DANIEL MASTROBERARDINO

POETA, NARRADOR Y ENSAYISTA:"LA POESÍA ES UN PEZ ESCURRIDIZO QUE EL POETA PUEDE CAPTURAR"

Daniel Mastroberardino es poeta, narrador, ensayista y docente; licenciado en Letras (Facultad de Filosofía y Letras de la UBA) y Magíster de la Universidad de Buenos Aires en Literaturas en Lenguas Extranjeras y en Literaturas Comparadas.
Comenzó en aquellos años en que «todo comenzaba» junto a gente tan joven como el, adolescentes diríamos, creando y formando el Grupo Literario de Pergamino que marcó un antes y un después en la poesía pergaminense. Cuando este grupo se iba desintegrando, formo otro grupo alternativo, Grupo de Poesía Contemporáneo, con nuevos poetas y narradores.
Fue presidente de la Comisión de la Escuela Municipal de Bellas Artes en los inicios de la democracia. Y, por los años 90, se integró con artistas de distintas áreas para formar el grupo Poiesis (el nombre fue a su propuesta) que ocupo el inmueble abandonado de Tiendas La Perla y trabajo arduamente acompañando muestras de Plástica, Teatro, Literatura y todo lo que se llamara arte por esos días.
Después partió a Buenos Aires, donde cumplió su sueño de estudiar Letras y en la gran ciudad, escribió dos magníficas novelas históricas contratado por Editorial Sudamericana: «Hijo del sol, Tupac Amaru, el último inca» (1998)  y «Barranca Yaco, vida y muerte de Facundo Quiroga» (2002).
Hoy, nuevamente en Pergamino sigue escribiendo sin descanso y da charlas y seminarios a partir de su profundo saber que nadie, en esta ciudad, le desconoce.
Además de todo (y para eso no se estudia), es una buena persona. Aquí está su palabra.

¿En qué momento de tu vida descubrís que te interesa la escritura?
–A los doce años, cuando leí el Martín Fierro, escribí un largo poema de doscientos cuarenta cuartetas, bien medidas y bien rimadas. Le ofrecí el manuscrito a Trebino para que lo publicara, pero el hombre dijo que era muy chico para publicar, sin leer ni ojear el cuaderno escolar que le había llevado. El poema se llamaba «Historia de mi guitarra».

Al año siguiente, empecé con las desaforadas lecturas de toda novela que caía en mis manos de Julio Verne. Me imaginaba escribiendo mi propia novela, a la que llamé «Un viaje interplanetario». Julio Verne había llegado hasta la luna. Yo tenía que hacer que mis personajes viajaran más allá de la luna, ignorante absoluto de la ciencia ficción del siglo XX, de Ray Bradbury y de Isaac Asimov. Pero lo interesante aquí es que un día debía dejar de imaginar que escribía una historia en mis idas y venidas en el Fantasma que nos llevaba a Rancagua y luego nos devolvía a Pergamino; en las horas de clase, en las que miraba fijamente al profesor o a la profesora simulando que prestaba una atención embobada a lo que me enseñaban. Un día la profesora de lengua dijo: «Usted que ha seguido mi clase con más atención que sus compañeros, que estaban en otra cosa, ¿puede explicarles a ellos lo que acabo de decir sobre los pronombres?» No tenía ni idea y me quedé en silencio, para hilaridad de mis compañeros. «Ya veo», dijo la profe, decepcionada, «Mastroberardino no escuchó una palabra de lo que dije».

Sin embargo, llegó el día en que se me encendió la lamparita. Tardó, pero al fin hice click, con esta simple pregunta: «¿Y si en vez de imaginar que escribo una historia, escribo la historia con papel y lápiz?» A la tarde fui a Casa Nobo y compré un cuaderno, una lapicera y un diccionario de sinónimos y antónimos. En el escritorio de mi habitación, junto a la ventana, de mi casa de la calle Córdoba 430, me puse a escribir, concreta y materialmente, «Un viaje interplanetario». Ese día, a mis trece años, decidí que sería escritor. Una decisión que removió e involucró mi vida hasta el día de hoy, hasta este mismo momento.

La siguiente novela, inspirado por los románticos franceses y alemanes, Chauteabriand, Lamartine, Goethe, Novalis, Hoffmann y, sobre todo, «María» de Jorge Isaac, se llamó «Las cuitas de Judith y Christopher», una nouvelle, «Dos lágrimas», elogiada por Cora Zamora.

EL PRINCIPIO

¿Cuándo escribiste tus primeros poemas y que recuerdos tenés de ellos?
–A los quince años escribí y publiqué mis primeros poemas. Con el padrinazgo de Bécquer, leídas sus rimas del derecho y del revés, no podía escribir sino rimas. «Canopus», la revista del Instituto Comercial Rancagua, publicó varios poemas. Carlos Comitté censuró algunos porque le parecía demasiado macabros para la sensibilidad de los jóvenes alumnos de la escuela.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas poéticas y qué autores te influyeron?
–Las primeras lecturas poéticas estuvieron influidas por el ya mencionado Gustavo Adolfo Bécquer, José de Espronceda, Percy Beesy Sheley, John Keats, Novalis, José Asunción Silva, Edgard Allan Poe con «El cuervo» y «Ulalume», «La cautiva» de Esteban Echeverría. Durante dos años no salí del círculo asfixiante del periodo romántico. Mis lecturas no eran amplias, ni universales ni locales.

¿Cómo nace el Grupo Literario de Pergamino?
Justo acá ocurre un punto de inflexión, algo que cambia la dirección de lo que hasta entonces concebía como literatura en general, y como poesía y narrativa en particular. Algo me abre la puerta hacia un mundo recontra explorado por otros, pero completamente desconocido para mí. Leo en La Opinión que se invita a poetas jóvenes a participar de un concurso con algunos poemas. Ya quería salir de mi soledad y relacionarme con gente que no considerara escribir poesía, o escribir literatura, un pecado, algo prohibido, algo que debe hacerse a escondidas como la masturbación.

No sé si gané qué, pero me invitaron a ir a la Escuela Municipal de Bellas Artes, lugar que yo había pisado una vez cuando Jorge Luis Borges vino a Pergamino para dar una conferencia sobre Leopoldo Lugones de la que no entendí una sola palabra del balbuceo borgeano.

La cuestión que me recibieron con amabilidad y leyeron los poemas que yo había llevado con piedad altruista. A la cabeza estaba un joven, Mario Albani, quien me confesó que escribía un libro de poema cuyo título era «Alma blanca». Estaban, entre los que me acuerdo, Laurita Arévalo, María (Mery) Rosa Apesteguía, Horacio Laitano, J.C. Oubiña C., María del Carmen Cittadini, Ricardo Wolter, José Gómez y Abel Robino. Por entonces Carlos Barbarito andaba en la periferia de ese grupo. Me aceptaron. Pero entonces empecé a acumular una riqueza con la que Rockefeller no contaba. Un día le pregunté a José Gómez qué autores se leían por esa época. Me contestó: «Kafka, Rimbaud, César Vallejo». Era la piedra filosofal.

Los nombres que mencioné antes, incluido yo, hacia 1974, fundamos el Grupo Literario Pergamino, también conocido como G.L.P. Cuando entre todos acumulamos un nombre que nos identificara; ese fue el que propuse yo. Más tarde se sumaron Viviana Bonzón, Rubén Dalceggio, Stella Maris Santillán y Roberto Pereyra.

Publicamos tres libros en años sucesivos: Primera Muestra de Poesía (1975); Antología joven (1976) y Soliloquio (1977).

¿Qué te deja la experiencia de ese trabajo colectivo?
–Primero, el hallazgo de gente que amaba la literatura como yo la amaba. Segundo: que la literatura tiene tanto territorio que es imposible abarcarlo todo, y el trabajo colectivo es un buen atajo en favor del tiempo, la lectura y el aprendizaje. Tercero: enseña a ser más diligente, no solo con los temas, con el contenido, sobre todo con la forma, en consecuencia, con el estilo, que es el cultivo de una voz propia, si se la encuentra. Cuarto: publicar genera conciencia de responsabilidad con relación a los textos propios.

¿Cómo definirías tu poesía?
–Ya es difícil definir la poesía, cuánto más podrá ser definir la propia poesía. Prediqué siempre que la poesía es un pez escurridizo que el poeta puede capturar si construye redes adecuadas para que no se escurra. Y esas redes son el poema. Y esto justifica que uno esté todo el tiempo tejiendo la misma red para atrapar al mismo pez, a veces una labor que no tiene fin.

¿Crees que el poeta «evoluciona» en su escritura? ¿Cómo cambió tu lenguaje poético a lo largo de los años?
–Ni la vida, ni la personalidad, ni lo que se piensa acerca del prójimo, ni la ideología, ni el mundo en sí soportan la eternidad ni la infinitud. El cambio heraclíteo puede ser para bien o para mal. Tenemos un partido político que se llama «Cambiemos» para mal. Si pienso el concepto «evolución» para mi poesía, creo que en efecto he evolucionado. No creo que haya cambiado demasiado mi lenguaje poético a lo largo de los años. Refiero ese proceso de cambio hacia aquello que más se acerque a la perfección –la cual en sí, no existe a nivel humano– a una poética que a través del tiempo, de insistir en algo que luego fracasa, se va afianzando, se vuelve sistemática y el espíritu, el modus operandi se vuelve cómodo tanto en el magma como en la estabilidad de la estructura que concreta el poema ya terminado. No se trata de un confort burgués, sino de un estado que admite o rechaza palabras y construcciones en beneficio de la finalidad estética de toda obra de arte literario.

Dicho esto, las lecturas diversificadas de poetas de todo el mundo nos moldean permanentemente, sensible como es uno a la palabra poética: cómo decir esto de otro modo, cómo estas palabras me permiten ver otro lado o un lado oculto de la realidad. No todo puede entrar en un poema, pero a medida que uno escribe poemas logra que partes del todo y en todo sentido ofrezcan nuevas perspectivas de la realidad, tanto superficial como profunda, facetas del diamante que solo pueden verse o vislumbrarse si unas palabras en vez de otras, si un enfoque en vez de otros, si un ritmo en vez de otro abren el canal de la comprensión del misterio de la existencia humana cuando en general nadie entiende qué es la existencia humana.

“ESCRIBO, POR EJEMPLO…”

 ¿De qué manera elaboras un poema?
–Empezar a escribir es fácil. El «qué» escribir siempre está. Mirás por la ventana y percibís la luz particular de este día. El “cómo” percibo y puedo lograr que mi percepción sea también la percepción de otro implica que habrá que darle un tratamiento tan específico con las palabras que tenemos a disposición que requiere que recurramos a formas igualmente específicas de la lengua.

Escribo, por ejemplo,

Hay un centro —hay un centro en el hueso.
Hay cosas —Hay ojos que predican de ojos.
Hay oídos que predican acerca del jugo
del las campanas —Se predica de lo amargo
del camino —Se canta acerca del pájaro
vencedor del bosque —Queda rotando el amor.

Bien, la versión final, por ahora, es:

Hay un centro —hay un centro en el hueso.
Hay cosas —días —barcas —pan —viento.
Hay ojos que predican de ojos —Hay labios
que bendicen labios —Hay oídos que loan el
lujo de las campanas de bronce —tal vez no el
bronce —sino el doblar broncíneo del badajo
contra la copa invertida y ahuecada que repica
acústicamente y vibra —Se dice de lo amargo
del camino —Se cantan himnos épicos acerca
de los turpiales que vencen en el bosque —Tu
amor y el mío—quedan rotando uno en el otro.

El lector recibe el segundo; pero si tiene acceso a la primera versión, notará los cambios, la lógica de las diferencias, incluso puede parecerle mejor la primera versión que la final. Pero no importa, la pregunta es ¿qué hace o qué no conforma al poeta lo que había en la primera versión? Lo que cambia el cómo puede también cambiar la apreciación del qué.

¿Cómo sentís que un poema está terminado y cómo lo corregís?
–A esta altura de los tiempos desconfío de lo que escribo. Simplemente escribo. La sospecha de que esté bien o no ya está instalada. Mi chip no va a cambiar. Sea bueno o cumpla con mis objetivos literario y estéticos lo que escriba, tendrán que pasar el control de calidad. Si no pasan el control de calidad, no hay soborno que pueda revertir la decisión que anula y obliga a la revisión del poema. Si el poema no da para más, se desecha y a otra cosa.  

¿Cuándo y por qué decidís radicarte en Capital y que ventajas te trajo?
–Radicarme en Capital me permitió completar la carrera de Licenciado en Letras y Profesor en Letras. Luego vino el maravilloso Magister en Letras en lenguas extranjeras y en Literaturas comparadas. La tesis es un libro que se llama El “detective implícito” en «Emma Zunz» de Jorge Luis Borges versus «el detective explícito» de las narraciones detectivescas de Edgar Allan Poe. Laburo de tres años, por lo menos.

Aparte de esta cuestión solamente académica, me permitió estar en contacto permanente con los editores de la Editorial Sudamericana. Primero aprobaron la publicación de mi novela «La versión de Pepys». Acto seguido consideraron que mi proyecto de novela sobre Túpac Amaru era más viable. Estuve en la situación ideal de cualquier escritor. Firmé contrato antes de tener lista la novela, que en realidad estaba en sus comienzos. Primer anticipo. Y luego la edición, publicidad y distribución en todo el mundo. «Hijo del Sol. Túpac Amaru, el último Inca», agotó rápidamente su edición de 5.500 ejemplares, elogiado por la crítica, con una reseña memorable de Alberto Laiseca en Página/12, tomado como texto de estudio en varios trabajos académicos de Latinoamérica, y finalista del concurso de novela Rómulo Gallegos de Venezuela, considerado el Premio Nobel de América Latina.

¿En qué se diferencia la novela histórica de la poesía?
–Es bastante difícil acordar un orden para lo que se va dando entre causa y consecuencia. En la pregunta anterior te respondí algo que entra en esta. Entonces, escribí dos novelas con temática histórica. «Hijo del Sol» (1998) y «Barranca Yaco» (2000). Si queremos responder en qué se diferencia la poesía de la narrativa, la respuesta no podría ser en todo, sino en algo que por no llamarlo de otro modo le podemos conceder una palabra avalada por tradición filosófica: esencia. No obstante, Bajtín no aclara bastante acerca de los géneros literarios. Cada género literario se construye porque respeta determinadas características que lo definen. Aunque la narrativa pertenece al género literario de la lírica, no comparten ciertas formas peculiares a uno y otro, aunque sí se prestan intensamente recursos retóricos o estéticos.   

¿Cuál es el objetivo que te gustaría lograr con tu poética?
–La pregunta es tan buena como difícil. A esta altura de mi vida que sé con mis poemas no puedo cambiar al mundo. Las fuerzas económicas son poderosas y nos aplastan, nos minimizan y, lo que es peor, nos absorben y nos utilizan como parte de su ideología de ultraderecha. Si pienso en que mi poema debe satisfacer algo, será una satisfacción del goce estético, y alguna forma de ir más allá de lo que no vemos en la superficie engañosa de la realidad.

¿Qué opinas de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs, etcétera?
–Internet está bien. Los foros son deprimentes. Las publicaciones, blog, etcétera, no hacen más que eternizar frustraciones. No garantizan que un texto de excelente factura literaria pueda figurar en el canon literario de cualquier época.

¿Podrías recomendar un poema de otro autor que te haya gustado mucho?
–Siempre voy a exaltar la «Divina comedia» de Dante Alighieri.

¿Qué libro estás leyendo actualmente?
–No leo. Releo. La pregunta sigue siendo válida, aunque te diga que estoy leyendo a William Blake, a Joseph Brodsky, a Olga Orozco. En mi biblioteca tengo quince mil libros, y en mi agenda de lectura, y no exagero, aparecen casi treinta. La vida no me alcanza para leer algo nuevo, y necesito tres o cuatro vidas para leer lo que ya he leído.

¿Proyectos?
–Hay un proyecto central. Se llama «Pérgamo». Una saga, obvio.

Los más cercanos son poéticos: «Tiempo de espantar pájaros de campos recién cultivados» (trescientos sesenta y cinco poemas) y «En los blancos ficticios» (doscientos poemas). Y uno en conjunto con María Luisa Posincovich llamado «Poemas del mutuo amor».

Escribir y escribir y escribir siempre es un proyecto.

¿Cuál es la pregunta que te gustaría te hubiera hecho y no hice?
–Todas tus preguntas fueron felices. Hay gente de cierta exposición mediática que preguntan para el orto. Por ejemplo, Osvaldo Quiroga. Me preguntaba sobre el Túpac Amaru histórico. Pero había escrito una novela, y, por definición, toda novela es ficción. Por más que te digan que la historia está basada en un hecho real, en cuanto el hecho real se introduce en el mundo de las palabras pasa a ser un hecho de ficción. La realidad es un aquí y ahora. Antes y después del aquí y ahora, nada existe, y cuando existe por las palabras, se convierten en hechos de ficción. La imaginación es incapaz de ser tal cual una realidad, excepto como existente que se incorpora a la existencia como eso que es, un existente en su existencia ficcional. 

Jorge Sharry

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