HACER PIE

Guy Debord en su libro “La sociedad del espectáculo” (1967) planteaba con este título, de un modo que tal vez ni él mismo pudo pensar, la dimensión de un funcionamiento de la sociedad ya incipiente en ese momento.

Inicia el libro diciendo “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presentan como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación”. La vida se ha fragmentado, dando lugar a un mundo hecho de imágenes, que se ha vuelto autónomo. Ello lo lleva a distinguir el mundo de la imagen como el mundo que mediatiza a partir de allí el lazo social. Es decir, que desde esa perspectiva el vínculo social es intervenido, hay un en el medio, entre unxs y otrxs, que modifica lo que ya de por sí el lenguaje había instaurado situándonos en un malentendido permanente. Imagen de mundo, separada, el lugar del engaño.

Y definió al espectáculo “no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizadas por imágenes”, el espectáculo dirá es “una visión del mundo que se ha objetivado”. Y ubica a esta noción de espectáculo directamente relacionado con el modo de “producción existente (…) constituye el modelo de la vida socialmente dominante”. Así de este modo la realidad, lo que llamamos realidad, está producido en ambos lados de la cosa, “la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real”. Muchos términos que usamos para hablar de nuestras cosas, nuestra vida y nuestro mundo, desde esta perspectiva se ponen en cuestión. Uno de esos términos que irrumpe es apariencia, el monopolio de la apariencia, dice. Me permito aquí remitirlos, conectarlos con una nota anterior en La banquina “Con F de ficción”, donde trabajé desde otra perspectiva también el mundo del espectáculo y su relación con la tecno-ciencia, ahí donde se desconoce el imposible que la vida lleva en su centro, y se da a creer que todo es posible de un modo o de otro, no hay límites.

La sociedad del espectáculo como máquina de hacer ver se sostiene en el privilegio de la imagen y por la tanto de la mirada. Dice G. Debord “El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño”; y se sostiene en el poder, lo más nuevo junto a lo más viejo, como voluntad de dominio. Un sueño que podemos nombrar como el sueño cientificista, ser máquinas cuyo funcionamiento aseguraría la marcha de las cosas, máquinas que si disfuncionan bastaría con cambiarnos alguna pieza para seguir andando o simplemente ser reemplazadxs; de este modo se garantiza un funcionamiento normativizado, al modo de la clásica película The wall, un ladrillo más en la pared, una sociedad como una máquina de fabricar gentes que cumplan su función en el lugar asignado, sin preguntas ni mundos íntimos que poner al resguardo, todo disponible en la gran plataforma global.

Este nuestro mundo, de Debord, de su sociedad del espectáculo hacia este presente se ha continuado en el panóptico que ya no necesita del aislamiento de la celda y la mirada oculta supuesta en la torre que imprime el autocontrol del prisionero, suponiendo la mirada totalizadora todo el tiempo. Este nuestro mundo se ha expandido, hacia la sociedad de vigilancia, a través de la cámaras en los diversos espacios públicos y no tanto y la obtención de datos biométricos[i]. Todo ello constituye la continuidad de la sociedad del espectáculo por otros medios, donde lo que se da a ver arma una banda de moebius desde lo público a lo privado, en una continuidad donde los límites desaparecen.

Dice Laurent “Esa es la nueva pantalla omnipresente de la sociedad de las imágenes y de la transparencia. Al final el cuerpo precisamente identificado de manera biométrica permitiría una transparencia y una asignación de cada uno de nosotros a su lugar determinado en el funcionamiento general del panóptico del sueño cientificista”.

Debord elaboró sus desarrollos con los elementos que contaba en ese momento, la máxima expresión que los medios de comunicación de masas producían, representaban; allí aún no teníamos el desarrollo que los medios tecnológicos agregaron con el devenir del siglo XX y los inicios de este siglo XXI.

Podemos incluir en ese devenir el desarrollo de la ciencia y de la tecno-ciencia en particular, como lo que viene a mediatizar el lazo social, es decir a habitar ese intervalo entre unxs y otrxs. Desarrollos que pueblan nuestro mundo de objetos, dispositivos que se enganchan de nuestros cuerpos, y ya no sólo como una extensión de los sentidos, el antiguo lugar de los audífonos, anteojos por ejemplo allí donde uno de nuestros órganos disfuncionan; o el largavista, el microscopio para llegar más allá de los límites de lo visible. La realidad, ha sido modificada y ha superado a la ficción, la que más bien se apoya en ella para su nueva narrativa.

Los poderes del cuerpo se siguen ampliando a través de distintos dispositivos, cada vez más complejos, ortopedias, suplementos que sustituyen, reparan, reemplazan el gastado envase humano, aún intentando reproducirlo en laboratorio, por ahora, por partes, hasta donde sabemos. No sólo la extensión de sus sentidos, brazos o piernas, también la memoria puede ser archivada en un disco rígido independiente (desde las fotos, a las grabaciones, filmaciones, ahora ya guardadas de forma inmaterial en la nube). El psicoanalista Aníbal Leserre señala “La idea misma de nube se corresponde con una estrategia de mercado”[ii] y ello sucede en la medida que la red es posible, la red es internet y como agrega Leserre “internet es la mayor estructura artificial creada por el hombre”[iii].

Lo inmaterial se hace presente, nos ex–siste, desafía toda prueba de nuestros sentidos.

¿De qué modo seguir pensando nuestra presencia en el mundo?

En un mundo donde no podemos salirnos, independientemente incluso de la posibilidad de acceso a los diversos dispositivos y objetos materiales o no, estamos inmersos en este universo inmaterial. La pandemia nos ubicó aún más en la necesidad de la conexión, la ausencia de los cuerpos no impidió el lazo social, la continuidad por otros medios de actividades, trabajo–escuela, encuentros, se hizo posible. Es pronto todavía para pensar en los efectos de lo que aún no termina de pasar.

Nuestra presencia, la de cada quien en este mundo, nos convoca a tomar posición y posesión de nuestros días, al modo de una apropiación posible de ese mundo, un mundo en constante transformación.

[i] Laurent, E. (2006) “Los órganos del cuerpo en la perspectiva psicoanalítica”. Dossier de la cátedra Psa. Freud I Prof. O. Delgado JVE Ediciones. BA.

[ii] Leserre, A. (2019) “La hidra neoliberal”. Ed. Grama. BA.

[iii] Op. Cit. P. 126.

Griselda Enrico

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