PALABRAS, PALABRAS | POLENTA

No deja de sorprender el desparpajo con el que levantan el dedito acusador fervorosos partidarios de los causantes de cuatro años de desastre, los que se desgañitaban pronosticando «sí, se puede», con la confesada pretensión de darle continuidad al estropicio, para profundizar sus consecuencias, extender sus males y seguir beneficiando al club de amigos. Los mismos que aplaudían de pie el pernicioso rumbo que vino a cambiar para peor, ahora –cual si fueran recién llegados a la tragedia, como el curioso que se acerca a contemplar el incendio– se erigen en jueces implacables de quienes dificultosamente tratan de emprolijar cuanto se pueda el grosero zafarrancho de la precedente gestión.

La administración del Frente de Todos, no parece necesario recordarlo, debió archivar los planes iniciales para hacer frente a un fenómeno extraordinario, trágico y sin antecedentes entre las personas vivas. Todos los países del planeta debieron consagrar sus mayores esfuerzos en la pretensión de mitigar el furibundo embate de la cruel pandemia. Bien o mal, mejor o peor –eventualmente podría constituir el disparador de otro debate–; lo concreto es que la atención de la crisis inesperada postergó lo planeado, y agravó la situación, porque la pandemia afectó la economía nacional, como la de los demás países, entre ellos –claro– las de los compradores de nuestras mercancías.

Más aún, Alberto Fernández se propuso ante el electorado como el presidente que venía a unir a los argentinos, y propició, fiel a su estilo moderado, una actitud tendiente a disimular el abismo de la «grieta»; pero, la respuesta no fue la esperada; ni la deseable: la oposición no exhibió ni la más elemental voluntad de diálogo; todo lo contrario, sobreactuó el rechazo para garantizarse la fidelidad de los sectores más fanatizados, obtusos y reaccionarios; es decir, casi todos. No tuvieron compasión ni ética, aun cuando arreciaba el coronavirus. No dejaron de hacer campaña, caminando impávidos sobre la parva de cadáveres. Se alinearon en mil posturas convergentes en acribillar la eficacia de la campaña, a riesgo de consecuencias más dramáticas. Hasta llegaron a fungir de visitadores médicos del laboratorio Pfizer, despotricando contra la vacuna rusa, que luego resultó la más eficaz y la más barata, un dato no menor en medio de inversiones millonarias en dólares.

El Presidente nunca pudo reformular la estrategia inicial; fracasada la voluntad dialoguista, no se animó a responder de la misma manera los agravios constantes, la descalificación permanente y la más notoria falta de apoyo a la gestión gubernamental, que alcanzó un punto alto al ver impugnado el presupuesto anual, pieza clave al momento de concebir gestión. En ese paisaje, el gobierno enfrenta –como puede– las anfractuosidades del camino. Debió asumir el duro compromiso con el FMI y antes había logrado un meritorio acuerdo con los bonistas, ambas deflagraciones heredadas de la gestión anterior. Para completar el cuadro, habría que mencionar las dificultades surgidas puertas adentro del Gobierno, errores, contradicciones, y hasta algunos dislates difícil de comprender.

Resulta admisible que nada anduvo como los votantes del Frente de Todos pudieran imaginar a la hora del sufragio; queda mucho por desandar para proporcionarle una sonrisa duradera a los sectores postergados; es decir, casi todos a excepción de los más privilegiados, que en medio del naufragio, consiguen acrecentar sus posiciones.

Los variados indicadores macroeconómicos que alumbran una notoria recuperación y hasta se visibiliza crecimiento (todos los números son hoy mejores que durante el macrismo), logro que no se corrobora al empujar el changuito. Tampoco se le puede pedir paciencia al necesitado y fe en un futuro mejor, porque la urgencia es de ayer.

Nada de esto habilita el disparate de voces opositores que falseando la historia y negando irrefutables antecedentes le endilgan a los peronistas la condición de «polenteros». El pueblo, nunca vivió mejor que con los gobiernos peronistas; con defectos, con errores, con falencias, fueron los gobernantes de este signo los que garantizaron a la mayoría de la población el acceso a una mejor calidad de vida. No da ni para empezar a discutirlo.

Pero no solo incurren en este descalificante desarreglo histórico, sino que si se quiere indagar en el punto cabría preguntarse qué tienen contra la polenta; una comida largamente incorporada en las costumbres gastronómicas de la Argentina, un alimento sabroso, nutritivo y económico. ¿Qué tendría de malo disfrutar de un plato de polenta? O dicho de otro modo, ¿quién les hizo creer que se criaron untando las tostadas con caviar?, ¿en serio se creyeron que están destinados solamente a almorzar sushi?. Esa inexplicable soberbia, básicamente, junto a una redonda ignorancia de la realidad actual y de la historia política, exhiben sin pudor el resentimiento social que les brota del íntimo dolor de no haber llegado a ser lo que tanto hubieran deseado; lacerante frustración que intentan mitigar repitiendo frases y tips de los ricos de verdad, aunque ello conlleve la palpable tontería de convertir a la polenta en un insulto.

Rody Piraccini

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