BRESSAN

Bressan narra un conflicto, en la figura de este hombrecito peculiar. que subyace en nuestra sociedad. El personaje padece, casi como un castigo divino, parecerse a aquello que aborrece.

El autor va construyendo en esta ficcionalidad, una realidad al que el protagonista le teme en ese imaginario de lo periférico, aquello a lo que cree no pertenecer.

Este joven escritor, nuevamente utiliza el recurso de la ironía, al que nos tiene acostumbrado en otros textos, con gran sentido estético.

Carmen Rolandelli | La Meresunda

ESPERA

–Buenos días. Fresco hoy ¿no?
–Sí– respondió a secas y siguió mirando hacia adelante.

Qué suerte la mía, este que vino con ganas de hablar se pone justo atrás mío, pensó, con un premeditado fastidio. Era cierto que estaba un poco fresco, pero no había ningún interés que lo llevara a hablar con ese viejo, mucho menos el clima. Es la mala costumbre que solemos tener los madrugadores, llegamos temprano a todos lados y el resto siempre «nos toca».

Sintió algo de curiosidad por ver cuánta gente había llegado, pero no quería darse vuelta para no darle la oportunidad al viejo ese de sentirse escuchado. Que lo aguanten los otros, pensó. Delante de él había diez, doce personas, tampoco quiso mirar demasiado. Además, lo confundía un poco la perspectiva y que algunos estaban acompañados, pero el número de personas no haría a la diferencia y tampoco se asomaría para mirar como hace la negra esa que tiene al chico en brazosYa con que muestre medio culo es suficiente espectáculo.

Se llevó las manos a los bolsillos del chaleco. Cuando la hija se lo regaló le pareció una gronchada, encima hizo que se lo entregara la nieta y no pudo ser del todo sincero, aunque debía reconocer que era bastante calentito, eso sí. Recordó aquel momento cuando se lo dieron para su cumpleaños –dos o tres años atrás– y que casi terminan haciendo las paces con su yerno. Pero cuando supo que la idea del chaleco había sido de él entendió que realmente se lo había hecho a propósito y no hubo sobremesa que los salvara de las discusiones de siempre. Qué zurdo de mierda, pensó. Por suerte la anilina le otorgó otra imagen al chaleco.

El viejo de atrás no paraba de hablar, lo que lo indujo a un fastidio aún mayor del que traía al llegar. El pibe ese que acaba de llegar tiene que haber venido con ganas de escuchar porque podría caer en un colapso nervioso, pensó. Y el viejo estaba más preocupado porque lo escuchasen que por cualquier interacción que pudiera conseguir. Ahora hablaba de Bariloche y su lugar en el mundo. Él se dio vuelta como no queriendo hacerlo, quizá por inercia de lo que escuchaba de rebote. El viejo hablaba de costado y el pibe parecía prestarle atención, pero a juzgar por la pinta ese chico no debe conocer ni Mar del Platapor eso le parece hasta exótico lo que cuenta ese viejo. Agradeció no haberle seguido la conversación del clima, que siempre es un buen pretexto para iniciar una charla. El clima, el frío, los anhelos, Bariloche. Tendría que contarle sobre los Alpes suizos o franceses para que se frustre de una vez y deje de hablar, y que se dedique a escuchar, que es lo mejor que puede hacer¿Pero a quién escucharía de todos los que estaban ahí? ¿Qué le podrían contar? Sonrió sarcásticamente moviendo la cabeza.

La negra de adelante se salió de la fila un poco más. Se la notaba ansiosa y el nene que tenía en brazos se balanceaba acorde su ansiedad. Él sacó la mano del bolsillo y miró el reloj. Faltaban algunos minutos todavía. La negra se asomaba a cada rato y se sacudía de un lado a otro. Lo está batiendo a ese pobre desgraciado. Después fue hasta adelante, se asomó y volvió con el mismo menudeo. Miró hacia atrás y algo dijo no muy claro. Es que para entenderle algo tendría que hablar en nuestro idioma. No sólo tengo que verle el culo sino que ahora también esa panza que se le escapa de la remera. Y si no se le escapa el pibe se le escapa el celular que es más grande que ese chico. ¡Claro, para eso sí tienen! Y ahora va para atrás, y sí, va a ver a algún familiar si son como quinientos. Él se puso la mano disimuladamente en la cara. ¡Qué espectáculo por favor! Qué país generoso, pensó, ya sin disimular los gestos. Y el viejo seguía hablando. Ahora hablaba de los años que había trabajado y de todos los trabajos que tuvo y que todavía seguía trabajando porque el trabajo… y a ese pibe ya le resulta extraño la palabra “trabajar”. Se lamentó por no estar al tanto de la tecnología para ponerse esos auriculares con alguna música para abstraerse de todo eso.

Volvió a mirar el reloj y ya estaban en hora, pero no pareciera que estuviesen por abrir. Siempre ponderó la puntualidad de los alemanes y lo traía a colación cada vez que era víctima de alguna espera. Incluso en Italia, que son lo más parecido a nosotros, no se abusan así del tiempo de uno, salvo en Nápoles pero esos son africanos, pensaba sonriente y recordaba la charla sobre ese tema que había mantenido con aquel señor en Milán, muy parecido al de acá atrás pero con estilo y buen gusto. Se asomó para ver si alcanzaba a notar algún tipo de movimiento, pero no. De todos modos, a nadie parecía preocuparle la impuntualidad. Acá nos acostumbramos a todo, pensó. Desde lejos vio venir una figura conocida. Si de algo se jactaba a su edad era de la vista. Definitivamente la figura conocida era la del Dr. Moreno. Volvió a ponerse la mano en la cara y se echó un tanto hacia el otro costado. Por fortuna, el doctor iba hablando por teléfono y no prestó demasiada atención. Miró hacia atrás desde esa otra perspectiva, donde también el viejo parlante le daba la espalda. Vio que la fila era definitivamente larga pero lo más importante era que al doctor lo vio a través de algunas cabezas perdiéndose ya en la esquina. Prefirió quedarse así por si llegaba a pasar algún que otro conocido, porque si había algo que no toleraba era tener que dar explicaciones a esa hora de la mañana.

El tiempo transcurría y la espera se ponía intolerante. Encima, esperar entre el viejo este y la negra aquella, pensaba con remordimiento y cada vez que algún pensamiento acompañaba algún rencor se acordaba del yerno. «Mirá que hay muchos y venís a caer con esta cosa”» le decía a la hija cada vez que trataba de hacerla entrar en razón. Una razón que sabiamente él sostenía y confirmaba, pero la hija se había empecinado en hacerlo sentir culpable y al zurdo le contaba todo. Pareciera que no había secretos entre ellos. Pero se dio así, y es la única que tuveZurdo y cambió el auto dos veces, pensaba y sacudía la cabeza.

Notó de repente otro movimiento en la gente. Los de adelante se acomodaron mejor en la fila. Hasta la negra se quedó quieta y el viejo dejó de hablar. Desde ahí no alcanzaba a ver si habían abierto la puerta, pero sí le había parecido escuchar el ruido propio de las bisagras que albergan poco cuidado. Miró el reloj otra vez. Estaban quince minutos atrasados. Una chica se asomó por la puerta. Sobresalía una cabeza por encima de todos porque en la entrada había un escalón pronunciado. Tenía una lista en la mano.

–¡No tenemos medicamentos para la presión ni tampoco insulinas, recién para el miércoles podríamos recibir!– gritó, sin siquiera disculparse.

El viejo de atrás le tocó la espalda.

–¿Qué dijo?– le preguntó.
–Que no hay ni insulinas ni para la presión, el miércoles parece– contestó él.

El viejo se quedó mirando un momento el piso.

–Bueno– dijo luego, como acompañando el suspiro –tendré que venir el miércoles–.

Él se quedó mirando cómo el viejo se iba, saludando antes al pibe que lo había escuchado. Se mantuvo un momento así, en un costado, sin avanzar. Tenía las manos en los bolsillos. La fila era larga. En fin, él también tendría que volver el miércoles, prefería lidiar con otro ataque que llamar otra vez al zurdo y a su hija.             

           

Ramiro Bressan

Carmen Rolandelli | La Meresunda

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