PALABRAS, PALABRAS… | MERITÓCRATAS

No sorprende, en los tiempos que corren, la entusiasta –y quizá forzada– exaltación de la meritocracia, como idolatrado bosquejo de un mecanismo propicio destinado a resolver pujas posicionales. La postura, controvertida al menos, cuenta con inicial ventaja, ya que nadie podría objetar el mérito en sí como valor; la dificultad, en todo caso, aparece al momento de ubicar con exactitud dónde radica lo meritorio; más allá de las definiciones puramente semánticas.

Resultará meritorio que un estudiante logre un doctorado en universidad extranjera, luego de acceder por holgura presupuestaria a la mejor educación disponible, pero será igualmente meritorio el logro de quien, al tiempo que trabaja, termina el bachillerato en la escuela nocturna, cuando a su tiempo debiera postergar esa posibilidad por urgencias económicas. Por imperio pecuniario está escrito de antemano el final: aquél llegará más alto que éste en la escala social.

Para los meritócratas, no será sino la convalidación de un burdo desarrollo racional destinado, aunque no se diga, a perpetuar las desigualdades y acrecentar las distancias entre los extremos de la pirámide que diseñara Gini.

Se han acrecentado en décadas recientes las asimetrías convalidadas por la perversa distribución del ingreso, condenando a la mitad de la población a subsistir en situaciones desfavorables, cuando no directamente penosas. Estos millones de niños, jóvenes y adultos en general, no se ubican en similitud de posibilidades a la hora de la competencia a la que la vida los somete.

No son comparables las chances de éxito en la pugna a sostener entre quienes gozan de un origen privilegiado con quienes, por el contrario, no cuentan con sus necesidades básicas satisfechas. Se avizora una competencia naturalmente despareja donde el concepto honesto del mérito se desdibuja hasta tornarse en mera caricatura. Las desigualdades imperantes obligan a revisar el concepto, si existiera la exigible pretensión de un abordaje decente.

Ante la sencilla corroboración de las diferencias existentes es el Estado quien debe –a modo de árbitro– propiciar, en sustento de los carenciados, las medidas que intenten acercarlos a la igualdad de oportunidades, ya que no sería legítimo imaginar una carrera leal donde muchos y muchas, aspirando a idéntica meta, arrancan visiblemente desde una posición desventajosa.

Ahora, los defensores del concepto ¿son ingenuos o desconocen datos elementales de la realidad?, ¿o no son más que interesados defensores de un status quo que cristaliza las diferencias, beneficia a los privilegiados y condena a los menesterosos?

En esta última alternativa, se podría ubicar, como carnadura del más duro individualismo, a los propulsores de la salvación individual como antítesis de la solidaridad comunitaria; rancios perpetuadores de un sistema decididamente injusto y amoral, que aleja la ilusión de las benéficas transformaciones desde el motor de la justicia social. Es el desprecio por la suerte ajena, la del que le alcanzará con una donación en efectivo en la próxima colecta para ayudar a los pobres, para disimular que carece de sensibilidad alguna para extender al otro su mirada fraternal y abarcativa.

Existirá, en verdad, meritocracia en serio donde se aprecie cierta “igualdad de oportunidades”; es decir, cuando en la línea de partida no se verifiquen las obscenas diferencias que tornarán en triste mote la sola mención del mérito.

Rody Piraccini

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