EL OTRO, NOSOTROS, ELLOS

¿De cuántos siglos está hecho este momento que ahora vivo?”

Eduardo Galeano

El «otro» en la Edad Media, representaba el miedo a lo desconocido, a lo maligno, a lo hereje, a lo satánico. Esta construcción tenía una intención muy clara de dominación: el control social por medio del miedo, bajo las reglas de la religión. Ese mismo dogma que había convencido al hombre común, de manera eficaz, que lo mejor que le podía pasar era convertirse en el vasallo de su amo feudal o en su defecto la muerte para pasar a la mejor de las vidas. Así pues: sarracenos, judíos, gitanos y la mujer representando a la tentación del pecado, construyó la visión de que un «otro» fuese visto como una amenaza latente que excusó toda clase de vejaciones, torturas y el exterminio mismo.

El siglo XV marca el inicio de los tiempos modernos abriéndose paso entre la conquista de América, la invención de la imprenta, la reforma protestante de Lutero, el descubrimiento Copernicano, las revoluciones científicas, las industriales. Los territorios se extendieron, virando la ambición del poder hacia el Atlántico. No solo se propagó el dominio sino la justificación del avasallamiento que de aquí en más se cometerían en nombre de la evangelización y la domesticación del «salvaje». El poderoso sumó al listado de los otros al «indio» y al «negro». Tres siglos después, el relato del racionalismo se ilumina bajo el slogan de los revolucionarios franceses, que, a vistas de lo acontecido, no ha sido ni tan iluminada, ni tan fraternal, ni tan igualitaria. Se cubre a la razón bajo un manto de divismo, la de la burguesía capitalista, donde la racionalidad se instaura a sí misma como divinidad. El Positivismo de Augusto Comte –que casualmente es la filosofía que la generación del ´80 toma en nuestro país– reafirma el relato donde los hechos obedecen a un orden racional, es decir, ha triunfado la civilización, las ideas, el progreso. La Modernidad dio paso a otras formas de discriminación y violencia.

En 1944, Theodor Adorno y Max Horkheimer, van a recoger el guante y publican: «Dialéctica de la Ilustración», en la misma sobrevuela una pregunta clave: ¿cómo ha sido posible que el culto a la razón haya provocado tantas atrocidades? Responden, explicando lo que ellos denominan: «la razón instrumental», es decir la razón como instrumento para dominar a los hombres. Los campos de concentración fueron un claro ejemplo y no solo aplica a lo acontecido en el territorio europeo. Tres décadas más tarde, en nuestro país, el Proceso de Reorganización Nacional es un muestrario de cómo la tortura se convierte en un trabajo burocrático. De hecho, los torturadores llegaban a su lugar de trabajo –fichaban su entrada– convirtiendo la tarea laboral en actos de tortura, que por cierto deberíamos empezar a desterrar estas acciones como irracionales, adjetivo calificativo que se ha naturalizado en función de lo que NO se quiere decir y sí absolver. Nombrar las cosas por lo que son realmente es empezar a decir «actos racionales», que se cometieron bajo una estructura pensada, sistemática y racionalmente infalible.

Hoy, siglo XXI seguimos siendo parte de esta historia que discrimina y se sigue reafirmando en un discurso de la derecha, demoledor en relación a un color de piel, nacionalidad, forma de vestirse, lugar donde se habita, elección sexual y tantas otras más «características» que no caben dentro de lo normalizado. La romantización del mundo globalizado, se cae a pedazos, ante la embestida brutal que se le sigue haciendo a las minorías, a lo distinto, a lo que rompe la regla. Somos parte de una realidad convulsionada resumidos a un grupo de algoritmos que no solo de una u otra manera: observan, registran y controlan cada movimiento que hacemos, sino que se han convertido en moneda de cambio geopolítica. Al decir de Antonio Gramsci, el arte y la cultura: «ese ejercicio del pensamiento, adquisición de ideas generales, hábitos que deben conectar causas y efectos» se ve atrapada en este engranaje con aristas apocalípticas. Inexorablemente las condiciones materiales son las que siguen determinando nuestra forma de vida, más allá de los ideales y elevados sentimientos, chorreando la misma sangre y el mismo lodo por todos los poros de la cabeza hasta los pies, como sentencia Marx, en la Tesis XI del Capitalismo.

La era digital es la ruta de la seda de nuestros días y se recorre bajo la potencia de los «likes», con el deseo implícito «de pertenecer». Una de las formas de desnaturalizar estrategias para visibilizar lo que intencionadamente subyace en los modos de comunicación actuales, se relatan en el corpus benjaminiano: «el despliegue de la racionalización instrumental está creando las bases para una sistemática destrucción de aquello que verdaderamente importa. Por eso es fundamental recuperar, leer a contrapelo, recobrar la memoria, indagar, interrogar, sentir malestar…». El desafío es titánico, colectivo y cotidiano para hacer de la alteridad una praxis diaria, vaya esto último como una declaración de principios o el manifiesto de una urgente necesidad para poder considerarnos realmente humanos.

Fuentes de consulta:
Cohen Ricardo (2010) Filosofía aquí y ahora. José Pablo Feinmann. Canal Encuentro.
Gramsci Antonio (2018) Los intelectuales y la organización de la cultura EDICOL, Buenos Aires.
Horkheimer, M., & Adorno, T. (2016).  Dialéctica de la Ilustración Ediciones Trotta, Madrid.

María Cobarrubia

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