PALABRAS, PALABRAS | OSCURIDAD

Así como el ojo humano se acostumbra a las tinieblas, el planeta se desenvuelve en medio de este tiempo oscuro, tal como si se disfrutara de una claridad destellante. A diferencia del movimiento abrupto que produce la luz que súbitamente se apaga en medio de la noche, es distinto el proceso cuando se registra lenta y gradualmente. Al darse de manera paulatina la adaptación ocurre sin ser advertida. Algo de ésto referido a lo político pareciera envolvernos por estos días, ya que nos toca transitar en medio de una penumbra que amenaza con convertirse en cerrazón. El proceso es de arrastre y tal vez por moroso nos costó advertirlo. Son estos tiempos oscuros y perniciosos; aquí, allá y acullá.

Para apreciarlo con mayor nitidez conviene alejarnos del escenario nacional –siempre controversial y arduo–, es que, desde Brasil, relativamente cercano, nos llega una postal rotunda de la declinación del razonamiento: portador de un discurso extremista, arcaico e intolerante, Jair Bolsonaro afronta con chances el balotaje. Observado desde nuestra perspectiva resulta francamente incomprensible que lo hayan votado tantos millones de brasileños. Con una arenga violenta, machista, retrógrada, muchas veces primitiva, enfrenta de igual a igual a Luis Ignacio Da Silva. A los efectos de estas des inspiradas líneas no interesa el resultado por venir, porque la derecha antediluviana ya ha ganado: inesperadamente obtuvo la posibilidad de la segunda vuelta logrando reunir un 40 por ciento de los votos, además de incrementar su presencia parlamentaria y la gobernanza de distritos estratégicos. Tal vez –¡ojalá!– Lula resulte electo presidente venciendo a la infamia y a las mentiras, pero la extrema derecha se ha consolidado, incluso detrás de tan grotesco personaje como lo es el actual mandatario.

Pero, aunque nos desagrade, todo tiene explicación: el retroceso ideológico está generado en la desesperación angustiante que sufre la mayoría de la población, acuciada por la inseguridad económica tanto como por delincuencia imparable, que empuja a buscar soluciones mágicas en auténticos «mesías», justamente, ultramontanos toscos, fascistas en su modalidad política: no democráticos, verticales, bestiales con los diferentes. Como consigna se criminaliza cualquier forma de protesta y la respuesta al reclamo social son los palos y el gendarme.

El oscurantismo se hace más palpable y generalizado en la vieja Europa donde lo ocurrido en Italia, al entronizar la reivindicación de Mussolini, es en todo caso un escalón superior de lo sucedido en España o en Francia, o en los países desmembrados de la ex URSS, donde la xenofobia y la violencia se exhiben con pretensión intelectual detrás de una argumentación que espanta y deprime. En Estados Unidos, al escuálido Joseph Biden le antecedió un Bolsonaro que habla en inglés: Donald Trump sepultó el consagrado prestigio del electorado yanqui.

Éstas son sólo menciones de países que suelen exhibirse como estandarte; sobre el resto del orbe, no abundan las virtudes. Pero no es sólo una cuestión de dirigentes o falta de líderes respetados, junto con ellos se aprecia la decadencia del debate, la ausencia de alternativas, la precariedad de las ideas.

Se pavonea la retórica ultraconservadora, recontranacionalista y autoritaria; de tal modo xenófoba, racista, homófoba, teocrática y reaccionaria, negacionistas del genocidio y cuestionadores de los 30 mil desaparecidos.

Tras la caída del muro de Berlín, más por ensoberbecida estrechez de miras que por perversa intención propagandística, se llegó a postular el “fin de los tiempos” y la “muerte de las ideologías” al decretar el triunfo absoluto del capitalismo neoliberal y globalizado tras la Guerra Fría. De todos modos, pareciera que las ideologías no han muerto: más bien han desaparecido, tanto como la confrontación dialéctica elevada, en la expresión de valores, anhelos y certezas que antes conseguía la adhesión popular. Se ha achicado dramáticamente el andarivel de la disputa conceptual, cual si fueran los carriles de una autopista que desembocan en un camino de mano única; tal como si fuera de eso solo quedara la banquina.

Hace algo más de 70 años, Juan Perón elaboró la teoría de la Tercera Posición que llegó a recogerse con beneplácito en diferentes geografías, para luego devenir en el Movimiento de los Países No Alineados, boicoteados con éxito por las potencias amenazadas en su predominio. Ya detonado el comunismo ruso que fungía de contrapeso, más acá en el tiempo, en Inglaterra, Tony Blair planteó un híbrido que dio en llamar la “tercera vía”, de vida efímera dada la tímida ambición de sus postulados. Tras aquellas experiencias, se ha angostado la diversidad ideológica y pareciera no existir espacio para ínfulas progresistas. En estos tiempos oscuros el escenario se inclina peligrosamente hacia la derecha y lo padecemos en la Argentina donde se aprecia la competencia para ver quién luce más brutal. Sin pudor allá se evoca a Franco o a Mussolini; mientras que acá, en nombre del cambio, se postula regresar a la Argentina preYrigoyen.

Deambulamos en medio de esa oscuridad imaginando que después de la noche más cerrada volverá a brillar la luz del día. Para imaginar un nuevo amanecer se requiere de la enérgica movilización popular detrás de las banderas históricas que le dieron sentido al movimiento nacional y popular. De lo contrario nos veremos condenados a vivir en una sociedad contaminada de las peores mugres, del odio social y la violencia política.

Rody Piraccini

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