ENTREVISTAS EN LA NOR-PAMPA | NOLBERTO DELFOR LÓPEZ

Nolberto Delfor López (88): “La política, la oratoria y la solidaridad por sobre todo”

Nolberto Delfor López nació en Ferré en 1933. A los cinco años llegó a Pergamino debido al traslado de su padre, quien trabajaba en el Ferrocarril. En esta ciudad realizará sus estudios primarios en la Escuela N° 6 y N° 2 y los estudios secundarios en Arte y Oficio, que lo decidirá tomar el camino de la carpintería.
Su compañera de toda la vida es María Teresa Cahisa, madre de sus dos hijos: Ariel Norberto (54) y Marcelo Ezequiel (53).
En 1954, ingresa al ferrocarril, donde actuará en diversos cargos y realizará a través del tiempo una distinguida carrera sindical.
En la actualidad con sus ochenta y ocho años se desempeña activamente como presidente de MOJUPER, Consejero de la CELP y en otros organismos, donde  cumple con el mandato de ser un simple militante, es decir, un soldado incansable para trabajar siempre por ese sueño de una patria justa, libre y soberana.

¿Cómo recuerda aquella vieja escuela de Artes y Oficios que se encontraba en la calle Florida y que luego se convertirá en la Escuela Industrial?

Yo tuve la suerte de tener asma infantil. Digo esto porque si bien sufría síntomas molestos que interferían en los juegos, en los deportes, en la escuela; hizo que mi padre decidiera que estudiara a diferencia de mis otros hermanos que los mandó a trabajar. Fue crucial en mi vida esa decisión, ya que pude concurrir a la Escuela de Artes y Oficios, que se encontraba en la calle Florida, entre San Nicolás y 25 de Mayo. Esta escuela luego se convertirá en Escuela Técnica y después en Escuela Industrial. Aquí tendré no sólo la oportunidad de obtener un oficio como el de carpintero, sino la de poder observar a los grandes profesores como Raúl Rossi, Regio Regis, Antonio Ulfo, Franchi. No sólo los escuchaba atentamente, sino que imitaba hasta la forma de caminar, hablar, vestir.

Este estudio me permitió inmediatamente emplearme en la carpintería de Virano, donde me especialicé en la carpintería de obra.

¿Siendo un carpintero preparado en teoría y práctica y con un trabajo que le aseguraba el futuro cómo decidió ingresar al ferrocarril?

Si es cierto. Pero lo que realmente yo quería era ser ferroviario como mi padre. La oportunidad se presentó en 1954, año en que ingresé como peón leñero, pero al poco tiempo ya estaba como oficial carpintero. En la huelga de 1961 me permitió dar los primeros pasos dentro del sindicalismo.

Allí los ferroviarios enfrentamos un plan de ajuste que quería imponer el gobierno radical de Frondizi en complicidad con el capital imperialista norteamericano que necesitaba el desarrollo de la industria automotriz y para ello había que destruir el sistema ferroviario y eliminar las conquistas obreras.

Esta huelga se prolongó por 42 días, donde se presentaron todas las actitudes de los compañeros trabajadores, sobresaliendo las de heroicidad.

Debido a esa huelga comencé mi actividad de sindicalista ocupando diversos cargos. En 1978, quedé afuera del ferrocarril para volver a ingresar en 1985 hasta 2002 y como asesor de la Unión Ferroviaria hasta 2012.

En el período que estuve afuera del ferrocarril trabajé con un gran carpintero y mejor persona que fue don Correa a quien nunca voy a olvidar.

En tu actividad de sindicalista fue muy importante el aprendizaje de la oratoria ¿Es así?

No sólo como sindicalista sino en todos los planos de la vida, ya que este arte de decir, de saber decir, de expresar en el momento justo y de la forma correcta el mensaje le otorga a uno firmeza, seguridad.

La oratoria es hablar con orden, con claridad, con entusiasmo, en resumidas cuentas, con eficacia. No es un lujo, sino una necesidad. El 90 % de nuestra vida de relación consiste en hablar o escuchar. Por eso digo en todos los planos.

Este arte de la oratoria lo fui aprendiendo casi sin darme cuenta. Los compañeros me pedían en las reuniones que hablara, que explicara. Así se fue conformando esta herramienta en mí. Luego al ver que se me requería constantemente y que se convertía en una profesión fui preparándome, fui observando las características de mi voz, preocupándome por el vocabulario y, muy especialmente, en romper el bloqueo que genera el pánico escénico.

¿Pero no sólo la oratoria para ser un buen sindicalista?

Por supuesto que no. En esta actividad también tuve que prepararme. Tuve que aprender a ser inflexible ante las diferentes maniobras que suele tener la patronal, a ser paciente con las debilidades y los distintos problemas que presentan los trabajadores, a ser memorioso para recordar los problemas de cada uno de los compañeros, a ser resistente ante los sinsabores, las ingratitudes, las incomprensiones; y, permanentemente, estudiar para reforzar mi formación tanto sindical como humana. Todo ello es lo que permite que uno pueda asumir con capacidades las responsabilidades, que pueda realizar un buen diagnóstico y elaborar el mejor plan de trabajo.

Al hecho fortuito de haber estudiado por tener asma habría que agregarle otro punto significativo en tu vida: la aparición del peronismo. ¿Es así?

No puedo dejar de considerar a ese hombre que apareció en el firmamento de los argentinos y que nos enseñó a no tener miedo, a que todos éramos iguales, que era posible la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. No hace falta decir quién es, pero es bueno decir su nombre como un grito: Juan Domingo Perón.

Fue mi padre quien nos enseñó a amarlo. Mi padre debe estar entre los primeros que abrazaron la causa peronista. El abrió una de las primeras Unidades Básicas con otros compañeros ferroviarios. Yo le solía llevar la comida y ahí lo veía limpiando el revolver o leyendo artículos referidos al peronismo.

Un poco más adelante fundaré con otros compañeros en los años setenta la Unidad Básica Evita Obrera y otras a través del tiempo.

¿Se puede decir que Perón fue el gran maestro en tu vida?

Sí que lo fue, ya que involucró todos los planos de mí persona. Perón es enorme por donde se lo mire y se encuentra en esa grande condición de maestro. Pero a la hora de la verdad, a la hora donde por alguna razón uno debe decidirse para señalar quien ha sido el más grande maestro que se tuvo en la vida no tengo dudas de decir que ha sido mi padre, que ha sido el viejo López. Que ha sido ese hombre que no conoció a sus padres, que nació en un pueblito del Uruguay. Nació guacho, bien guacho con todo lo que eso implica. Este hombre tiene una vida que debe ser novelada. Para empezar a relatarla debo decir que sólo, solito se vino para la Argentina siendo un niño y que aquí realizó los más diversos trabajos. Trabajos de esclavos, como lo fue el trabajo en el campo. Y como no se murió de tantas barbaridades que debió pasar, pudo ingresar al ferrocarril. Lo hizo en Ferré, un pueblito de unas pocas almas. En ese pueblito no sólo trabajaba en el ferrocarril, sino que hizo su huerta y crio animales. Alguien le ofreció una mujer y él la aceptó para que sea la madre mía y de mis cinco hermanos.

Ese hombre, ese guacho en la vida tuvo fuerza para ahorrar, para pensar y para sentir. Sentir, por ejemplo, que no quería esa vida para nosotros sus hijos. Ese sentir lo hizo dejar todo e instalarse en Pergamino. Aquí puso un negocio donde vendía de todo, pero además desde esa verdulería se convirtió para nosotros en un maestro, aunque no lo quisiera. Yo voy a explicitar, a fundamentar con exactitud porque lo considero como el más grande maestro de mi vida. Lo considero así porque ese hombre que no supo del cariño que nutren los padres, a pesar de esa vida injusta que le tocó en suerte, nunca quiso revanchismo, ni tampoco ese resentimiento que suele encarnarse a este tipo de personas. Todo lo contrario, siempre una sonrisa, siempre un chiste, siempre el optimismo, siempre una palabra afectuosa. Pero algo más: siempre la puerta abierta de mi casa y un lugar en la mesa para el hambriento.

Fue un hombre que nunca lo sentí renegar por los menesterosos, por los que nada tienen, por los que piden. Todo lo contrario, una de las tareas que se tomaba era lavar las verduras y frutas y colocarla en bolsitas para los chicos y no tan chicos que pasaban a pedir.

La solidaridad fue su bandera y nos obligó de alguna manera a que nosotros, sus hijos también la practiquemos. La solidaridad y el optimismo para soportar situaciones adversas. La solidaridad, el optimismo y la alegría de tener la puerta abierta y un lugar en la mesa para el que llega. Por eso, por todo eso, no tengo ninguna duda en señalar que el viejo López, sea considerado por mí, a esta altura de la vida, como el más grande maestro que tuve.

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GRANDEZA Y MISERIA DEL PUEBLO

La política es un enorme campo de experiencia para todo hombre y mujer. En esta ciencia es posible observar en su totalidad el comportamiento humano. ¿Cuál fue para usted el episodio donde pudo entrever esas características?

Es bien cierto que la política es un enorme campo de experiencia, un campo donde uno se nutre y busca mejorarse y mejorar a los demás. La política me permitió ver diferentes episodios. Algunos buenos y otros malos. Pero siempre episodios que permitieron mi crecimiento. Entre esos episodios muy particulares se encuentra el golpe del 55. Fue por lejos un hecho histórico descollante. Debo decir que el golpe del 55 estaba en el aire, pero nunca creímos que se iba a producir y mucho menos que se iba a dar con tanta violencia. Yo estaba en el ferrocarril Belgrano, tendría unos 22 años y fui testigo de esos días desgraciados.

A Pergamino llegó apenas producido el golpe el ejército de San Nicolás, que conjuntamente la policía se dedicó a perseguir principalmente a los sindicalistas. Buscaban con amenazas a Cahisa, a López, al Gordo Quiroga que eran los referentes de la Unión Ferroviaria.

En estos hechos se puede ver las distintas caras del pueblo, ya que fue un policía el que nos avisó que venían a levantarnos por ser peronistas reconocidos y tuvimos la suerte de contar con la solidaridad de varios compañeros entre ellos uno que vivía en la calle Florida que nos tuvo varios días escondidos en su casa hasta que el Ejército se marchó.

Pero no todo terminó ahí, ya que hubo un vandalismo notable que pasaba desde el enlazamiento del busto de Evita que se encontraba dentro de la Estación. Un hecho provocador que realizó entre otros el entonces maquinista Mancio Pintos que acompañado por otros miembros del Fortín de Pergamino vestidos de guachos y montados a caballo se metieron en la Estación y entre gritos e insultos a Perón y a Evita realizaron esa acción.

También fue tremenda la hostigación que realizó Capelletti, quien fue interventor de la U. F., ya que llevó adelante una política de persecución. Este hombre era un radical, pero su política era el odio. Fue, por sobre todo, un representante cabal del antiperonismo rabioso.

A veces recuerdo esos hechos y no puedo creer que compañeros de trabajo hayan actuado de esa manera, desconociendo que detrás de esa buscada cesantía, persecución, encarcelamientos, había una familia, había esposas, madres, hijos. «¡Cuánto odio para hacer eso!».

Foto de julio de 2010 con motivo del homenaje realizado por el P. J. a Eva Perón

Rafael Restaino

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