EL LUJO DEL SIGNIFICANTE

“Ñam fri frufi fali fru”

Míster Carlos Solari

El sol ingresa a la sala. Su luz traza una diagonal que se tropieza con lo que encuentra a su paso y se dispersa en sombras largas chinescas. Una porción de esa luz solar ilumina una secuencia de libros ahí en la biblioteca. Hay uno desacomodado, como queriendo escapar. Lo ayudo a salir. Abro sus páginas ¿al azar? y leo:

«Adiós, adiós. Hasta mañana, lengua, /lueguito o no, luegura si me llega, /lenvátar me, nacerme de la huesa, /la sabanura, almohada, estotra greda/ de la que subo taza, vaso o luenga /jarra de Juan. Hasta mañana, lengua! / (Ellos ya están cantando: cuchillocóoooooo!…)».

¿Y esto?: Décima Sexta Palabra, del poeta pampeano Juan Carlos Bustriazo Ortiz.

En asociación ¿libre? recuerdo algo que anduve leyendo en estos días, es una idea que parafraseo así: en muchos poemas la forma, el significante, es más relevante que el significado. Ese vacío que se genera en el contenido por la predominancia del significante aleja al lenguaje de ser un mero productor de sentido, es un lenguaje que se desprende de la utilidad.

«Filiflama alabe cundre /ala olalúnea alífera /alveolea jitanjáfora/ liris salumba salífera //Olivia oleo olorife/ alalai cánfora sandra/milingítara girófora/zumbra ulalindre calandra», dice el poema «Leyenda» del cubano Mariano Brull.

En el capítulo «Imperio de los signos» (título que toma de Roland Barthes), del libro La desaparición de los rituales, Byung-Chul Han plantea que el lenguaje utilitario, o meramente informativo, «carece de esplendor». Cuando informamos lo ponemos a trabajar, lo estamos obligando producir sentido. Entonces, pierde su capacidad de seducción. Si el lenguaje informa, trabaja, y no seduce, y no se disfruta, porque “el principio de trabajo se opone al principio de disfrute»:

«PRIMERA: PARTES. Entre _______ ________ (DNI ___________) por una parte, en adelante ‘EL/LA LOCADOR/A’, con domicilio en ________________________, y __________ _________ (DNI ___________) que en adelante se denominará ‘LA LOCATARIA’ (inquilino/a) con domicilio en ____________, __________, convienen celebrar el presente contrato de locación, el que se regirá por el Código Civil y Comercial de la Nación (CCyCN), leyes aplicables a la materia y las cláusulas de este contrato”. (Modelo de contrato, ley 27551/20)

Con el lenguaje literario/poético la cosa cambia, ¿por qué? porque prima el juego a través de la forma, el significante. Es un lenguaje que no se pone a producir, a significar, a informar. Se rebela del pragmatismo. Niega toda absurda pretensión de objetividad. Se trata de un signo lógico que se vuelve estético, subjetivo y equívoco.

«Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia…» (Rayuela, de Julio Cortázar, capítulo 68).

Según el filósofo coreano, los poemas «con frecuencia no transmiten nada», «se caracterizan por el sobreexcedente, e incluso por el lujo del significante». El lenguaje en el poema se vuelve lúdico, también ceremonial: «los poemas son ceremonias mágicas del lenguaje», porque lo misterioso está en el significante, la forma, y no en el significado.

«Escapo de una finta, peluza a peluza. /Un proyectil que no sé dónde irá a caer. /Incertidumbre. Tramonto. Cervical coyuntura. //Chasquido de moscón que muere /a mitad de su vuelo y cae a tierra. / ¿Qué dice ahora Newton? /Pero, naturalmente, vosotros sois hijos. //Incertidumbre. Talones que no giran. / Carilla en nudo, fabrida /cinco espinas por un lado /y cinco por el otro: Chit! Ya sale”. (Trilce, poema XXII, César Vallejo)

Han nos dice que los conjuros mágicos son significantes sin significados, se trata de signos vacíos, o, al menos, carecen de un sentido unívoco. Lo mismo sucede con los rituales.

En relación con esta visión del filósofo, se me ocurre de pronto pensar en momentos auráticos (de algún modo cercanos al rito, a lo ceremonial, al conjuro) como significantes, como formas inútiles, en tanto la inutilidad sea un signo de preciosidad, incluso de cierta rebeldía.

Un verano, un patio, un mate con pan dulce, compartidos.

Las brasas crepitantes, antecedentes de la reunión.

Cuatro compinches en una esquina antes de la bifurcación o trifurcación de sus rumbos. Se cuentan chistes pavos, sin gracia alguna. Al menos dos de ellos ríen con ganas.

Una caminata de día o de noche, por la ciudad o en el campo, con o sin rumbo fijo, en soledad o en compañía, más o menos triste, más o menos alegre.

Podés insertar aquí tu momento.

Dos amigos representando en un subsuelo una versión teatral de Van Gogh, el suicidado por la sociedad, de Antonín Artaud. Unas cinco personas de público, tal vez menos.

Un encuentro en un bar o café, por qué no en el banco de una plaza o en la peatonal.

Alguien se sienta sobre una piedra en la ladera del cerro, bajo el sol, a observar el paisaje, con la insólita pretensión de querer abarcarlo todo, incluso de atesorarlo.

El último suspiro de Khala en mi regazo.

Miguel Fanchovich

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