PALABRAS, PALABRAS | ODIO

Manifestación, Antonio Berni

Se sabe, y al respecto abundan los testimonios escritos, el odio de clases –precedente a la violencia política– tiene un extenso, muy extenso recorrido en el país de los argentinos. La apresurada muerte de Mariano Moreno en alta mar, ocurrida a poco de la pretensión patriota de Mayo, y luego, jalonada con el absurdo fusilamiento de Dorrego, la guerra civil y el pleito, de algún modo aún no definitivamente resuelto, entre unitarios y federales, alcanzó su paroxismo –a modo de síntesis– en el lema mazorquero de “mueran los salvajes unitarios”, quienes no respondían con liviandad, sino con similar artillería.

El odio, el desprecio al gaucho son ancestrales, fundado en la historiografía oficial y en el monocorde relato porteñocéntrico, Mitre dixit. Cuando preadolescente, Sarmiento vio ingresar a las tropas de Quiroga en San Juan, y conmovido y asustado, pergeñó la matriz del pensamiento discriminador, racista y desaparecedor, que constituye la médula de su Civilización y barbarie, (la madre de todas las zonceras, inmortalizó Jauretche), y más específicamente de Facundo, bastiones intelectuales sobre los que se edificó el incontaminado acervo nacional, al que le cantara Lugones.

Más cerca de nosotros principiando el siglo pasado, en los albores del yrigoyenismo, (el origen del populismo en el país, según un iletrado comentarista contemporáneo) se apeló el peor y más aborrecible depósito de improperios, aunque a mitad de los ’50 alcanzó el punto más alto el supremacismo de clase. Si no era poco con el “aluvión zoológico” de los años ’20, las diatribas pseudoaristocráticas alcanzaron su clímax con “viva el cáncer”, impiadosa metáfora que excluye cualquier digresión anexa; por su fenomenal potencia ilustrativa torna baladí e innecesaria aún la más certera argumentación.

El odio es la negación del otro, al que primero se desconoce, luego se desprecia y por último se quiere eliminar.

Pero antes y después, también hubo odio y odiadores; en ocasiones, ocultos, latentes, porque solo a veces fueron amenazados los privilegios, pero prestos siempre a hacerse notar ante el menor amago que pudiera afectar los intereses de los poderosos.

Sin desconocer los abundantes y fétidos antecedentes, en parte citados en estos desinspirados párrafos, resultaría gracioso y oportuno –a modo de alegoría– imaginar la postal emblema del odio el día, ese día, un día cualquiera pero con fecha cierta, en que las rumbosas aristocracias de estas tierras, indignadas y descompuestas, emigraron raudas de Mar del Plata procurando más acogedores destinos lejos de los incipientes hoteles sindicales, albergue de insolentes “cabecitas” que pisaban sin miramientos por la misma arena que los cofrades de Peralta Ramos. A la intolerable invasión se le respondió con éxodo, y ahora, siete décadas después, vuelve a patentizar aquel mismo encono un dirigente “libertario”, o algo así, cuando postula “ellos o nosotros”. Imagina el apuntador esas mismas palabras en boca de una señora gorda, sobre las que se regodeaba Landrú, sacudiendo la arena de la toalla y retirando enojada la sombrilla de la playa Bristol. Para algunos, no hay lugar para todos.

La pretensa exclusión, que no ha mezquinado machetes, sables o pistolas según los momentos de la doliente historia nacional, constituye un concepto previo a la idea política en sí. El odio es anterior, la ideología vino después, y se expresa en dos modelos antagónicos de Nación: confrontan un país para todos y todas, vs. la creación de un estado para un “nosotros” pequeño, que excluya, que aparte, que elimine a como dé lugar a los otros.

Los medios hegemónicos, fuente inagotable de simplificaciones políticas y de frases ya precocidas, continúan proveyendo a anchas franjas de la población de los insumos suficientes para evitarles el gravoso esfuerzo de pensar. Frente a esa maquinaria generadora de repetidores de conceptos estandarizados, impregnados de un odio pertinaz, portadores de asumida violencia verbal, ni siquiera reculan cuando insolventes intelectuales, más insolventes que los anteriores, en el reconocimiento de la impotencia discursiva, al no poder afrontar la posibilidad de debatir lo que no entienden, procuran –como antes– eliminar a los líderes populares. Frente a esa caterva –¡nada menos!– hay que dar la batalla; nutridos de certezas, exhibiendo convicciones, parados en nuestra historia y deseosos de defender los postergados sueños mejores, sabiendo que del otro lado son muchos y poderosos y encima, desde Europa están llegando malas noticias.

Rody Piraccini

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