LECTURAS DE A CABALLO, ENCUENTROS

Una práctica lectora que podríamos adjetivar de varias maneras, pero que aquí voy a catalogar -tal vez un tanto exageradamente- como vicio, es la de buscar encuentros entre novelas, cuentos, ensayos, poemas, dramas, artículos, recetas, prospectos de medicamentos, etc., que uno lee -incorporemos además las películas, series o documentales que se ven-. Este modo de leer trata de reconocer, buscar, incluso construir zonas de contacto entre las distintas obras, literarias o no.

Muchos de estos encuentros se dan por una intertextualidad ya establecida de antemano por la escritora o el escritor (Julia Kristeva, Roland Barthes y Gérard Genette, entre otres, han ahondado en este tema). De haber intertextualidad se trata de descubrir el encuentro, algo que no siempre es sencillo pues depende del recorrido lector de cada individuo y si la conexión entre los textos está velada o es explícita.

Otros encuentros son aquellos que pueden crear les lectores por asociaciones más o menos libres, más o menos ligadas a las experiencias, en forma más intuitiva o de manera más racional, es decir, “hilando fino” a la hora de cimentar una ligazón entre un texto y otro. Existe un riesgo y es que nuestra lectura agarre por el “desafortunado rumbo de los tomates”. Si nos encontráremos dichosamente profugades de las academias, tal infortunio no nos hará mella. Será el caso de este artículo.

Luego de una introducción casi de Perogrullo, vayamos al meollo del asunto. La idea es establecer encuentros entre cinco relatos, cuatro bajo la forma de cuentos y uno como novela breve, brevísima. La mayor parte de estos encuentros literarios estarán relacionados con caballos (breve digresión: recuerdo ahora una vieja publicidad televisiva de caña Legui que remataba de forma ciertamente irónica con un inglés que mirando la botella se preguntaba: “¿Para qué le habrán puesto caballos?”).

De las narrativas enumeradas, todavía sin nombrar, una será la vertebradora. Se trata del cuento “El gaucho insufrible”, del libro homónimo publicado en el 2003, de Roberto Bolaño. El protagonista es Héctor Pereda, juez retirado, “un cuidadoso y tierno padre de familia y un abogado intachable, de probada honradez, en un país y en una época en que la honradez no estaba, precisamente, de moda”. Pereda enviudó joven y quedó a cargo de una hija de cinco años, la Cuca, y un hijo de siete, el Bebe. “Pero un día los hijos crecieron y primero se casó la Cuca y se fue a vivir a Río de Janeiro y luego el Bebe se dedicó a la literatura, es decir, triunfó en la literatura, se convirtió en un escritor de éxito, algo que llenaba de orgullo a Pereda”. En los días posteriores a la debacle del 2001, el ex juez abandona una Buenos Aires convulsionada: “Cuando el presidente renunció, Pereda participó en la cacerolada. No fue la única (…) En pocos días Argentina tuvo tres presidentes. A nadie se le ocurrió pensar en una revolución, a ningún militar se le ocurrió la idea de encabezar un golpe de Estado. Fue entonces cuando Pereda decidió volver al campo”. Se sube a un tren que lo lleva hacia la estancia familiar Álamo Negro. Pereda hace el mismo camino que el Dahlmann borgeano. Pero la ecuación que nos propone Bolaño difiere de la de Borges. La épica de unos heroicos antepasados puestos en el bronce de la memoria ni siquiera se registra en “El gaucho insufrible”, y la dicotomía “civilización o barbarie” (Que Borges plasma de manera un tanto particular y quizás anacrónica: “La soledad era perfecta y tal vez hostil, Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur”) se desvanece, se desarticula o bien se le borran los límites. El encuentro con “El Sur” de Jorge Luis Borges es una intertextualidad explicitada por el escritor chileno: “Recordó, como era inevitable, el cuento El Sur, de Borges, y tras imaginarse la pulpería de los párrafos finales los ojos se le humedecieron” (…) “Por un instante pensó que su destino, su jodido destino americano, sería semejante al de Dalhmann…”.  “El gaucho insufrible” toma el cuento borgeano como hipotexto para darle un giro que ubica la mudanza de Pereda de la ciudad al campo en el contexto de una Argentina en crisis no sólo económica, sino también, podríamos arriesgar, existencial, que tiene su correlato en el mundo rural.

Pero todavía “no le han puesto caballos”, ¿o es el título una falacia? Para nada. Resulta que Pereda una vez instalado en Álamo Negro decide comprar un caballo. Hace las averiguaciones entre los pobladores, quienes lo ponen al tanto de la escasez de caballos en un campo en el que sobreabundan los conejos, pero están ausentes las consabidas vacas. De todos modos, consigue uno, se lo vende un tal don Dulce, “que hablaba como un criollo aunque a Pereda no se le pasaron por alto algunas expresiones de compadrito porteño, como si don Dulce se hubiera criado en Villa Luro”, que en vez de caballo monta un Jeep. Al pingo el ex juez lo bautiza José Bianco. Le pone el nombre de un escritor de “exquisita pluma”, José Bianco (1908-1986), autor de las novelas breves Sombras suelen vestir Las ratas, entre otras obras.

Una vez montado en José Bianco, Pereda, de la mano de Bolaño, nos lleva hacia otro encuentro: “Una inspiración repentina lo hizo entrar montado en la pulpería (…) Pereda pensó, con íntima satisfacción, que la escena parecía extraída de un cuento de Di Benedetto”.

Este encuentro evidente, fácilmente reconocible, trasplanta al relato de “El gaucho insufrible” una situación digna de “Aballay”, de Antonio Di Benedetto. Aballay es un gaucho. Ha matado y la penitencia que se autoimpone es la de convertirse en un estilita, pero, como es un hombre de a caballo, la columna donde permanece es su alazán:

“Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra” (…) “Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar al padre, uno de los escasos recuerdos que le ha quedado de aquella noche de alcohol” (…) “El fraile dijo que montaban a la columna, él, Aballay, es hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán.

“Le palmea con cariño el cuello y consulta: ‘¿Me aguantarás?’. Supone que su compañero acepta y, mientras avanzan al trote suave, lo prepara: ‘Mirá que no es por un día…Es por siempre’”.

Aunque, a diferencia de Pereda, Aballay no ingresa con su caballo al interior de una pulpería, busca boliches con rejas al exterior para el despacho. No puede ingresar montado, entre otras cuestiones estimo que por el tamaño de las puertas:

“Encuentra una pulpería. Pasa de largo, no le sirve: no tiene reja empotrada al muro del frente para hacer su compra desde el caballo”.

(Segunda digresión: el cineasta Fernando Spiner realizó una versión cinematográfica personal del cuento de Di Benedetto: Aballay, el hombre sin miedo / Tercera digresión: Roberto Bolaño y Antonio Di Benedetto mantuvieron una fluida comunicación durante algún tiempo. El escritor chileno incluso creó el personaje Luis Antonio Sensini que es el alter ego de Di Benedetto.)

El tercer encuentro no se relaciona con la trama del cuento de Bolaño, sino con su dedicatoria. “El gaucho insufrible” está dedicado a Rodrigo Fresán. El primer libro de cuentos de este escritor porteño se titula Historia argentina (1991). El primero de los relatos que componen el libro se llama “Padres de la patria”, que tiene como epígrafe una cita del cuento “El Sur”, de Jorge Luis Borges. Los protagonistas del relato son dos jinetes, Chivas y Gonçalves, quienes, a decir del narrador, “llevaban tanto tiempo cabalgando que ya no sabían dónde terminaban ellos y dónde empezaban sus caballos”. Lo que los emparenta en cierta forma con Aballay:

“Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo, prolijamente, en todos los instantes. Deduce que no es que el blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: ‘hombre-caballo’”.

Por otra parte, el caballo de Chivas se llama Blanco. Recordemos que el caballo de Pereda se llama José Bianco. Que al animal que monta Chivas se llame Blanco parece ser una paradoja, pues “se trataba de un animal pesado y negro como la noche”.

Además, Gonçalves, quien traía un pedazo de lanza que atravesaba su hombro izquierdo y “caía prisionero de sudores fríos y convulsiones,  estando en una especie de trance hablaba.  Gonçalves hablaba y “Chivas, diligente, tomaba notas en el papel que tenía más a mano.

“O en los faldones de su camisa.

“O en los flancos de su cabalgadura.

“De este modo, Blanco fue ennegreciéndose hasta convertirse en el primer caballo/libro de toda la historia argentina, de toda la historia de este mundo que es ahora redondo como una naranja china”.

Entonces, recapitulemos: El caballo de Chivas en el cuento de Fresán se llama Blanco. El caballo de Pereda en el cuento de Bolaño se llama José Bianco. Hay un escritor argentino llamado José Bianco, el caballo de Chivas es un caballo/libro.

El último de los encuentros lo postula la lectura, más bien la relación que se me ocurre establecer a partir de las lecturas que he realizado de estos textos. La forzada (o casi) confluencia la hallo, o provoco, entre el cuento de Bolaño y La sierva, una novela breve de Andrés Rivera.

La sierva junto a El amigo de Baudelaire son dos novelas de Rivera que tienen como protagonista a Saúl Bedoya, juez de la Nación, terrateniente oligarca, patrón poderoso:
“Eran sus iguales y venían por encargo y en nombre del doctor Carlos Pellegrini a visitarlo. Debieron vencerse a sí mismos para tramar esa visita, porque lo detestaban. Detestaban su descreimiento tenaz, sus ironías imprevistas que los herían y mortificaban.
“Convinieron que Bedoya era un hijo de perra, pero que era alguien del cual no se puede prescindir en el instante en que las malditas cuentas no cierran”.

Pereda es un ex juez, y dueño de la estancia Álamo Negro. Comparte con Bedoya la profesión judicial y el ser propietarios de tierras, aunque sus personalidades difieren. Pereda y Bedoya también viven épocas distintas. Tienen otra cosa en común, la afición por la literatura y suelen citar obras y escritores, pero esto más bien, se me ocurre, parece ser una proyección en ellos de la pasión literaria de Bolaño y Rivera.

Para ir cerrando este artículo que se anuncia como de lecturas de a caballo y  también para dar continuidad a la temática, ahora debieran aparecer un jinete y un caballo. Veamos:

En La sierva, Lucrecia es la criada que tiene la ambición de ser patrona. Bedoya es un patrón viejo y lujurioso. Bedoya y Lucrecia se miden en juegos eróticos. Lucrecia es la narradora que propone Rivera:

“Montame, dijo Bedoya.

“Desnudate, le dije. En pelotas te quiero.

“Busqué unas espuelas y una fusta. Y lo monté. Me afirmé sobre su lomo, le clavé una mano en el pelo, y le di con la fusta en la grupa y lo taloneé.

“Vamos, le grité, y él corcoveó, y yo volví a darle con la fusta, y él galopó en círculo, como galoparon los grandes de Francia montados por Naná…”.

Referencias bibliográficas:

El gaucho insufrible”, Roberto Bolaño. Es el cuento que da nombre al libro El gaucho insufrible, editado de manera póstuma en 2003.

El Sur, Jorge Luis Borges. Publicado inicialmente en el diario La Nación, en 1953. En 1956 pasa a integrar el libro de cuentos Ficciones.

“Padres de la patria”, de Rodrigo Fresán, pertenece al libro Historia Argentina, 1991.

Aballay”, Antonio Di Benedetto, 1978.

La sierva, Andrés Rivera, 1992.

Miguel Fanchovich

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