PANDEMIA Y DESPUÉS

"La insatisfacción está dada por lo que yo misma he denominado “malestar sobrante”, que no se reduce a las condiciones económicas actuales ni a las frustraciones presentes sino a la angustia que impone la frustración de todo proyecto compartido futuro que dé garantías de que se esperan tiempos mejores".

La pandemia nos hizo pensar mientras hacíamos, a generar, a buscar, a inaugurar instancias de intercambio con diferentes tipos de narrativa, e investigar experiencias pasadas que nos dieran algunas referencias sobre el tema. El propio Shakespeare produjo por lo menos dos de sus obras mientras la peste asolaba. Estas referencias, provienen de ese proceso representacional que identifican los seres humanos para producir en contextos de adversidad.

Todas las narrativas, lo dicho y lo que está pasando, reflejan los diferentes efectos de la pandemia a nivel individual y colectivo, hechos que de ninguna manera resuelven diferencias y las formas de malestar en la cultura, sino algo que nos pasa a todos, y crea un discurso común, expresiones de hegemonía dominantes en sociedades con diferentes regiones, culturas y condiciones de vida. Hay preguntas que debemos formulamos y es la posición de cada uno de nosotros en relación con esas afectaciones, como padecemos los efectos de ese movimiento que cruza el planeta, pero no lo hace de manera similar.

Ocurrió que un día la existencia de nuestros cuerpos se tornó potencialmente peligrosa, hubo que plegarse a una secuencia de sugerencias que hicieron que habitar un mismo espacio pudiese ser contagioso. Sucedió que sectores poblacionales que no pudieron refugiarse, ya que en sus viviendas las condiciones no eran las mejores para estar confinados, estaban en situaciones de hacinamiento y aquello produjo un aumento de malestares y de situaciones de violencias. El crecimiento de diversos tipos de malestar, y de métodos de procesar o de no procesar, fue porque hubo una situación de desamparo.

Diversos sectores poblacionales de todo el planeta vulnerados históricamente no han recibido la ayuda, o la atención que tenían que recibir, gente que se quedó sin trabajo, comercios que cerraron, pérdida de familiares, ocasionaron sufrimiento. Los sujetos que ya tenían tendencias al aislamiento y que les costaba salir a trabajar, el salir a la calle, a los desafíos que implica la vida en sociedad, esas personas, se sentían mejor puesto que ese reto de salir no estaba presente; y mucha otra gente lo paso muy bien en sus casas debido a que tenían condiciones confortables, por lo cual esta situación fue procesada en forma distinta. Lo que marca que no todos estamos localizados en el mismo lugar, y cómo el lazo social es desigual, la enfermedad pandémica presento dos vías por igual, así como llevó a niveles de crueldad, se reforzaron las situaciones de individualismo, no pensar en el otro, también hubo movimientos de solidaridad y la sociedad se movió para auxiliar al otro, o sea que había dos tendencias que parecían estar polarizadas

El control de la enfermedad pandémica no fue igual en cada uno de los países, el comportamiento de los Estados fue diverso, puesto que no tomar medidas fue tomarlas. Entonces acá es donde podemos pensar en ese profundo desauxilio de los humanos en la construcción del sujeto ético, desauxilio que está dado en nuestra sociedad por dos cosas: el retraimiento del Estado, y la ilusión de independencia y autonomía que nace como un ideal del yo, en el cual cualquier tipo de dependencia es planteada como un fracaso.

Nos preguntamos qué patrones subjetivos se han creado a partir de las medidas sanitarias, las medidas de control, la vida detrás de esto, los modos de organización barrial, familiares, estudiantiles. La epidemia persiste y cómo las personas aún se ven en la fragilidad de la intimidad en una forma de someterse voluntariamente a ciertos cuidados, es a partir de estas preguntas saber si había algún malestar necesario y cuánto es un malestar sobrante. El Covid-19 representa la activación de las fuentes de malestar, el poder de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia o la ineficacia de las de las normas que poseemos para regular los métodos de satisfacción y los vínculos recíprocos.

MALESTAR SOBRANTE

La autora Silvia Bleichmar habló de malestar sobrante, refiriéndose al concepto de represión sobrante estudiado por el filósofo y sociólogo Herbert Marcuse, las formas en que la cultura restringe la libertad no solo como condición para incorporar un sujeto en la cultura, sino también como un complemento innecesario, el costo que hay que pagar, que no son más que formas injustas de dominación.

El artículo de Bleichmar Acerca del «malestar sobrante»[i] tiene mucha potencia como testimonio epocal, transcurría 1997, segundo gobierno de Menem, con los ajustes, la precarización laboral, el desmantelamiento del Estado, todo eso trajo apareado un doble eje, por un lado, reflexionar sobre eso que llama malestar sobrante y por otro lado, una discusión con algunos psicoanalistas conservadores. Ante el auge de una economía sumamente perversa y donde la historia venía marcando la desesperanza, si pensamos en lo que fue la dictadura cívico-militar en nuestro país, afirma que como estudiantes, como psicoanalistas y educadores debíamos pensar cómo acompañar y evitar los efectos de una economía extremadamente destructiva y cómo luchar contra los efectos típicos, subjetivos y característicos de esos tiempos.

Bleichmar, plantea que nuestras sociedades imponen un exceso de malestar algo que es innecesario; otra autora, Piera Aulagnier, lo conceptualiza como violencia secundaria, hay una violencia primaria que es necesaria porque el sujeto en ese advenir sujeto necesita ser interpretado, ser hablado por el otro, ser reconocido por el otro, hay algo que el otro le va imponiendo y que es necesario, pero hay una violencia secundaria que es un exceso y que se justifica en que es necesaria para el sujeto, pero en realidad no lo es. 

En aquel artículo ella hablaba de algo que iba más allá de dicha renuncia pulsional que la cultura nos ordena para devenir sujetos y hacer lazo social en el entorno cultural, propuesto por Freud en el Malestar en la cultura. Una resignación de puntos fundamentales de la vida de cada quien y que son efectos de situaciones que son sobre agregadas, es en este entorno social e histórico donde ella va a complejizar.

Luego argumenta que el excedente de malestar refiere no solo a renunciar a las pulsiones que nos hacen posible vivir con los demás, sino que lleva la resignación del ser mismo como impacto de situaciones sobre agregadas. Esas clases relegadas, en ese plus de privación, sumado a la privación inherente por pertenecer a la cultura, deben privarse de varios deseos, de otras satisfacciones, y que tienen que ver con condiciones dignas de existencia y eso trae malestar. Entonces, no estaría únicamente dado el malestar sobrante por la complejidad de acceder a los bienes de consumo, sino la cuestión de determinada abolición de un proyecto de futuro.

Cuando Freud examina la relación de los seres humanos con la cultura, en la que incluyó la institución del trabajo, dijo: «(…) la cultura es algo impuesto a una mayoría recalcitrante por una minoría que ha sabido apropiarse de los medios de poder y de compulsión»[ii]. No cree que esta característica sea necesaria para la cultura, la considera condicionada por sus formas imperfectas de desarrollo. Pero también afirma que, al edificarse tanto sobre la renuncia pulsional, al incesto, al canibalismo y al gusto de matar, como sobre la compulsión al trabajo, las tendencias destructivas y antisociales la acechan siempre. Destaca, en este sentido, la rebeldía que se produce cuando la cultura satisface a un número de sus miembros mediante la opresión de la mayoría, la que trabaja, sin tener más que una escasa participación en los beneficios que produce «(…)una cultura que deje insatisfechos a un número tan grande de sus miembros y  los empuja a la revuelta no tiene perspectivas de conservarse de manera duradera ni lo merece”[iii], es decir una cultura que no está pensando así, con políticas de distribución, en cómo se distribuye el capital y las posibles satisfacciones, entonces esa represión produce estallidos, por eso es necesario ver que se puede reprimir y que se puede satisfacer.

Se suman pensadores de las últimas épocas que siguen el pensamiento de Bleichmar, quien afirmaba que el malestar sobrante se debe principalmente a que el profundo cambio histórico vivido en los últimos años ha hecho que cada sujeto se vea privado de un proyecto trascendente que posibilite de algún modo avizorar modos de disminución del malestar reinante.

La ausencia del sentido que abonaron las crisis significativas de las dictaduras y los gobiernos neoliberales en Argentina provocaron una falta de visión, de futuro, y que en la narración de toda una generación haya varios episodios de maltrato social. Lo más fiel que tenemos la posibilidad de hacer es traer a Silvia, con su lectura, y cómo finaliza el escrito: «(…) si lo imprevisible es lo posible al menos que no nos tome despojado de nuestra capacidad pensante, que es aquello que puede disminuir el malestar sobrante ya que nos permite recuperar la posibilidad de interrogarnos, de teorizar acerca de los enigmas y mediante ello de recuperar el placer de invertir lo pasivo en activo».

[i] Silvia Bleichmar, Artículo publicado en Noviembre / 1997 en la revista Topia.
[ii]  Sigmund Freud, El Porvenir de una Ilusión, 1927, pág. 6, Obras Completas, Tomo XXI, Amorrortu 1987.
[iii]  Sigmund Freud, El malestar en la cultura, 1930, pág. 97, Obras Completas, Tomo XXI, Amorrortu 1987.

Mónica Filippini

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