MITRE Y LAUCHITA MÉNDEZ

Apenas lo conocí. Compartimos un stand en lo que me parece que fue la séptima y la última feria del libro que se desarrolló en la antigua estación de trenes… en el Mitre. Años atrás con mamá, papá y un par de mis hermanos ocupamos sus gradas, sus andenes, de regreso a una casa de mayores después de deambular por Buenos Aires.

El tiempo, y las distintas acrobacias del talento, la gracia o los afanes nos juntaron en una estación muerta a compartir el ego literario.

Por mi parte lo digo, por mi parte. Lauchita que jamás le esquivo al nombre, ni al bulto, con un par de otras figuras de renombre local… como Julito… Amanda, su mujer, diego Quevedo fueron la maravilla de esas tardes donde cómo se puede y se conoce… con tímidas, prolijas ambiciones presenté mi novela en Pergamino.

Stans de escritores independientes.

Independientes de que, no sé.

Tal vez del éxito.

Éxito que otros pocos disfrutaron. En cambio, las anécdotas, las chanzas, la singular sonrisa del pequeño y prolífero poeta coterráneo hoy me asaltan después de tantas horas, años… también, kilómetros de tinta que intentan suturar la urdimbre urbana de la duda y tal vez del pensamiento. Seguro es que nos faltan esos hombres y aún, sobre el pedregal entre durmientes, recostamos de vez en vez la oreja para escuchar la marcha de las máquinas que ya nunca vendrán… cuanto lo siento.

Biógrafos que no llegan e interpelan con su ausencia las tristes bibliotecas que erigimos en nombres del placer y la cultura. Fenómenos que en yunta permanecen sólo en las peatonales de la histeria y felizmente… el olvido.

Pienso en otros fenómenos del arte. Como dice Fernando, en los últimos y los grandes, verdaderos artistas populares seguro porque solo el buey se lame y un poco me recuerdo con mi hijita Malena de la mano, Ely en brazos, recorriendo un andén de personajes –donde el tren más absurdo y melancólico de la ficción ancló para el recuerdo– como otra marioneta del pasado.

Mi abuelo el ferroviario, digo Artemio, sin que se lo pidiese, sin saberlo y sin lugar a duda, cualidades… me abrió más de una puerta. Y entre ellas está, donde las transiciones de la sangre simulan ocupar más de una ausencia solo para el candor… para el fracaso.

Los puestos de madera, posters, lonas. Malenita, Eleonora de mi mano. Un mate que se escapa que regresa, que salta al otro stand. Artistas plásticos –que son el decorado escandaloso de estas humildes peñas provincianas– dieron vida y color a un monumento de chapa, mármol, bronce y taquerías donde una vez nació como una espiga prometeica y triunfal La Flor del Norte.

Hubo otras ferias, se conoce. El histórico archivo que una noche ardió en Samonarol anonimato. Bandas de blues, de tango, Power tríos, la exposición de Luis… mi buen amigo Luis Dilio Caffarati… el bar frente al andén cuando pasaban los trenes y el alcohol de bocas anchas los recibía entre espejos y recortes de diarios que emularon tantas otras, secretas, sigilosas y ordinarias colecciones… no pueden compararse a aquellas tardes donde soñé mi patria de cantores emergiendo del vado agropecuario, con esa humilde ciencia de los hombres que es el arte… o el amor… o la esperanza… qué se yo…

Lauchita, anoticiado de mis viejos me contó un par de historias con la música. Respetuoso de todo, sus canciones se hicieron conocidas en un tiempo de bisagra social, donde no todos supieron congraciar las nuevas modas y un aire tropical sin precedentes con lo que aún se conoce como escuela… la vieja escuela de hombres y mujeres frente a largas tranqueras silenciosas, debajo de un farol bajo una arcada de hierro, sobre Alsina.

Sus canciones.

Yo conocía unas pocas por Carlitos Vázquez… el papá del Ruso que caminó un tiempito con nosotros, de adolescentes; nosotros, no así el papá del Ruso, que era el que caminaba con nosotros… y que más chiquitito se encorvaba para cantar: «Garota de Ipanema» antes de «Ahora el Abuelo soy yo» del Lauchita, casualmente… frente a esas mismas vías ferroviarias y en sus torres cilíndricas que hallábamos –en mil noches de vino y de guitarra– después de caminar sobre los trenes varados, correr a carcajadas con Mejilla antes de inaugurar tantas partidas… antes de que partieras para Europa, a edificar castillos de cemento, de piedra, de granito; alzar al hombro todos los edificios que los sueños requieren de un muchacho… de un hombre… para sembrar la flor de una familia… siempre cerca Mejilla… siempre en casa. Caminar con Mejilla, con el Rulo, con Marianito Lukman… y otros tantos que sin querer se fueron al recóndito y absurdo despropósito del oeste.

Después habló de fútbol –Compañía, Tráfico… de ningún modo Douglas sopló el Rafa– los equipos que armó, que acompañó… las inferiores, rápido, sigiloso y carismático en el rato que estuvo entre nosotros –como insinué hace un rato, un montoncito de artistas sin renombre, sin salario– recopilando anécdotas, cargadas de rimas pobres, metáforas gastadas de tablón en tablón, tribuna, estaño… estrofas musicales socarronas famosas por su chanzas y picarescas que hoy no hacen sonrojar a un monaguillo y eran  la maravilla de la barra.

El sordo y la sorda…  etc.…

Fue Nime… sin Serapio. Anduvo Griva, no sé si como artistas o de curiosos… que se sabe es lo mismo y más barato. Estuvo Rubén Ghiotti o eso creo… compañeros de radio con Caruso… músicos que renguearon, que anduvieron de antaño con mi viejo y otros locos. Estaba Rafa que me enseñó a elegir mis precedentes cuando hay que presentar una novela –fíjate que la próxima vez que invites a alguien a comentar tu obra no sea mejor escritor que vos– y eso lo dijo porque Diego Quevedo… más que un primo… con su poesía sencilla y solidaria termino por robarme el espectáculo… y entonces… comprendí otras gentilezas.

Estaba, como siempre, la Fequete armando, desarmando, armando todo; patrona y celadora en los detalles como si se tratase de un cumpleaños. Gelo, mi hermano Gelo decorando; en Corralón peleamos contra Rochi… y en GNC bailamos con Torasa… Gelo, mi hermano Gelo decorando. Gabriel Peralta… todo un súper héroe, un profeta de tinta… una historieta; ese con quien buscábamos de chico, de cadetes a Cristo y halló el Anime… Dios lo perdone. Torres Eril y todas sus muchachas. Sonia en un rinconcito de la entrada… como una estepa rusa… sin Raskolnicof. Mi amigo y editor; el sordo Banfi que me acusó de ser un desclasado por simpatías políticas, se entiende, y yo me descalsé por que en mi pueblo todos tienen derecho a ser quien quieran, incluso y si es preciso, a hacerse el sordo…

Lo curioso del caso es que esas tardes Lauchita presentó un libro de versos que Lalo… su editor… no había acabado de armar… así que andaban por un lado las tapas, los poemas, los dibujos y un prólogo del Rafa… otra vez. De todos modos, no ganamos un peso –que es la secreta musa del artista– La Pancha, sin piedad, sin miramientos y a apenas unas cuadras de la feria sacó una promoción o un libro nuevo… las memorias de Néstor me parecen… y eso dilapido nuestro negocio… o al menos –se agradece a la señora– nos dió una linda excusa para el caso.

Amanda, la señora de Julito nos deleitó esas tardes de sapiencia… historias de coraje y valentía. De un amor que trasmigra, se confunde, se pasea en las cisternas del silencio y emerge entre acrobáticas punciones sobre las candilejas de las fuentes donde esa vez tiré un par de monedas…

Lauchita

Lamento no decir sobre estos hombres biografías más complejas y justas. Así lo conocí y este recuerdo solo acepta una culpa… la ignorancia.

Por lo demás, se sabe que el estado prepara otros mejores edificios para esas bacanales estaciones donde jugamos ser protagonistas de la historia del libro… que locura. Incluso en ese insípido edificio que se dice la nueva biblioteca se organizan mejores, más complejos, escenarios de ausencia literaria…

Yo sé que en el final de este episodio nos toca agradecer los sandwichitos. La solidaridad de unos vecinos. La pasión marginal… los personajes.

Ya sé que nunca más seré ese gaucho, tan libre, tan feliz con mis cachorras. Ni volveré a cantar con mis hermanos Garota de Ipanema en el desierto más húmedo que vio una vez la pampa.

Ya no seré esos jóvenes valientes que esperaban un tren que nunca pasa sólo para mirarlo del banquito y elegir no subirse nuevamente. Que extensas misteriosas lontananzas se lleven con gloria la utopía de que se puede ser lejos de casa.

Ya no seré ese artista con sus hijas de la mano en un puesto improvisado feliz de conocer la última riza de talento o/y piedad sobre este suelo… la alegría del hogar… de la memoria… y soy feliz…

Soy un hombre feliz
Y quiero que me perdonen por este día
Los muertos de mi felicidad…

Sebastián Bernal

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