PALABRAS, PALABRAS | CHIQUES

Un prejuicio clasemediero berreta, pretenso de ser elevado a condición de plataforma política, demanda establecer -sin mayores nociones previas- el modo correcto del habla, como si en ello existiera una divisoria que permitiere ubicar, en su extremo, a eruditos cultores de la lengua alzados con ardor en bravo combate resistiendo los embates de nibelungos malhablados, prepotentes y populistas. Admitamos de inicio el mediocre nivel general, que no requiere de excesivas comprobaciones para afirmar que, de común, maltratamos impiadosamente a la hermosa lengua en la que se regodeó Cervantes y que alcanzara una de sus varas más altas en nuestro admirado (poco leído y políticamente tan simpático como superficial y torpe) Jorge Luis Borges.

Cada tres años, les medios de comunicación (muchas veces de manera amañada y sin inocencia, digámoslo también) zarandean excitados el informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes, convirtiendo a las pruebas PISA en un barómetro incuestionable que se exalta para aseverar “lo mal que estamos” en ese aspecto, y comunicadores amanuenses y tías sensibles se acongojan apenas conteniendo las lágrimas ante los magros rendimientos de nuestro jóvenes, que ellos son el futuro de este país. Se finge asombro y pesar como si los estudiantes no fueran sino la resultante de la sociedad en su conjunto. Si no constituyera una rastrera demostración de hipocresía podríamos estar en presencia de un sofisticado mecanismo de disimulo de las falencias al condenar a otros a un escalón inferior. Al burlarnos -o entristecernos-, creemos posicionarnos por encima, pero en verdad abruman las dudas al respecto.

No solo que se bastardea el idioma con un uso escueto de los vocablos disponibles, que tornan ocioso al enorme diccionario cuyas inmensidades ignoramos de manera supina, sino que se apela de continuo a construcciones equívocas o al armado de frases deficientes, errores de concordancia, uso incorrecto de preposiciones, expresiones redundantes, mal uso de los signos de puntuación y esencialmente el empleo de anglicismos.

Cristina Fernández acometió la malhadada idea de ocupar el «sillón de Urquiza» para profundizar un abismo irreconciliable, en este caso ya no en la discusión por la puja en la distribución de la riqueza sino planteada en el terreno lingüístico. El duro debate generado en la dicotomía «presidente o presidenta» registra su antecedente más preclaro unos 75 años atrás, cuando el país se dividió en Braden o Perón.

Bastaría con recurrir al diccionario apenas, o apelar a la bibliografía convencional para dar por terminada la fútil controversia, pero, sin embargo -con incomprensible entusiasmo- se siguen alzando voces que desde la cátedra se reiteran en la estulticia.

Tal vez el caso más notorio lo perpetró días atrás el diputado de Cambiemos Martín Tetaz, reciente visitante ilustre de la Unnoba, cuando en una reunión en el Congreso, tan solo por caprichoso, se refirió a la mujer que conducía la sesión llamándola presidente, y al ser observado por el error, no titubeó en inventar una definición que solo podría provocar desazón en los entendidos. Afirmó, engreído, el legislador: «Se dice presidente, porque es quien preside un ente». Un auténtico disparate. Ni aún Google, donde proliferan artificios y embustes, podría acudir en su defensa.

No se requiere, siquiera, la erudición del académico, bastaría con entender que la lengua, como materia viva, se encuentra en permanente reelaboración, y son los pueblos quienes la modelan en el uso. Los términos se tornan convencionales en la calle, mucho antes de que la RAE los registre. Es apenas una cuestión de sentido común, que, al decir de Miguel de Unamuno, suele ser el menos común de los sentidos.

Por siglos escondidos -o directamente avasallados-, los derechos de la mujer, en el último tiempo, devino un verdadero «destape» y las normas (siempre) tardan en acomodarse a la cambiante realidad que se impone en los hechos, no en los decretos. El lenguaje recoge a su modo las modificaciones, reconoce realidades y así van surgiendo términos destinados a explorar la igualdad de géneros. Es natural, y hasta deseable que así sea, sabiendo que no todas las creaciones aparecidas o por aparecer resistirán el inexorable filtro del paso del tiempo. Se descartarán algunas y perdurarán otras, en la inacabada tarea de construir un idioma que nos exprese según la época.

El gobierno de la Ciudad Autónoma emitió, algunas semanas atrás, una resolución ministerial que prohíbe el uso del lenguaje inclusivo en sus establecimientos educativos. Demasiada enjundia para la justificación. Obvio, abundaron las voces coincidentes, basadas en lo ideológico antes que, en la cátedra, para defender el idioma al inhabilitar, por ejemplo y emblemáticamente, el término «chiques», lo cual bien podría ser discutible, pero asombra tanta energía de purismo semántico, cuando convivimos en el habla diaria con infinidad de palabras inglesas, fácilmente reemplazables por sinónimos en castellano.

Seguramente la ciudad de Buenos Aires podría ser declarada la capital del idioma cool, donde conviven los shooping y los countries, y se practica running a full, producto del marketing con su merchandising y sus sponsors, con un staff de personal training muy VIP que dictan sus tips en master class por streaming con alto raiting. No es fake news de un focus group, es apenas una muestra low cost. ¡Si no fuera loser, daría para tomarse una selfie y hacer el check out!

¿Por qué se tolera tanta tilinguería extranjerizante, fácilmente reemplazable, y son intolerantes con nuevas formas que -mejor o peor- visibilizan a la mujer como sujeto? Es la ratificación estricta de un crudo colonialismo mental; la sumisión a lo foráneo es una forma de vida, a punto tal que esos anglicismos -y otros mil que podríamos consignar-, no son vistos como atentatorios del idioma, al que en cambio creen amenazado por los experimentos que tratan de responder a las nuevas exigencias que plantea la actualidad.

Rody Piraccino

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