APOLOGÍA DE LA MESA DE CAFÉ

Sugiero elegir otra silla, Naldo –prefirió que se obviara la primera elección, automática, con su mente “en otra” cosa– porque aquella es la del Turco… Te das cuenta, ¿no? Todavía los muchachos no han llegado, así que uno puede tomar asiento en cualquier otro lado. Lugar es lo que     sobra. Espero que comprendas… –parecía disculparse–. Si se pensara que es una boludez, no lo negaría demasiado. Pero… cómo decir… esa silla, al igual que la mesa, tiene historia. Una larga historia para nosotros, los que hemos estado aquí por años, alrededor de esta notable y querida mesa de café. La de siempre. La que en innumerables jornadas nos juntó a todos, en las buenas y en las malas. Tan leal y compañera que nunca rehusó compartir la vida de los amigos, los que abrevan en su cordial hospitalidad de manera cotidiana.

Ella nos brindó el simbólico abrazo de euforias y alegrías viven- ciadas, así como el sincero consuelo cuando se lo ha necesitado. Esta misma mesa… –la acariciaba con la palma de una mano mediante movimientos lentos y laterales, profundamente concentrado– es la que supo percibir mejor que nadie las intimidades de todos, incluso las inges nuevamente cubiertas por un manto de silencio. Y seguramente revelaría, si ella pudiera, que en muchas ocasiones habrá reído, pero en muchas otras habrá llorado a escondidas de la gente y de las luces. Así como, también, habrá tratado de mimetizar su llanto ante las furtivas miradas de los duendes del cafetín, durante la infinita quietud de las horas de cierre. Cuántas veces habrá disimulado sus broncas y festejado aventuras, romances y otros dulces sentimientos. ¡Cuántas! ¡Ja!, si habrá conversado… sobre nuestros deseos y pasiones, en secreto, con la soledad de sus maderos.

Ya los muchachos están llegando al bar para formar parte de la mesa de café. Cada uno a su alrededor, aunque no todos en realidad…

Hoy quizás ella no se sienta mejor que ninguno de los que la rodean. Seguro que no. Porque sigue penando la falta de un amigo. Te lo juro, la conozco muy bien, Naldo. Mirá a todos en su entorno, no pierdas detalles. Si observaras con detenimiento a este conjunto de almas, notarías que están como abstraídas del mundo. Detenidas en el tiempo a la espera de que se complete la mesa, como siempre lo estuvo, para volver a cobrar vida. Fijate si no es así, que cada integrante del grupo sostiene un diario o su celular y, de vez en cuando, alguien emite una breve acotación, supuestamente con relación a una noticia o cuestión interesante. La esforzada respuesta, o en su defecto la carencia de la misma terminará por abrazar de inmediato la intrascendencia y el desinterés por el comentario. ¿Te das cuenta de lo que te digo?

Pero ¡vamos!, ¡despreocupate, viejo…!, que muy pronto será como antes. Dale, quedate tranquilo, Naldo. Cuando el bar y sus duendes vuelvan a notar la presencia del Turco, después que se paseara con la muerte, todo se revertirá en menos de lo que canta un gallo. ¡Claro que sí! Y permitime que te diga la razón: porque la mesa de café… –hizo un alto– la mesa tiene vida, ¿sabés? –musitó entrecortado, casi hipando–, y ella ¡también tiene sentimientos! La empatía… es su propia naturaleza, y el mayor emblema de su existencia. No hay dudas de que es así. Por eso me animo a asegurarlo. Por eso mismo es que se la comprende, hoy y siempre. Porque una ausencia le duele, y también, por eso, la mesa está como está… ¿entendés?

Entonces, ¿cómo interpretar a aquellos que intentan defenestrar al cafetín? Un lugar tan sagrado que tiene en su seno a la mesa de café: religioso escenario siempre dispuesto para el ejercicio y veneración de relaciones y sentimientos entre amigos. ¡Sí, señor!; al igual que una catedral ofrece su altar, para que los feligreses cumplan con sus devociones religiosas. Por lo tanto, ¿cómo renegar de un sitio donde se practica el culto de la amistad? ¡Craso error de apreciación!, en tal caso. Y… muy injusto, por otra parte.

La mesa de café, como le diría a mi amigo ausente, gracias al misterio de su magia es capaz de dotar de vida, o de valor, a todo. Así es,

¡a todo! Hasta es capaz de transformar la mayor zoncera en un halo de alegría, de sentido y, muchas veces, de inigualable sensibilidad humana. Nada menos que por eso, y por un mero hecho de justicia, es que elevo mi plegaria para que ningún “genio o fariseo de la erudición” la maltrate.

Cuando al cafetín se le cuelga la vulgar cucarda que intenta identificarlo con lo banal, te juro que se me ponen los pelos de punta. Son aquellos que padecen la desgracia de no contar con la experiencia de su real valoración y, por ende, teorizan al concebirlo como un sitio que permite cumplir con el propósito de “matar el tiempo” con inútiles temáticas pasatistas.

¡Pobre de ellos! Esa procaz calificación debería asumirse como el escarnio que venere el oprobio. O sencillamente, quizás sea la cara superficial y lastimosa de la ignorancia. La ignorancia de quienes sucumben fácilmente ante los engaños perpetrados por un talante crítico excesivamente escuálido y macilento, por supuesto. Es así, Naldo. No se ama ni se valora lo que no se conoce.

Calificaciones de pacotilla e irreales fundadas en las carencias de quienes las esgrimen. Por el contrario, la mesa de café suele atesorar la sabiduría del ingenio popular, así como brindar los afectos y pasiones que se funden en verdadera amistad. Sin embargo, los que no han practicado su culto… pueden adolecer de tales privilegios (es lógico reconocerlo) y, también, ser incapaces de comprender lo importante que es para ella que los amigos puedan compartir en su regazo. Los verdaderos amigos. Es decir, los que no desconocen la importancia de tener en quienes confiar, y que siempre se podrá contar con ellos; porque siempre estarán ahí, al pie del cañón.

Asimismo, los que no hayan practicado su culto tampoco serían muy capaces de aggiornar con hechos, propios y cotidianos, el significado de la palabra lealtad. La lealtad bien entendida y la amistad son manjares de la vida que solo pueden ser disfrutados cuando se hayan cocido a fuego lento y servidos en platos sin condicionamientos. En suma, el cafetín, el café o el bar, si así se prefiere, es el ámbito ideal, cálido y a mano para la práctica de la nada, que lo convierte en el todo para el alma. Eso es lo que quizás sus detractores tampoco entiendan.

Alguno querrá minimizar lo que ahora voy a decir y que, en tal caso, muy a su pesar yo argumento y sostengo: “El fino encantamiento de la mesa de café, bajo el conjuro de su hechizo y el influjo de su belleza transgresora, le confiere un informal rango académico”. ¡Claro que sí! Ya que el bar es escuela para el desarrollo cognitivo en rubros cotidianos como economía, sexo, fútbol, política, actualidad, e incluso las artes… Los mencionados son ejes principales de áreas temáticas que, entre tantas otras, suelen desarrollarse en la mesa de café con profunda capacidad de análisis, y en algunos casos con excelsa sabiduría.

En el café anida la poesía de la vida cotidiana para todo aquel que quiera descubrir la profunda calidez de su magia inigualable.

Así también es escuela de placeres, y de la manera más democrática. En este sentido, podríamos decir que es instrumento para que todos gocen por igual. Por eso, no hay dudas de que el bar es socialismo puro. Es decir, es el ámbito donde los amigos que convoca en su seno socializan el más sincero placer y las alegrías de una verdadera amistad, y en un plano de absoluta igualdad. Y, con la valiosa pretensión de olvidar en esos momentos, a conciencia, que cada uno es cada cual, y así poder reeditar incansablemente… la “Fiesta”, de Serrat.

Mucho más todavía si se lo quisiera percibir. En el bar habitan los sueños, pasiones y emociones de sus asiduos concurrentes. También es el lugar donde se le da merecida bienvenida a jugosos chimentos, sobre gente de carne y hueso. Y, además, en sus tertulias suele reinar la alegre picardía y hasta un toque de benévola crueldad. Ambas por igual, fundidas en osadas intervenciones en charlas café, son blandidas creativamente en infinitas “gastadas y chicanas” con la intencionalidad de que la sana diversión entre amigos pueda tender al paroxismo.

Sí. Los que no comprendan esas bromas e ironías, con apariencia de mentirosas agresiones, será porque no alcanzan a valorar la real significación e importancia de dichas exageraciones cargadas de levedad. Exageraciones discursivas disfrazadas de presuntos ataques, perpetrados con la sola pretensión de potenciarlas y hacerlas más atractivas. Si estas falaces provocaciones entre amigos no fueran debidamente interpretadas sería porque no se estaría valorando su benigno e indulgente propósito: amalgamar afectos entre las personas involucradas. Lo contrario de lo que suele pensarse.

Y es así, ya que en el fondo de todos los versátiles intentos está lo más preciado: el sentimiento de amistad. Esa aparente crueldad que a veces conllevan las bromas desplegadas entre los asiduos concurrentes a una mesa de café, sutilmente envueltas con mucho humor (lo enfatizo), es una de las particulares maneras de tejer afectos en el bar. Además, ¿una manera de decir “te quiero” entre amigos varones…? No obstante, los “no practicantes”, los que miran al bar desde lejos ni menos han podido sentir el abrazo de una mesa de café entre amigos, suelen ver otra cosa… o, lamentablemente, nada.

Allí, en el bar, de manera solidaria y quizás sin que el consciente lo pretenda, se eligen los momentos, anécdotas y hechos de la vida cotidiana más interesantes, solo para compartirlos y disfrutarlos. Y, no habría razones para negarlo, también es el lugar de privilegio donde sus habitués deciden abstraerse de sus dificultades, consiguiéndolo generalmente, aunque sea por un corto tiempo. ¡Nada más conveniente en muchas circunstancias! Sería como vivir por un rato lo lindo de la vida, sin pagar por ello, ¿por qué no? Pero a veces, cuando los problemas lo ameritan, se acepta el brete de enfrentarlos sin chistar, solidariamente y con la mayor seriedad. En la mesa de café siempre habrá un pecho presente y con compromiso, una oreja receptiva, un corazón contenedor, y una mano… la mano de un amigo.

En definitiva, en el bar merodean los duendes de la distensión, los afectos y la empatía, convocados a la mesa de café por la libre, espontánea y desordenada participación de sus integrantes. Y superándolo todo hasta podría afirmar, una vez más y sin temor alguno, lo siguiente: “el bar es el templo donde se venera la vida cotidiana, en una mesa de café y entre amigos. Y se lo hace con pasión, optimismo y, en cierta manera, con pragmático sentido hedonista”.

Sin embargo, en la práctica, las reuniones en la mesa de café podrían ser visualizadas como una especie de ejercicio siempre idéntico o en apariencia rutinario. Pero… a la vez siempre tan diferente y entretenido. Sí. ¡Ese es su mayor secreto! ¡Qué sabrán los que la critican y denigran!

Y te digo más. Ni bien regrese el Turco vas a ver que ella… Ps, dejá… no me des bola. Si apenas soy una sombra errante y trasnochada que deambula por los templos de la ciudad para ser testigo de alocadas tertulias cafetineras. ¿Cómo? Alma de garufa, ¿decís? Bah, no lo creo. En realidad, quizás yo ni exista, y solo sea partenaire de tus propios pensamientos. El eco de tu alma, Naldo; la imagen viva de tus sentimientos…

Extractado de la Novela “NALDO”, de Nicolás Iannone

Nicolás Iannone

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