POLÍTICA GRAMATICAL

Una situación: Clase en el Profesorado de Educación Primaria. Una treintena de estudiantes presentes, totalidad de mujeres. Estoy por anunciarles que para el próximo encuentro es necesario que todas traigan leído el capítulo seis. Ellas ya saben de qué libro se trata, y no es relevante especificarlo aquí. En eso ingresa al aula el primero de los cuatro alumnos varones que continúan la cursada. Saluda, le respondo el saludo. Pide disculpas por la impuntualidad, alega cuestiones laborales. Su entrada me genera de pronto una inquietud. Siguiendo las reglas gramaticales establecidas, ahora debiera cambiar el enunciado y decir que para el próximo encuentro es necesario que todos traigan leído el capítulo seis. No puedo hacerlo, lo considero injusto. Además, me surge otra pregunta, ¿y si hubiera alguien a quien ninguno de los dos géneros representara? Decido postergar el anuncio, para antes hablar de esta cuestión con el grupo. Después de todo la asignatura lleva el nombre Prácticas del Lenguaje.

La sociedad dota a los individuos de una lengua, eso ya lo sabemos, como sabemos también –al menos podemos intuirlo– que la vida social se ordena en torno a ésta, y es por medio del lenguaje –en tanto capacidad del ser humano para comunicarse mediante signos– que se organizan los procesos de pensamiento.

Pero no debemos perder de vista que la lengua es ideológica, y lo es, según Robert Hodge y Gunther Kress, en «el sentido más político de la palabra», sirve a los intereses hegemónicos, sean estos de clase o de género. Por su parte, la gramática de una lengua, más que una mera descripción del sistema, resulta en una teoría sobre la realidad y refleja la estructura social, en tanto ordenamiento y distribución del poder (Hodge y Kress, 1979). De este modo, si una sociedad es clasista, racista, sexista, heteropatriarcal y androcéntrica, la lengua, por añadidura, también lo será (Suárez, 2002).

¿Qué es el androcentrismo?: para la filóloga catalana Eulalia Lledó «consiste fundamentalmente en una determinada y parcial visión del mundo, en la consideración de que lo que han hecho los hombres es lo que ha hecho la humanidad o, al revés, que todo lo que ha realizado el género humano lo han realizado sólo los hombres, es pensar que lo que es bueno para los hombres es bueno para la humanidad, es creer que la experiencia masculina incluye y es la medida de las experiencias humanas».

Si hay androcentrismo, hay lenguaje androcéntrico, cuya marca formal más recurrente es el uso el masculino genérico.

¿Qué es el «masculino genérico»?: veamos qué nos dice la Real Academia Española en su Diccionario Panhispánico de Dudas: «El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones».

Por otra parte, bien sabemos que esta clasificación binaria de géneros en femenino y masculino tiene omisiones, que no son más que otras invisibilizaciones. Quienes estén por fuera de ese sistema binario mujer/varón quedan marginades. Esto nos remite a Roland Barthes, quien al hablar de la lengua francesa en la «lección inaugural», plantea: «estoy siempre obligado a elegir entre el masculino y el femenino, y me son prohibidos lo neutro o lo complejo».

Las variaciones

¿Qué es la variación?: se pregunta Alejandro Raiter.
«La variación es la existencia de dos o más formas alternativas para referirse a lo mismo», se responde.

La lingüista Angelita Martínez plantea, desde la etnopragmática, que la sintaxis no es arbitraria, pues está motivada semántica y pragmáticamente. Es decir, la gramática (la morfo-sintaxis) está condicionada ideológica y comunicativamente. Por lo que se va conformando según las necesidades comunicativas de les hablantes, que se transforman en el motor de los cambios lingüísticos.

¿Por qué hablamos de las variaciones?: porque les hablantes del llamado lenguaje inclusivo proponen una transformación del paradigma de género de la lengua. Les más conservadores fundamentan su rechazo en que se trata de una alteración de la morfología de la inmaculada y virginal lengua española/castellana. Aunque tenemos muchas razones para suponer que son otros los motivos, pues estas mismas personas que rechazan la variación propuesta desde el lenguaje inclusivo aceptan otras variaciones. Me voy a detener en una de ellas, porque está ligada al androcentrismo. Se trata de un particular tipo de «leísmo» que se da en España.

¿Qué es el «leísmo»?: consiste en usar/elegir el pronombre átono «le/les» (dativo/ objeto indirecto), en lugar del «la/las/lo/los» (acusativo/objeto directo).

Por ejemplo, un hablante que opta por el leísmo dice «recién le llamé a la doctora», en vez de «recién la llamé a la doctora».

Veamos qué dice la RAE al respecto en «Español al día»:

<<Cuando el pronombre desempeña la función de complemento directo, deben usarse las formas lolos para el masculino (singular y plural, respectivamente) y lalas para el femenino (singular y plural, respectivamente):
¿Has visto a Juan? Sí, lo vi ayer.

¿Has visto a Juan y a los niños? Sí, los he visto en el parque.
Compré la medicina y se la di sin que nadie me viera.    
¿Has recogido a las niñas? Sí, las recogí antes de ir al taller.

[Dada la gran extensión en el uso de los hablantes cultos de ciertas zonas de España de la forma «le» cuando el referente es un hombre, se admite, únicamente para el masculino singular, el uso de «le» en función de complemento directo de persona: ¿Has visto a Jorge? Sí, le vi ayer en el parque]. >>

¿Y por qué la RAE admitirá, como variación, el uso del «le» en lugar del «lo» solamente para el masculino singular, es decir, cuando el referente es un hombre y no para referirse a una mujer?

Veamos el siguiente ejemplo:

Si siguiéramos las reglas gramaticales diríamos:
«Manuela le pintó un cuadro a Ramón»
Manuela: es la que hace la acción, se la denomina agente, es más activa.
Pintó: proceso, la acción.
Un cuadro: paciente, más pasivo, menos activo (Manuela lo pintó)
a Ramón /le: beneficiario, menos activo que «Manuela», aunque más activo que «un cuadro».

Pero, si hablamos y pensamos desde el leísmo de les «hablantes cultos de ciertas zonas de España», además podemos decir:

«Ayer la vi a Manuela” («la» +pasiva/ – activa)
«Ayer le vi a Ramón» («le» – pasivo/ + activo). Según la RAE esta forma estaría aceptada, por ser un hombre el referente.

¿Qué pasa si, como hablante, se me ocurre optar por el leísmo con un referente femenino y decir «ayer le vi a Manuela»?

En este caso, la Nueva gramática de la lengua española, de la RAE, nos señala que «el leísmo de persona femenino está mucho menos extendido, carece de prestigio y se considera incorrecto» (p 316).
Son formas de organizar la realidad a través del lenguaje.

«¿No es eso reflejo de ideología sexista en tanto le, la forma que fue seleccionada y aceptada para señalar a los hombres significa, justamente, un referente más activo que laSe pregunta, nos pregunta, Angelita Martínez.

Con “E” de no binariE

Los primeros pasos del lenguaje inclusivo en el español se dieron cuando comenzaron a usarse formas que dejaban de lado el masculino genérico e incorporaban el sustantivo equivalente en femenino, como búsqueda de visibilizar lo que antes quedaba invisibilizado:
«Compañeros y compañeras» «argentinos y argentinas», «todos y todas»…

También nexos y barras para los determinantes:
«Las y los estudiantes», «las/los alumnas y alumnos», «los/as obrero/as»…
«Pero esta solución tiene algunos problemas. Primero, la lectura se tropieza con esas barritas que saltan a los ojos como alfileres. Por otro lado, supone que la multiplicidad de géneros del ser humano puede reducirse a un sistema binario: o sos varón, o sos mujer», dicen Minoldo y Balian en «La lengua degenerada».

El uso de la «@» (much@s) y la «X» (muchxs), puestas en lugar del morfema genérico masculino «-o», rompió con el binarismo. Si tienen alguna observación, es que la «@» no es una letra del alfabeto, y la «X» resulta problemática al pretender pronunciarla. De todas maneras, tienen como valor extra el ser más disruptivas. «Hay quienes (por ejemplo, la escritora Gabriela Cabezón Cámara) ven en ello una ventaja: lo disruptivo, lo que incomoda, es justamente lo que atrae las miradas sobre el problema de género que ese uso de la lengua busca denunciar, es la huella de una pelea, la marca de una puesta en cuestión» (Minoldo y Balian, 2018).

La lengua romance castellana deja de lado el género neutro del latín por la clasificación binaria de femenino-masculino. La cuestión en la actualidad es que les hablantes, al menos un grupo de elles, necesitan, dice Martínez, que esta división binaria se complejice. Para este sector de la sociedad, para este grupo de hablantes, ya no basta con las estrategias discursivas para no discriminar o invisibilizar. Es necesario un cambio más profundo, un cambio gramatical en el paradigma de género.

En este nuevo paradigma, el fonema «e» pasa a ser, además, «morfema» (parte del signo lingüístico que aporta un significado). Se trata de un nuevo morfema de género, por fuera del femenino y del masculino, o sea, no binario. Así, el paradigma de género quedaría de la siguiente manera: «-a» para el femenino, «-o» para el masculino, «-e» para abarcar los dos géneros en simultáneo o para indicar que no es ni femenino ni masculino.

«No se trata de una solución libre de problemas», dicen Minoldo y Balián, «implica entre otras cosas la creación de un pronombre neutro (‘elle’) y de un determinante (‘une’)» Complicaciones mínimas en relación con una variación lingüística que tiene la relevancia de visibilizar en la comunicación y en el pensamiento a quienes han permanecido ignorades o desplazades por una lengua eminentemente androcéntrica. Como vemos, aquello que pareciera ser una cuestión gramatical, es una problemática política, sencillamente porque toda gramática es política.

Bibliografía

Barthes, Roland. (2002). El placer del texto y lección inaugural. Siglo XXI.

Hodge, Robert; Kress, Gunter. (1993). Cuadernos de sociolingüística y lingüística crítica nº1, «el lenguaje como ideología». Universidad de Buenos Aires.

Martínez, A. (2019). El lenguaje inclusivo. La mirada de una lingüista. 1er Congreso de Lenguaje Inclusivo, 11 y 12 de abril de 2019, La Plata, Buenos Aires, Argentina. En Memoria Académica. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.11015/ev.11015.pdf

Minoldo, Sol; Balián, Juan Cruz. (2018). «La lengua degenerada», revista El gato y la caja, 04/06/18. Disponible en: https://elgatoylacaja.com/la-lengua-degenerada

RAE. Español al día. Entrada: «Uso de los pronombres los, las, les, leísmo, laísmo». Disponible en: https://www.rae.es/espanol-al-dia/uso-de-los-pronombres-los-las-les-leismo-laismo-loismo

RAE. (2010). Nueva gramática de la lengua española. Espasa.

Raiter, Alejandro. (2020). «Variación lingüística e identidad», Cuarenta naipes, revista de cultura y literatura, año 2, n° 3.

Suárez, Teresa Meana. (2002). Porque a las palabras no se las lleva el viento, por un uso no sexista de la lengua. Ayuntamiento de Quart de Poblet.

Miguel Fanchovich

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