, hizo un silencio con los brazos en alto y contó la historia de un hombre ciego que contaba una historia. Hablaba de la miseria que todo se lo comió, y hasta sus ojos. Y haciendo el gesto de mirarlos decretó el final, agitando el tarro de las monedas.

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