LA MISA

Al postigo del ventanal le hace falta aceite, me lo repito como un mantra, cada vez que inicio el camino hacia la casa. Sin embargo, no compro el elemento “aceite para postigos” para silenciar la molestia. Cuando traspaso el sendero de los rosales, pretendo evitar los zarpazos nostálgicos. Lo cierto es que ningún artilugio ha podido dar por tierra ese obsesivo golpeteo que tiene el recuerdo. Y a borbotones se atropella el tiempo y su insistencia del retorno.

Como todos los planes que imagino para esquivar la melancolía fracasan estrepitosamente, he decidido hoy domingo, dejar que la niñez se tome todas las licencias. Mientras miro donde colgar el cartel de venta, le propongo a mi presente, aprender a mirar mi infancia de forma más piadosa. En especial los días como hoy, que según cuenta la biblia, Cristo o Dios –nunca supe cómo nombrarlo–, parece que descansó.

Lo cierto es que, a mí, no me llegó hasta entrada la rebeldía adolescente ese privilegio. A las diez de la mañana, peinada con un rodete tan tirante que me desollaba la mirada, arropada con el protocolo eclesiástico, con frío o con calor, religiosamente me sentaba en el segundo banco, a la izquierda, mientras una figura de yeso no dejaba de mirarme vigilante. En la previa, me había confesado en esa construcción pequeña de madera y con agujeros, que se me antojaba una casa para pájaros, ubicada al costado de la hilera de bancos. Sin embargo, cuando me arrodillaba en una de sus entradas, solo escuchaba una voz humana y desconocida mientras me ahogaba en las náuseas provocadas por el olor a humedad y naftalina. Nunca pude saber, por esos años, quien era esa voz que me enviaba a rezar varios padrenuestros, un par de avemarías y según la ocasión, un pésame al que le debía incorporar el autogolpe sobre mi pecho.

La voz sentenciaba y yo deliberadamente mentía. Porque había que confesar algo, no importa qué, entonces en el desayuno dominguero entre las tostadas con manteca y miel, me preparaba un listado de pecados, para después poder no solo obtener la penitencia sino expiarlos con la toma de la hostia. Ahí nuevamente el territorio de la palabra se tornaba confuso. Porque la hostia era una cabronada puteada de mi abuela materna, que cruzaba el territorio de la casa y se estrellaba contra el postigo chillón, pero que milagrosamente el domingo, se convertía en lo que yo comía para sentirme libre de pecados. De modo tal, que en mi cabeza se amasijaban una serie de mensajes incoherentes que no encontraban la salida, así que los acomodaba según la conveniencia de mi inocencia y la incongruencia de los adultos.

El tiempo misal, era eterno. Pude acotarlo varias veces, cuando descubrí una pequeña puerta al lado del santo vigilante, que daba a un pasillo y este a un baño. Así que, entre el sermón del cura y el beso de la paz, me escabullía y descasaba contemplando paredes descascaradas y azulejos amarillos. Parece ser que el amarillo papal, se imponía en la sede parroquial. El regreso al banco se tornaba complejo, porque ponía en marcha el deseo de irme a buscar los cielos de mi propia rayuela, que nada tenían que ver con la bóveda celeste que enmarcaba a un hombre crucificado, por mi culpa, por mi gran culpa. Reconozco con la perspectiva de los años, que el mejor invento en ese ritual era escuchar que me podía ir en paz, agradeciendo al señor. Nunca me quedaba en claro de qué paz me hablaba, ni a qué señor se le agradecía, ni qué era lo que tenía que agradecer. Pero, la verdad poco me importaba o nada, porque lo que sí era certero que esa frase era la llave para conseguir mi libertad.

En el camino a mi casa, contaba las baldosas, obsesión que me sigue persiguiendo de cerca. Y jugaba con las sombras, juego que aún me atrapa. Cuando doblaba la esquina y veía los rosales, emprendía un pique casi olímpico, para llegar, sacarme la “ropa de misa” e irme a jugar, libre de todo pecado. En el mientras tanto, mi vieja, se ponía el delantal y preparaba los canelones, no sin antes consumir las anfetas y el lexotanil, que al igual que yo, no sabían de descanso dominical.

El día que mis viejos se murieron, pensé poner rápidamente en venta la propiedad y con ella el postigo, los rosales, el miserable dogma católico y la culpa apostólica cristiana. Sin embargo, han tenido que pasar varios años de orfandad y muchos domingos ateos para tomar la decisión de colgar el cartel de venta. Producto quizás de ese pensamiento fugaz que, asomado ante la impiadosa finitud, intenta saltar el insoportable duelo para no morir también en el intento.

María Cobarrubia

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