PALABRAS, PALABRAS | ERRATAS

Hubo un tiempo que fue hermoso, o tal vez no tanto, pero a puro Sui Géneris surge la evocación en la dura confrontación por no rendirnos a la presunción de que todo lo pasado fue mejor, discusión inestable e innecesaria, que desechamos en la premura militante del forzado optimismo. Las generalizaciones dificultan el entendimiento, por lo cual, al objeto de estos olvidables apuntes, centrando la óptica puntualmente en el periodismo, no queda ninguna duda de la veracidad del verso inicial de Canción para mi muerte, aún con las digresiones que obligadamente correspondería incorporar. Recordemos que, efectivamente, hubo un tiempo en que las publicaciones dedicaban un espacio designado como «fe de erratas», donde, en libros o diarios, se recogían los errores detectados a posteriori del proceso de impresión. Con esa misma denominación, aunque en verdad, por tratarse de algo distinto, debería hablarse de «fe de errores», se incluían –a veces– las informaciones en las que pudiera haberse deslizado un error. No es casual el empleo de esa forma del verbo, porque se trataba –en esos casos– de un auténtico desliz: una noticia no del todo certera, un dato no chequeado, una referencia equivocada. La honestidad editorial obligaba a reconocer públicamente el yerro. A modo de ofrecer una disculpa; en tanto un error constituía pesada carga.

Los años aquellos, junto con la honestidad editorial, se fueron desvaneciendo como pompas de jabón. La defensa de los intereses de las minorías dueñas de casi todas las cosas, la pretensión de condicionar a los gobiernos populares, y la voluntad malsana de satisfacer a un margen determinado de «la grieta», extremos de diferencias esenciales en el modo de entender el país que en lugar de elevar el debate político trocó en sensacional negocio para algunos pocos, que encuentran beneplácito en decir cualquier estupidez a fin de satisfacer a la inalterable hinchada propia, que no necesita ni espera argumentos; le alcanza con regodearse en la malsana certidumbre de que todo en «este» país es una porquería.

Éste, nuestro amado y sufrido país, o en todo caso, sus peores dirigencias, gustaron sentarse de espaldas a la América morena; nada de lo criollo sería merecedor de encomio, las alabanzas fluyen para lo venido de afuera, que es el método indirecto para denostar lo propio.     

El meticuloso ejercicio de esta deplorable forma de simular periodismo llevó a decir a Raúl Alfonsín en 1987: «Soy respetuoso de la libertad de prensa, pero ustedes tienen un ejemplo en los diarios de hoy. Yo les pido que lean el Clarín, que se especializa en titular de manera definida, como si realmente quisiera hacerle caer la fe y la esperanza al pueblo argentino». Y, sí… El expresidente no se equivocaba. Ése era el comienzo de una política editorial procaz.

Los medios hegemónicos moldean el pensamiento de la sociedad, y es tan grande su vinculación con los propietarios históricos del poder que juntos detestan cualquier atisbo nacional y popular. El éxito de pautas y sueldos lleva, a quienes desde medios de menor impacto, postulantes a un mejor conchabo, a esforzarse cada día hasta lo payasesco para pasar a ser visualizados como probables reemplazos del plantel titular.

Cuando se presumía que más a la derecha solo se podía encontrar la pared, reaparece en el mundo una nueva oleada de viejas ideas fachistoides, dicha esto en la urgencia por encontrar una etiqueta. Personajes que aunque posan serios resultan desopilantes, pero no por ello menos peligrosos, corren la frontera de lo socialmente aceptado, ampliando un territorio donde es habitual caer en ridículo en la competencia desmesurado para conquistar las simpatías de audiencias sin actividad funcional en el cerebro y para hacerse notar por eventuales futuros empleadores.

Sí, claro. Pensábamos en Viviana Canosa, mencionada aquí tan solo a modo de ejemplo, por su acendrada capacidad para tornar un set en excusado; donde la peor crítica no alcanza, ni siquiera emperifollada con un histrionismo que combina la sensualidad de femme fatal con las pretensiones intelectuales de un garbanzo. La brutalidad y el improperio, mostrados con glamour. Mariano Grondona solía entrevistar a Juan José Sebrelli; Joaquín Morales Solá a Marcos Aguinis. Canosa se regodea con la fina erudición de El Dipy. ¡Cómo será la gravedad del momento que –frente al staff de la +La Nación– Alfredo Casero se muestra sensato!

En su disparate televisado Canosa se paró sobre una “fake news” para edificar un editorial afirmando lo mal que está el país, que obliga a los jóvenes a emigrar. Era una broma entre amigos que despedían a alguien que viajaba al exterior. Nula verificación de fuentes, cero chequeo, ningún análisis de estadísticas de emigrantes. Demostrada la burrada con la falsedad de la sentimental fotografía, no hubo fe de erratas, solo reiterar el enojo ante las críticas recibidas, lo cual también justificaría irse del país.

Hubo un tiempo que (tal vez) fue hermoso, donde papelones de esta índole determinaban una carrera; hoy son aceptados como una nueva comprobación de una forma canalla de ejercer la comunicación.

Rody Piraccini

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