LOS TÍOS

“El parentesco debe interpretarse como un fenómeno estructural; define relaciones que incluyen o excluyen a ciertos individuos, formando “un conjunto coordenado de cada elemento, al modificarse, provoca un cambio en el equilibrio total del sistema”

Claude Levi-Strauss

“A quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos”

Refrán Popular

Tuve varios tíos varones. Lo que es mucho decir. Un análisis sociológico de entrecasa me llevaría a pensar que esa estructura de parentesco es una de las formas más imperceptibles, o no tanto, de transmitir el patriarcado vía sanguínea de la forma más «natural». En muchos casos las tías ocupaban un sitio de resistencia, de obligaciones dolorosas o simplemente, a fuerza de ternura, dando equilibrio al mundo de los machitos. Aguantando en las trincheras de piletones y cocinas, los embates de ciertos rasgos brutales de una cultura secular.

Los dos hermanos de mi mamá eran Juan y José, este último nombrado por propios y extraños como «El Negro». Tan diferentes uno de otro, pero de algún modo las dos caras de una misma moneda

También tenía un hermano mi papá, otro Juan, más conocido como «Juancito», famoso en la familia y sus adyacencias por haber desembarcado del buque que lo trajo de Italia en la entreguerra con un ojo en compota, producto de una pelea con un marinero. Sucede que, a los 14 años, dichos acontecimientos marcan para siempre. Tal vez los múltiples milagros posteriores que salvaron su vida cien veces tengan que ver con aquel rito iniciático de supervivencia a las trompadas.

Uno de los primeros recuerdos que tengo del tío materno Juan es verlo en la fiesta de Navidad tomando clericó, luego vino y por último sidra, en un mismo copón verdoso, muy en boga en los 70, y que el resto del año oficiaba de coqueta pecera, hogar humilde de un pececito de dudosa procedencia. Esos peces naranjas que están a dos generaciones de ser de un plástico definitivo.

Mi tío Negro, se jactaba con todo orgullo de haber trabajado una sola vez en su vida por un par de años en el Sur, pero fue tan intenso y demoledor aquello, según su propia sentencia, que se cansó para siempre. Vivía en la pobreza más absoluta y elegida. Según el índice Brandoni, una «pobreza digna». Prácticamente un asceta en el siglo de las máquinas, desde niño cuando yo lo iba a visitar, antes de despedirme me repetía en tono solemne y sin tutearme jamás: «Usted venga siempre sobrino, que acá agua fresca y sombra nunca le van a faltar». Un ser absolutamente limpio de toda maldad, a quien, según su propia confesión, Dios no le dio hijos, pero si a Carlitos Gardel para disfrutarlo siempre y arrancarle la soledad. Muchos sábados, generalmente por la mañana, me llevaba a pasear. Las salidas de los niños de mi época consistían en previsibles visitas a las plazas y calesitas, un helado en jornadas festivas o una pizzería para dos porciones de muzzarella y una coquita chica de vidrio. Eso era todo. Sin embargo, los paseos con el Tío Negro eran de otra especie, podían incluir bares, canchas de bochas y el infaltable cementerio con las historias de aparecidos incluidas. Era una fiesta. Otra vez, supongo que a raíz de la frecuente carencia monetaria, la salida consistió en una larga caminata saliendo por un lado del barrio y luego de una vuelta extensa regresando por el otro lado. Al llegar a la casa de la abuela su reflexión fue contundente: «Vio sobrino, la tierra es redonda».

Ya casi sobre el final de su vida, y yo siendo un muchacho grande fui a visitarlo después de un tiempo, estaba como siempre con su camiseta inmaculada y fumando uno de sus eternos Imparciales, cuándo para empezar la charla le pregunté por sus dos gallos que servían de mascotas oficiales, llamados Pichirica y Garibaldi, me contestó en un tono serio pero despojado de todo dramatismo: «Me los comí querido, para que no sufran cuando me vaya».

Otro era mi Tío Omar, uno de los hombres más buenos y solidarios que conocí. Jamás especulaba a la hora de brindarse entero, nunca esperaba nada a cambio. Nunca hacía negocios con los afectos ni con las necesidades de los demás. Una memoria prodigiosa nutría sus anécdotas preciosas, las casas familiares, la infancia en aquellos campos de Dios, los viajes por caminos inverosímiles y las mil y una noches de cuentos compartidos. Un hombre digno, en todo lo extenso del término.

El encuentro con los tíos y las tías dulcísimas, las ceremonias y los rituales, los golpes y el silencio, las pobrezas y las miserias compartidas, hicieron lo que soy, lo que somos. En el perpetuo ir y venir de las familias, como clanes antiguos, nos constituyen como Pueblos, con nuestros inmigrantes y nuestras paisanas indias, con nuestros criollos durísimos y los tremendos explotadores, fundando la nación de las desigualdades. De todo eso estamos hechos y deshechos y más. Una eterna marea de contradicciones.

Una extensa y bellísima Patria de hombres y mujeres marrones, como el agua de los ríos que nos forjaron.

Barro y sangre.
Vida por venir.
Macondo, sacá del medio.

Fabián Del Core

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