UN LARGO SUSPIRO

Llevábamos un tiempo largo buscando departamento para poder vivir juntos, nos costó muchísimo conseguirlo, desde la garantía hasta la buena iluminación que pretendía Florencia. Todo era cuesta arriba, nuestros ingresos estaban al límite y, el miedo y las dudas nos jugaban en contra. De lo único que estábamos seguros era de vivir juntos, armar un hogar con todo lo que habíamos imaginado, sin hijos, por el momento. Teníamos que estar mejor económicamente, en eso estábamos de acuerdo. En realidad, en todo lo demás también y, sin mucho para analizar, podríamos decir que ninguno de los dos dudaba del amor que nos teníamos. Una tía de Flor nos salió de garantía, los padres de ella no estaban muy de acuerdo, entonces, trató de no participarlos.

El departamento tenía una ventana al oeste donde Flor podía poner su atril y dibujar y pintar a gusto. Yo, sinceramente, no tenía mayores pretensiones, menos después de vivir con cuatro amigos en un departamento de un ambiente.

La mudanza la hice a pie, eso demuestra a las claras las pocas pertenencias que tenía.

Ahora que estaba más tranquilo tenía que tratar de generar más dinero y si la cosa seguía así tendría que abandonar la guitarra y buscar un trabajo estable. Flor me decía que no, tenía que insistir con la música, que ya se me iba a dar.

–¡Yo tampoco estoy ganando un peso con mi arte, pero es lo que elegí!

Las palabras de Florencia me tranquilizaban, además ella no tenía muchas pretensiones económicas y se arreglaba con poco. Yo en cambio estaba cansado de estar sin un peso y lo sufría. La diferencia de pensamiento era que su familia estaba muy bien económicamente y, el dinero, al revés de lo que muchos piensan, está en la cabeza y no en el bolsillo. Cuando uno sabe que está, puede jugar a ser de cualquier clase social y también puede ser artista ad honorem, pero si estás seco de verdad se duerme distinto y, a veces, ni se duerme.

No lograba sentirme cómodo en mi nuevo hogar, por más que lo intentaba me costaba acostumbrarme a la convivencia, todas las noches bajaba a la placita a fumar un porrito, un par de pitadas solamente para dormir mejor. Fue en una de esas incursiones que conocí a Helena, la pibita del quinto, así comencé a llamarla para mis adentros. Ella bajaba a pasear el perro, cuando cruzamos las miradas noté debilidad en su ojos, una debilidad que devela el interés femenino y sentí un pequeño movimiento dentro mío, comenzó en el estómago luego subió al corazón y, cuando intenté decir algo, ya estaba atragantado.

–Hola, hum, hola– disimulé un poco acariciando el perrito y luego me incorporé para preguntar lo lógico en estos casos.

– ¿Que estás estudiando?

–Despachante de aduana.

– ¡Mira vos qué interesante!

–Vos sos músico… Te vi con la guitarra colgada.

–Si, intento lograr algo…

Esa simple conversación bastó para que acabara mi tranquilidad, a partir de ese momento traté de coincidir todas las noches en la placita, demorando los regresos e inventando excusas.

– ¡Siempre pasa un conocido por esta vereda!– decía Florencia sin la mínima sospecha.

Helena vivía con tres amigas y estaba bastante incómoda, pasear al perro era su descarga. Tenía un novio abogado que le había recomendado la carrera que había iniciado. También tenía una tía que trabajaba en la aduana y de esa manera especulaba con un futuro mejor.

Yo comenzaba a percibir que Helena también intentaba coincidir conmigo por las noches… A pesar de que no fumaba, se sentaba a mi lado mientras soltaba el perro para que correteara un rato. Comenzó a contarme cosas de su vida, de su pueblo, también de su novio abogado que vivía frente al río y de lo insoportable que se tornaba vivir con tres amigas en un departamento pequeño, experiencia por la cual yo había pasado y quizás fuera el motivo de mi apresuramiento para convivir con Florencia. De todos modos, no hice ningún comentario, a pesar de que cada día que pasaba me sentía más incómodo. Era muy pronto para quejarse, ya cambiarían las cosas, seguramente me acostumbraría a está vida ordenada y limpia, con sábanas perfumadas, enchufes con desodorante y ventanas con mosquiteros sanos, para evitar los murciélagos que en mi departamento anterior eran parte del decorado de los techos y las paredes.

Una noche me animé a invitarla a un pequeño recital que dábamos en un bar y la tipa fue, me saludó desde unas de las mesas y bastó para que no embocara un tono más, por suerte ella no lo notó.

Esa noche me costó dormir, bajé a la placita, pero me senté solo a fumar, sabía que Helena no bajaría ya era demasiado tarde y en el fondo me daba más tranquilidad. Tenía que pensar que hacer con mi vida, no podía culpar a esta pibita por lo incómodo que estaba con Florencia, debía asumir mi inmadurez y, porque no, mi fracaso. La mayoría de la gente fracasa y sigue viviendo como si nada.

Una noche que fuimos al cine con Florencia nos cruzamos por primera vez en el ascensor con Helena, el perrito comenzó a saltarme como si yo fuera el dueño, Florencia se sorprendió y noté una sonrisa pícara en Helena que atinó a decir «¡No  molestes!». Cuando bajamos caminé callado varias cuadras. Flor ya había comenzado a notar que algo me pasaba y se lo atribuía a mi necesidad de generar dinero y dejar de vivir de la tarjeta adicional de mi suegro, un tema recurrente en nuestras charlas.

A la noche siguiente con Helena recordamos el episodio del ascensor y nos reímos un rato, yo seguía sin animarme a decirle nada, pero no me arrepentía, su sola presencia me bastaba para sentirme bien. No hacía falta decir nada, estábamos juntos, a veces sin hablar, en cierto modo temía que cualquier comentario inoportuno rompiera la relación y yo en ese momento solamente necesitaba que estuviera a mi lado, aunque sea solo un rato y pensar además que ella necesitaba lo mismo que yo.

Cada día que pasaba sabía más de su vida y ella de la mía. Su novio insistía con que se mudara con él, Helena no se animaba a tomar la decisión y mis consejos eran intrascendentes

 –¡No sé qué decirte! ¡Hay que ver!– Esas eran mis angustiosas palabras pensando solamente en que si tomaba la decisión de irse a vivir frente al río dejaría de verla.

Florencia acababa de comunicarme que su padre necesitaba un encargado para uno de sus locales deportivos, puesto que agarré sin dudarlo, y fue ese mismo día que vi salir a Helena con un bolso, una mochila y un par de libros rumbo a la casa del novio.

–Al final me decidí, me voy a vivir con él.

–Que bien, espero que sea una buena decisión.

–No estoy tan segura, pero veremos qué pasa.

Helena también se mudaba de departamento y lo estaba haciendo a pie, igual que lo hice yo hace unos meses. Nos despedimos y no me animé a pedirle ni la dirección ni el teléfono. La observé caminar esperanzado en que volteara la cabeza para saludarme nuevamente, pero no ocurrió nada de eso. Yo comencé con mi nuevo trabajo esperanzado con mejorar mi relación con Florencia, los primeros días llegaba cansado y me dormía sin problemas, pero a los pocos días comencé a bajar nuevamente a la placita, disfrutaba recordando a Helena y hasta imaginaba que una noche caería a visitar a sus amigas y tendríamos un encuentro. Estuve tentado de tocar timbre y que alguna de sus amigas me diera su dirección, pero debía asumir que la historia había concluido, jamás había forzado la situación y menos ahora. La extraña relación que tuve con Helena pasó a ser un faro, una luz lejana que observaba cuando las cosas no funcionaban, pensando en lo que podría haber sido  si me hubiera animado a dar un paso más. Esos pensamientos me alegraban porque la recordaba cada vez más linda y más perfecta.

Había agarrado la costumbre de suspirar, de tal forma que Florencia lo había notado, además lo acompañaba a veces con un –Uff… ¡Ay dios!– Yo sabía, porque lo había leído en algún lado, que cuando uno suspira expulsa pedacitos de vida y realmente temía que un día de estos se me acabara.

Decidí que de ahora en más por las noches saldría a caminar, inconscientemente siempre salía para el lado del río y llegaba hasta los edificios más caros, estaba todo iluminado. En las plazoletas anteriores a la costanera la gente paseaba sus mascotas, pero Helena no estaba, ya llevaba varias noches caminando por la zona y ni ella ni ningún perro parecido se cruzaba en mi camino.

Luego de varias noches y después de un suspiro muy largo llegué a la conclusión que en estos edificios seguramente no aceptaban mascotas.

Yo trabajando con mi suegro y ella sin su perrito, eso es lo que se llama aceptar las reglas del juego. Luego de esa reflexión exhalé un suspiro muy largo acompañado de otro más corto que utilicé para no quebrarme. Seguí caminando, pensando en cambiar mi destino sin ninguna idea coherente, al llegar al departamento mientras esperaba el ascensor volví a suspirar y entré a mi casa sabiendo que Florencia dormía desde hacía un rato. Creo que esa noche, entre suspiro y suspiro, se me fueron dos años de vida.

Fernando Grosso

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