MÁS TIEMPO EN LA ESCUELA, ¿PARA QUÉ?

Un adentro a veces no deja de ser un afuera

Hago (h)uso como en otras ocasiones, de un texto–entrevista y una exposición para reflexionar sobre un costado de lo educativo institucional, o sea de la escuela y lo que atraviesa nuestros días.

En virtud de más–menos días de clase que para el poder “se pierden” sea por “paros docentes” (lo que para mí es un seudónimo con el que se intenta ocultar el fundamento del que se trata: reclamo de lxs trabajadorxs de educación en relación a sus condiciones de trabajo y la remuneración que por ello reciben o no), o censo de población o capacitación docente o feriados que irrumpen en la escena nacional de un modo intempestivo porque la democracia misma fue puesta en cuestión, se pretenden extender los días de clase.

Ese no es el problema en sí mismo. Lo que se me plantea como ruidoso es el argumento con el que se intenta hacer pasar: que niñas y niños no queden excluidos de su posibilidad de educarse, asociando ello con el solo hecho de estar en la escuela, “presencialidad cuidada” o “revinculación de los niños que dejaron la escuela”, frases que hacen resonar lo que se puso en el centro de la disputa en torno a la pandemia. Aunque diría problemas viejos con escenarios nuevos. Ciertamente la pandemia trajo otros problemas, agudizó los que estaban y complicó las posibles respuestas o salidas que se puedan instrumentar, lo que conlleva a la exigencia de inventar. Es decir hacer con lo imposible de hacer, la exigencia de respuestas nuevas o reformuladas con nuevas vueltas.

Ahora bien tener que cumplir con los días de clase que marca la ley y que quienes están en función de gobierno se transformen en agentes–instrumentos de eso no está nada mal si, y acá el condicional, si ello no esquiva el dato humano, ya que no puede ser sólo un dato- número a alcanzar. Se trata de un estar aprendiendo que requiere un estar enseñando para que la inclusión no sea solamente un estar adentro de la institución escuela sino brindar la posibilidad de esa experiencia incalculable en lo que lo educativo se puede transformar, si resulta un buen encuentro, como dice Estanislao Antelo[I].

Parte de mi hacer me lleva constantemente a los libros, a los textos, es decir a la escritura que  otrxs hacen y a la que me acerco y de la que me sirvo como una herramienta para pensar y reflexionar sobre lo que me rodea. Eso me lo permitió entre otras cosas, mi paso por la escuela pública. De uno de esos textos haré (h)uso aquí, es una entrevista[II] que le realiza el psicoanalista Jacques Alain Miller a Philippe Meirieu (investigador en ciencias de la educación y pedagogía, escritor francés, profesor universitario) el del gran libro Frankenstein educador[III]. Meirieu, que es francés y habla de las coordenadas de su realidad, también las transciende y por ello considero nos con-viene, nos viene bien. De hecho muchxs educadorxs en nuestro país lo toman como referencia y por ello es que visitó[IV] Argentina hace pocos años. En esta entrevista interroga un tema al que le ha dedicado bastante, qué implicó la democratización de la escuela con las leyes que han planteado la obligatoriedad sin tener en cuenta las implicancias diversas que ello conlleva, dice “y se abrirán enormemente las puertas de la institución escolar: se democratizó el acceso, pero no se democratizó el éxito a la salida”, contundente, entrar no es estar adentro y muchos menos garantizar una salida exitosa. Agrega, “Aquellos que eran antiguas víctimas de la exclusión están hoy en el interior de la escuela, pero no tienen éxito. (…) la escuela reproduce las desigualdades sociales pues practica la diferencia con las diferencias”.

Democratización del acceso al saber –acto pedagógico/educativo–  el universal normativizante que se busca en las políticas educativas, cómo hacer entrar ahí las singularidades en detrimento de un totalitarismo, lo que es decir que cada niñx pueda ser reconocido en su particularidad, su potencial y su obstáculo en ese permitir que algo les sea transmitido, algo que en principio le puede ser ajeno, extraño.

La educabilidad de todos sólo es tolerable si se articula al reconocimiento de un no-poder radical sobre el sujeto en su acto de conocer. La opacidad de la consciencia y la imprevisibilidad del deseo vuelven imposible toda tentativa de dirigir el acto de aprender”. Es decir que un universal que podría ser formulado “todos podemos ser educados”, se puede tolerar si, nuevamente el condicional, hay reconocimiento de lo incalculable de cómo cada uno llevará adelante su propia travesía del conocer, lo que es decir, cómo para cada quien será posible ese paso y se las arreglará con lo ajeno y extraño de lo no sabido.

El acto de aprehender implica el deseo de quien está en esa posición. Ese deseo está fuera de toda presión y cálculo, y así debe ser tenido en cuenta, ya que excluirlo conlleva la segregación en tanto se apoya en el rechazo a la diferencia, léase a lo más singular y propio, a lo UNO que escapa al totalitarismo del control intelectual y social de las políticas cuya fundamento es normativizante.

Laura Kiel (psicoanalista, dedicada a la clínica y la educación en las infancias), ha trabajado particularmente el tema de la inclusión[V], es muy interesante la interrogación que hace resonar, dice por ejemplo que están los niños “que resisten los criterios de normalidad”, un modo muy singular de nombrar a quienes no entran en la norma; la cuestión es cómo responde la institución y las políticas frente a ello. Una respuesta es la inclusión. Agrega “La dificultad de muchos niños de incluirse en la escena escolar podría ser la oportunidad para saber que la escuela cuenta como ese lugar donde armar el espacio de lo común, una escena colectiva”. Y señala, el problema es pensar lo colectivo desde la inclusión. Si entendemos un colectivo como lo que contiene lo diferente, entonces, a dónde incluir sino a una escuela que pueda “permitir que cada uno con su rareza forme parte de un colectivo más vivible. Entonces no se trata de cómo incluir a cada uno, sino cómo armar colectivos más flexibles. Ya que el modo de pensar el todos (normalidad) deja cada vez más niños afuera”. La cosa está en construir otro universal posible, no rígido ni homogéneo, ¿será posible hacer existir otras condiciones en el colectivo escolar?, nos plantea.

La democratización exige, como política de dominio, el para todos –normativizante e intentar domeñar lo pulsional y transformar a lxs niñxs como lo que se puede controlar– inculcar y así reducir lo diverso que lo habita (sea familiar, cultural, de clase o raza).  La política normativizante no se lleva a cabo sin los aparatos de control y clasificación del sistema, que como parte del ejercicio de ese control, clasifica y para hacer entrar en sus casilleros y mantener el orden no se amedrenta ante el uso de recursos como son los químicos/medicamentos (tengo un fallido al escribir “medicamentes”). Ello en pos de reducir a “las personas como inculcables y controlables”, dice Meirieu constituyendo “el cuadro ideológico perfecto para la contención de las pulsiones”, así “el culto del criterio y de la cifra cumple la función de la política educativa”.

Lo incalculable que escapa, lo imposible de educar da lugar a la singularidad, al nombre propio como un modo de habitar la vida y los lazos.

Este breve texto intenta sólo situar algunas de las coordenadas que se siguen poniendo en juego al pensar la escuela y preguntarnos ¿qué escuela posible aún, allí donde se la trata de hacer entrar en números? En estos días, ese número está representado por la cantidad de días de clase. Mientras tanto otros números que aparecen al cierre de esta nota, hielan la sangre y avergüenzan: la pobreza infantil para el primer semestre del 2022 fue del 50,9% según la cifra oficial que publicó el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), “En el detalle por grupos de edad según condición de pobreza, se registró en el documento del Indec que un 50,9 por ciento de las personas de 0 a 14 años son pobres”[VI].

Lo incalculable que resiste a la norma se me representa como lo más afín a la infancia, el tiempo de los posibles, el tiempo que necesita de palabras, de letras, de alguienes que se las transmitan. Para ello ser soportados (de soporte) en un cuerpo que no vive sin alimento y sin condiciones mínimas de existencia y de cuidado, amoroso cuidado.

Lo incalculable en lo que un niño, una niña, une niñe puede devenir, si, último condicional, tiene la vida con que realizar su tiempo, sus propias letras, que le conduzcan a un nombre, ni número ni norma, tan solo un nombre.

[I] Antelo, E. “Notas sobre la (incalculable) experiencia de educar”.

[II] Entrevista “Nos amedrentamos delante de esos jóvenes que se colocan en peligro con comportamientos que nosotros mismos engendramos” (París), extraída de https://elp.org.es/nos_amedrentados_delante_de_esos_jovenes/

[III] Meirieu, p. “Frankenstein educador”. Alertes S. A. Editores. 2003 (reimpresión).

[IV] Philippe Meirieu – La opción de Educar y la Resp. Pedagógica
https://youtu.be/PcPVBEBxSTA

[V] https://www.youtube.com/watch?v=jmQzxe5lB1k

[VI] extraído de Página 12
https://www.pagina12.com.ar/485623-indec-la-pobreza-alcanzo-al-36-5-por-ciento-de-las-personas-

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