LITERATURA DE HISTÓRICOS Y DESHISTORIADOS | MODERNIDAD, POSMODERNIDAD Y NEOLIBERALISMO

La Literatura Hispanoamericana, o lo que llamamos así en los ámbitos académicos; o el corpus de obras instaladas, más o menos caprichosamente, más o menos racional e ideológicamente, en el canon de nuestra América post colonial nace y crece entrelazada con la historia social y política del continente que, además, es un producto de la modernidad, de su cosmovisión y pensamiento. Sarmiento, Echeverría, Güiraldes, Hernández, Gallegos, Palma, Martí, Arguedas, son algunos de los hombres de letras, militantes y políticos que son representativos de la modernidad. Desde la segunda mitad del siglo XX, aún con el pensamiento modernista (Referido exclusivamente al concepto social y filosófico), comienza a manifestarse un cambio desde la crisis. Hay autores que nos llevan a un mundo americano donde la historia y sus hacedores, sus poderosos y sus oprimidos, pierden el empuje, el ímpetu arrollador de la modernidad y se estancan, se empantanan, agonizan, se mueren. Los nuevos nombres son Juan Rulfo (Pedro Páramo), Carlos Fuentes (La muerte de Artemio Cruz), García Márquez (El coronel no tiene quién le escriba), María Luisa Bombal (La amortajada), entre otros. Nos refieren a una Latinoamérica en crisis, empobrecida, moribunda; y nos hablan también de las utopías agonizantes o muertas; de los ideales de una modernidad que envejece, y se paraliza.

Para este trabajo, del amplio corpus de obras que desarrollan la temática histórica, ya sea desde lo político como de lo social, dentro del canon de la literatura hispanoamericana, me centraré en una de las obras más importantes de la literatura Argentina contemporánea: Respiración Artificial (1980) de Ricardo Piglia. A partir de ésta estableceré comparaciones con dos novelas de Andrés Rivera, El farmer  (1996) y La Revolución es un sueño eterno (1987), y con el libro de relatos de Reynaldo Sietecase, Pendejos (2007).

La contemporaneidad sociopolítica americana y, obviamente, la argentina se encuentran trazadas por dos momentos: la modernidad, en la que se constituye la América hispánica, y la posmodernidad, que arriba tardíamente a este continente y que podría relacionarse directamente con la instauración de las políticas neoliberales en la región.

Pretendo rastrear en la novela Respiración Artificial, de Piglia, el ejemplo de la modernidad paralizada que va dejando paso a la posmodernidad; para luego ahondar en la obra de Sietecase, las consecuencias en la sociedad, específicamente en los jóvenes, de las políticas neoliberales asociadas a esta última corriente. Para ello, utilizaré como sustento teórico a María Cristina Reigadas (Neomodernismo y posmodernidad: preguntando desde América Latina) y a Mary Louise Pratt (¿Por qué la virgen de Zapotpán fue a Los Ángeles? Reflexiones sobre la movilidad y la globalidad).

Como he mencionado anteriormente, un importante grupo de autores ubicados dentro del llamado el Boom de la literatura latinoamericana y posteriores a este fenómeno han escrito obras, de las más relevantes para nuestra literatura y consideradas fundamentales (o los puntos más altos) en la producción de cada uno de estos escritores, en las que sus protagonistas son hombres de la Historia, o más aun, por su importancia, su accionar, su absolutismo, podría afirmarse que ellos mismos son la Historia. Un claro ejemplo lo representa el senador, o ex senador, Luciano Osorio en la obra de Piglia, Respiración Artificial (1980): «Yo soy Osorio, soy un extranjero, un desterrado, yo soy Rosas, era Rosas, soy el clown de Rosas, soy todos los nombres de la historia» (Piglia 61). Osorio es Rosas y todos los nombres, y por propiedad transitiva los hombres, de la historia. Osorio, en definitiva, es la historia. Pero, al mismo tiempo, Osorio es un anciano paralítico, solitario, aislado. «Estoy paralítico, igual que este país, decía. Yo soy la Argentina, carajo, decía el viejo cuando deliraba con la morfina que le daban para aliviarle el dolor. Empezó a identificar la patria con su vida, tentación que está latente en cualquiera que tenga más de 3.000 hectáreas en la pampa húmeda» (Piglia 22). Osorio es un símbolo de la historia del poder en la Argentina y, por ello, un símbolo también de la modernidad. Renzi, personaje que es el alter ego de Piglia, nos acerca a esta idea: «luego de ese laberíntico silencio, apareció la voz del senador que tiene una voz increíble, como si hablara desde el otro mundo, una especie de tono distante, pero a la vez irónico y ostentoso, tan argentino (tan igual a lo que yo me supongo que es una voz argentina) que de inmediato tuve la impresión de estar hablando por teléfono con Juan Martín de Pueyrredón o cualquier otro patricio por el estilo.» (92). Sucede que, en la obra de Piglia, la Historia, representada por Osorio, está lisiada.

En dos obras de Andrés Rivera, El farmer (1996) y La Revolución es un sueño eterno (1987), sus protagonistas absolutos, Rosas y Castelli, nombres y hombres de la Historia, están llegando al final de sus vidas. Rosas es un anciano expatriado en Southampton; Castelli, el orador de la Revolución, se muere de un cáncer en la lengua. Rivera le hace decir a Rosas:

«De pie, aquí, en mi rancho de Inglaterra, digo: El destierro es verdad; lo otro, sueño.
«Sueño la infancia.
«Sueño, la juventud.
«Sueño, los años en los que ellos gozaron de mi poder. Y lo festejaron. Y lo sostuvieron.
«Yo que, de pie, tomo mate, y miro una nieve, unos árboles, un silencio de los que no soy dueño, sé que los sueños se desvanecen, que la mañana les pone fin, que son los que el recuerdo quiere que sean.
«Yo no sueño.
«Yo, en este rancho agobiado por la nieve, y el viento, y el aire gris de la mañana, me dormí junto al brasero, y cabeceé junto al brasero y las brasas que resplandecían en el brasero. Y dormido, galopé los campos que fueron míos. Y respiré en su luz. Y no supe que es imposible retener ese candor, esa fugacidad.” (Rivera 45).

En otra parte de la historia, un Castelli derrotado, solo y acusado se pregunta «¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía?» (Rivera 57).

Al llamado «Orador de la Revolución de Mayo» le han cortado la lengua cancerosa; entonces escribe. «Escribí: Somos oradores sin fieles, ideólogos sin discípulos, predicadores en el desierto. No hay nada detrás de nosotros, nada debajo de nosotros, que nos sostenga. Revolucionarios sin revolución: eso somos. Para decirlo todo: muertos con permiso» (Rivera 53).

Pertenecientes totalmente a la ficción o siendo hombres de la historia llevados a la ficción literaria, los personajes de Piglia y Rivera son representantes de una modernidad en decadencia, moribunda. A través de ellos, los autores exponen la muerte de los ideales de la modernidad. Reigadas habla del «derrumbe de un mundo histórico», «de la concepción histórica del mundo» (Reigadas 127) y, tomando una idea de Albrecht Wellmer, afirma que, por otra parte, «el posmodernismo, es la ideología de la poshistoria, en la cual el pathos del olvido sustituye al pathos de la crítica».

Ossorio, Rosas, Castelli pasan de ser protagonista y ejecutores de la Historia a ser olvidados; pasan de ser la Historia a ser el Olvido. Estamos frente a una expresión literaria que focaliza en la historia quieta, pudriéndose, muriendo o muerta ya. Muere la historia, caen los preceptos de la modernidad. Para Reigadas se puede anunciar «el fin del imperio de las certezas, de la unidad y las totalizaciones utopizadas» (Reigadas 116 y 117); anuncio que se instala en la incertidumbre, «pero lejos ya de la duda cartesiana, de los sujetos fuertes y de la razón universal y universalizadora» (Reigadas 116 y 117).

Siguiendo la línea de reflexión de Reigadas y Wellmer, la modernidad, entonces, estaría en consonancia con el pensamiento histórico, ligada directamente con la historia; o bien podríamos afirmar que la historia, desde el paradigma que la concebimos, es una ciencia de la modernidad.

En Respiración Artificial, Tardewsky le refiere a Renzi, el narrador en ese episodio, palabras de Marcelo Maggi, profesor de historia: «Conoce mal la historia, me decía el profesor, me dice Tardewsky, perdone que se lo diga. Se ha dejado arrastrar por su propia utopía personal. Esa lucidez que usted busca en la soledad, en el fracaso, en el corte con cualquier lazo social, es una falsa versión privada de la utopía de Robinson Crusoe. No hay lucidez ahí, decía el profesor; no hay otra manera de ser lúcido que pensar desde la historia» (Piglia, 188).

Sin embargo, Marcelo Maggi, el que piensa desde la historia, es el personaje de la ausencia. El que ha escapado, el que Renzi va a buscar, pero no encuentra, el que ha cruzado a la otra orilla del río.

Tardewsky, en cambio, profesor en filosofía, que se exilia en Argentina huyendo de los absolutismos modernos generados en la Europa cartesiana y filósofo en retirada, por los mismos motivos, representa, según mi análisis de la novela de Piglia, la crítica a la modernidad desde su raíz. Cito al personaje: «Pensaba, mientras leía Mi lucha, dijo, que en ese libro se encontraba, como le he dicho, la crítica práctica y la culminación del racionalismo europeo. Esa comprobación significó el principio del fin de la filosofía para mí» (196).

Tardewsky, que al huir de la filosofía huye también de la historia, encuentra el germen del nazismo en el racionalismo europeo, en la filosofía occidental, «es así como el cogito, ese huevo infernal empollado por Descartes junto a la chimenea, en su casa, en Holanda, se ha desarrollado», entonces el filósofo creado por Piglia no queriendo ser cómplice abandona la filosofía, «tal como la enseñaban en Cambridge».

En consonancia con el pensamiento de Tardewsky, Reigadas (128, 129) al referirse a la modernidad nos habla «su sustrato ontológico, el sujeto fuerte de la metafísica occidental, el cogito cartesiano» y sostiene luego que «la historia lineal, progresiva y teológica, fundada en un sujeto fuerte que modela los hechos según la ley de su abstracta, secularizada y universal racionalidad configura, ciertamente, una totalidad de sentido.

Desde ella se perfila y dibuja una metafísica del poder y del dominio que la conciencia posmoderna recusa y cuya perversa omnipresencia denuncia.»

En cuanto a la literatura; Piglia le hace anunciar a Renzi que Arlt «es el único escritor verdaderamente moderno que produjo la literatura argentina en el siglo XX” (133). Cierto es que no está refriéndose específicamente a la modernidad histórica, mucho menos al movimiento modernista en la literatura, pues se refiera a la cualidad de innovador; sin embargo, el planteo que hace Renzi sobre el autor de Los Lanzallamas mientras conversa con Marconi, lo ubica claramente dentro del paradigma filosófico y social de la modernidad. Para Renzi (para Piglia) el punto en el que todos los críticos estaban de acuerdo respecto de Arlt, es que «escribía mal» para Renzi (para Piglia) la innovadora «idea de escribir bien», del estilo, «aparece recién cuando la literatura consigue su autonomía y se independiza de la política». A Arlt le critican su escritura, pero «a Sarmiento o a Hernández jamás se les hubiera ocurrido decir que escribían bien»; esto se debe, según Renzi (según Piglia) a «la autonomía de la literatura, la correlativa noción de estilo como valor al que el escritor se debe someter, nace en la Argentina como reacción frente al impacto de la inmigración» (135). Arlt, es por lo tanto un innovador de la literatura argentina, es un vanguardista, un rebelde. «Hace lo que no se debe, lo que está mal, destruye todo lo que durante cincuenta años se había entendido por escribir bien en esta descolorida república» (134), dice Piglia (dice Renzi).

En el prólogo a su novela Los lanzallamas (1931), Arlt habla de la cuestión del estilo: «Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de su familia» (Arlt 7). Se defiende y toma revancha con sarcasmo; hacia el final del prólogo, levanta las banderas y anuncia que «El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y ‘que los eunucos bufen’. El porvenir es triunfalmente nuestro» (Arlt 7).

Es el de Arlt un manifiesto de ideales propios de la modernidad: el optimismo, la rebeldía, la subversión, el conflicto, la lucha. Mas, con su muerte «se terminó la literatura moderna en la Argentina, lo que sigue es un páramo sombrío» (130) certifica Piglia a través de Renzi. Este certificado de defunción que en Respiración artificial se extiende para la literatura, se extiende, sin dudas, hacia la historia, hacia la modernidad. Nos anuncia «el derrumbe del mundo histórico» (Reigadas 127). Lo que sigue es la posmodernidad, es «Coexistencia y yuxtaposición, sincretismo y eclecticismos», dice Reigadas (120), y no encuentro mejores palabras para definir el estilo con el que Piglia construye esta novela. Cartas y conversaciones coexisten y se yuxtaponen para logar el sincretismo desde tiempos, pensamientos y personajes eclécticos. Pilgia nos muestra a Enrique Osorio que ha elegido el camino del suicidio; a Luciano Osorio, su descendiente, anciano y paralítico; Marcelo Maggi, el profesor de historia, es un eterno ausente; su sobrino, Renzi, proclama la muerte de la literatura argentina moderna junto con la muerte de Arlt y Tardewsky es un filósofo exiliado de Europa y de la racionalidad cartesiana. Piglia, entonces, nos pone frente a la muerte de los ideales modernistas y, si bien no se lo puede tildar de cultor del posmodernismo, el estilo que adopta es propio de una época en la que comienza a manifestarse, en Argentina y Latinoamérica, esta corriente del pensamiento.

Me es indispensable aclarar en este punto que Respiración Artificial es una novela que Piglia concibe y publica cuando la Argentina era gobernada por la dictadura más sangrienta que sufriera nuestro país y que, además, en varios países de Latinoamérica estaban bajo gobiernos semejantes. Si bien, la asociación de gobiernos totalitarios nos remite a la modernidad; es necesario ver la función que cumplen. Son ellos los que masacran los ideales de rebeldía y utopías sociales del pensamiento modernista y esta masacre tiene como objetivo despejar el camino para la implementación, sin o con pocos obstáculos, de las políticas neoliberales, que anidan en el posmodernismo. Considero propicio, para completar la relación entre política neoliberal y posmodernismo, citar a Reigadas: «En la práctica cotidiana, la conciencia posmoderna reelabora antiguas estrategias morales, de probada eficacia para los tiempos de crisis. De este modo, algunos, en un verdadero acto de abstracción moral, se refugiarán, estoicamente, en la interioridad de la conciencia individual, a la vez que, como dijera, acallarán sus remordimientos proclamando, retóricamente, su cosmopolitismo ético. Otros, quizás en una nostálgica puesta al día de antiguos epicureísmos, optarán por el hedonismo, la gratificación inmediata y la autorrealización del yo que, en sus formas más exacerbadas, terminarán por disolverlo. O también, escépticamente, anunciarán, no sin cierta satisfacción, el fin de la ética y de la política, asumiendo la creciente debilidad y liviandad de la realidad» (137).  El ciudadano de la posmodernidad es el mismo ciudadano del neoliberalismo, tal como lo plantea Reigadas. Es el del «sálvese quien pueda», del «deme dos», del «voto cuota», del «todo por dos pesos» en la economía; pero también, es el ciudadano del «algo habrán hecho», del «yo, argentino», del «silencio es salud»; en definitiva el ciego, sordo y mudo, ajeno de la historia, del compromiso social y político. Es válido aclarar que en estos casos estaríamos refiriéndonos a un ciudadano de clase media (si es que existiera tal tipo en verdad).

Para completar la idea vuelvo a Respiración Artificial, a Piglia, a Tardewsky refiriéndose a la diferencia existente entre él y Marcelo Maggi: «Éramos antagónicos y estábamos unidos. Yo, el escéptico, el hombre que vive fuera de la historia, él, un hombre de principios, que solamente puede pensar desde la historia. La unidad de los contrarios» (188).

Me es imprescindible destacar que no es el filósofo de la novela un ciudadano sin compromiso; pero, es claro que preanuncia una de las facetas del pensamiento posmoderno. Piglia nos ubica ahora frente a una dialéctica entre lo moderno y lo posmoderno. Al hacerlo nos muestra que su pensamiento se construye desde la modernidad, sin embargo, como dijimos antes, su expresión literaria tiene elementos posmodernos. Esto nos lleva a las preguntas que, no sin cierto sarcasmo, se formula Reigadas:

«Confundidos como estamos, nos asedian múltiples interrogantes: ¿premodernos, modernos o posmodernos?, ¿pre-posmodernos?, ¿anti-posmodernos?, ¿modernos sui generis? ¿Modernamente dependientes?, ¿modernos periféricos?, ¿posmodernos avant la lettre? ¿Cuáles son, en fin, nuestras oscuras, tensas y ambiguas relaciones con la modernidad y la posmodernidad que respecto de ella se define y toma su nombre?» (114). Más adelante, la autora plantea que surgen dos visiones de la crisis. La neomoderna y la posmoderna, los primeros «interpretan los nuevos procesos  –y de la crisis- desde los parámetros  conceptuales y metodológicos de la modernidad (…) y aspiran a rescatar el proyecto moderno, fundamentalmente en sus aspectos científicos-tecnológicos» (131) y agrega que no es la crisis el pathos de los neomodernos, pues se mueven con la «seguridad que confiere pensar desde sociedades en las cuales el poder es aún pleno y efectivo» y considera que «esta actitud se funda en el característico pragmatismo estadounidense» (133) , por su parte los posmodernos sienten una «fascinación» cuanto «más desvergonzadamente se exhibe» la crisis del poder, y menos se oculta y enmascara (…) la seducción que ejerce es tanto más fuerte, sin duda, en aquellos pensadores que la problematizan desde los lugares que lo han perdido» (132).

La tensión entre lo moderno y lo posmoderno (o posmodernos avant la lettre, o modernos periféricos, o neomodernos… no es lo medular esta disquisición extrema) es lo que encuentro en la novela de Piglia. En ese juego de opuestos, en esa dialéctica, sustento esta aproximación a Respiración Artificial. No hay una síntesis, tal vez no sea necesaria, tal vez no sea el momento de hacerla. La idea que considero debe quedar en suspenso es que hubo y hay una crisis, la modernidad sobre la que se constituyó nuestra historia ha finalizado, pero quedan sus ecos.

Sin embargo, en este punto, surgen otras preguntas que dispara Reigadas de la siguiente manera: «¿En qué medida participamos nosotros de la cultura neomoderna o posmoderna? ¿Cómo nos afectan?» (137). Estos interrogantes abren la reflexión de la autora sobre la planetarización; acepta que «implica, de hecho, un considerable aumento de intercambios y una creciente interdependencia», pero sin eliminar «las asimetrías y desigualdades de poder en el orden internacional», sino profundizándolas, «creando nuevas formas de la misma» (138).

Los latinoamericanos, los argentinos, advierte Reigadas utilizando un nosotros generalizador de una región con características e historias compatibles, «deberíamos evitar el error de extrapolar problemas, temas y perspectivas» que no son «cáscaras vacías a las que cualquier contenido les conviene», ya que se gestaron en «un entramado histórico singular, poseen una fuerte direccionalidad y carga semántica» (141). Nos llevan estas palabras invariablemente a las «recetas importadas» que algunos de nuestros reconocidos economistas han aplicado desestimando las peculiaridades de cada región. Surgen, en consecuencia, nuevos interrogantes. Cito: «¿ Cómo podemos, entonces, asumir acríticamente el fin de la historia, el sinsentido del progreso, la reconstrucción de los sujetos, festejar la crisis de la idea de nación, proclamar la perversión del Estado, renunciar a formular proyectos colectivos, celebrar el fin de las ideologías y utopías, declarar que la liberación y el Tercer Mundo son mitos antiguos, apresurarnos a interpretar nuestros problemas culturales en términos de la muy posmoderna heterogeneidad y declararnos partidarios de la fragmentación, el pastiche y el sincretismo, gozar pasivamente del reino de la incertidumbre?

¿Cómo -y por qué- deberíamos asumirlo, nosotros, quienes nunca fuimos sujetos fuertes de esa historia universal denostada, ahora, por quiénes tardíamente, en el ocaso de su hegemonía, descubren que la historia –su historia-es la historia de la razón violenta y la abstracción mutiladora?» (Reigadas 142).

Algunas de las preguntas de Reigadas tuvieron su respuesta, su nefasta respuesta, en los programas políticos económicos y sociales que en nuestro país implementaron el régimen neoliberal. Se festejó la crisis de la idea de nación, se proclamó a viva voz la perversión del estado y se actuó en consecuencia; se renunció a formular proyectos colectivos y se celebró el fin de las utopías. Fueron «los ‘90».

Las consecuencias de este modelo aparecen crudamente en el libro de relatos de Reynaldo Sietecase, Pendejos. Nos muestra este escritor y periodista a «los pibes», los niños según la Declaración Universal, jóvenes adolescentes, una generación que no mirará el futuro pues desde la marginación y el aislamiento han cometido asesinatos. El autor se encarga de aclarar que «los crímenes narrados en este libro tienen correspondencia con hechos reales. Sin embargo, todos los personajes, escenas, fechas y lugares pertenecen al mundo de la ficción» (155). Son estos pendejos la consecuencia de la falta de proyectos colectivos y utopías, del desmembramiento, de la desprotección y el desamparo. Son el producto de la «acción centrada en el yo», diría Reigadas; que al referirse al pathos de la posmodernidad expresa que no es fácil describirlo «por lo mismo que la pluralidad, la heterogeneidad y la fragmentación son sus signos distintivos. Melancólico y nostálgico a veces, antimoderno o premoderno, pesimista y resignado en ocasiones, blando, juguetón y festivo en otras. Impotentemente violento, incluso» (127).

«Lo maté sin querer» dice Mario Serra, el protagonista del relato que señala su frase con la que intenta esgrimir una disculpa. «Mario Serra no sabe leer y apenas puede dibujar su nombre cuando le piden una firma (…) por más que los psicólogos insisten, no logran que cuente por qué razón, en lugar de asistir a la escuela de La Matanza, a la que fueron sus cinco hermanos, él se quedaba vagando por el barrio. Para José Quinteros, Pepe, el verdulero de Laferrere donde Mario creció, no hay ningún misterio: la calle y las malas compañías le cagaron la vida el pibe (…) Durante algunos meses el chico lo ayudó en el negocio, pero había que madrugar, para ir al mercado y alguien que no duerme de noche no puede ser verdulero. (…) A Mario no le gustaba cargar cajones. Además en los barrios pobres del Gran Buenos Aires hay otros negocios más rentables que vender frutas y hortalizas. Mario pronto se convirtió en distribuidor de otro tipo de mercadería. Al principio se limitó a hacer algunos traslados. Luego, él mismo vendía la droga y hacía la cobranza» (Sietecase 126).

Mary Louise Pratt cierra sus reflexiones sobre movilidad y globalidad asegurando que «la incapacidad del neoliberalismo para generar pertenencia, colectividad y un sentido creíble de futuro produce, entre otras cosas, unas crisis de existencia y de sentido que son vividas por los no consumistas y los consumistas del mundo en formas que la ideología neoliberal no puede predecir ni controlar» (55). Agregaría yo que tampoco le interesa controlar crisis existenciales, no está diseñado el neoliberalismo para dar respuestas de índole social; se desentiende de ellas dejando a los individuos sitiados, presos de sus deseos insatisfechos, anhelantes de consumos que nunca logran saciar, marginados, incontenidos, solos. Entonces el hueco, el abismo, se intenta llenar de manera rápida, «con lo que sea», con aquello que esté más a mano. La existencia se vacía de proyectos y empieza a rondarla la muerte.

Para ilustrar estas ideas, volvemos a Pendejos, al relato «Los ángeles bailan cumbia»: «Cuando los rescaté, Tito, Nenu y el Tripa estaban en cualquiera. Tito llevaba casi una semana sin dormir, paraba en constitución, en la estación de trenes, y me contó que hasta llegó a hacer asquerosidades sólo para que le habilitaran una dosis. Nenu tenía delirio persecutorio, lloraba todo el tiempo y decía que la cana lo buscaba para matarlo. Y el tripa para lo único que se levantaba de la cama era para afanar. Después quemaba la plata en su cañito de antena. Los encontré durante una noche de reviente después de uno de los recitales de Dama Negra» (58). El cañito de antena al que hace mención el narrador, es un elemento casero usado para fumar la droga popularmente conocida como «paco», que es una mezcla hecha con «pasta base de cocaína, polvo de limpieza para estirar la dosis, una pizca de vidrio de tubo fluorescente bien molido y un poco de marihuana» (56).

Tito, Nenu y el Tripa son el brazo armado del narrador, Francisco, «Paco», un pibe de la villa que triunfó haciendo cumbia villera. Es el que se salva, el que ingresó por un resquicio al sitial de los «ganadores» del modelo. ¿Ganadores de qué?, cabría preguntarse; la respuesta es simple: de lo único que se puede ganar, lograr un determinado poder de consumo, trepar algunos pocos peldaños en la escala social, tener la ilusión precaria e inestable de ser poseedor de algo, de cualquier cosa, de aquello que se nos ofrece en el mercado.

Con el establecimiento en Argentina del modelo neoliberal, con un plan económico digno del realismo mágico que equiparó el valor del peso argentino con el dólar, Buenos Aires se tornó una meca para los habitantes de regiones de nuestro país y de países vecinos que quedaron sin las fuentes de trabajo indispensables para el desarrollo de una vida básicamente satisfactoria. Fue entonces cuando surge una corriente migratoria direccionada hacia la capital argentina. Pratt nos informa que el discurso de la metrópoli sobre la globalización estableció una  metáfora de movilidad e inocencia, el flujo; que nos da la imagen de un planeta atravesado por flujos continuos, multidireccionales y proporcionados, de personas, objetos, dinero, información, lenguas, ideas, arte, imágenes”; pero luego aclara  al respecto: «La metáfora del flujo no distingue un tipo de movimiento de otro, no hace diferencia alguna entre el desplazamiento de empleadas del servicio doméstico de las Filipinas al Oriente Medio y el movimiento de turistas del sexo de Europa o Japón hacia Tailandia o cuba. Los turistas regresan a sus países de origen, pero las empleadas, con frecuencia, no pueden regresar porque la supervivencia de sus hogares de origen depende de sus ingresos» (Pratt 37).

El primer relato del libro de Sietecase, se titula «Bella luz de la noche». Narra la historia de una adolescente huérfana que está presa en una unidad de detención de menores acusada de homicidio. El narrador la llama Silvita. Silvita, además, está embarazada.

«Amalia Costa la besaba en la nariz. Eso le daba mucha cosquilla. A Silvita no le gustaba reírse porque sí. «No, Mamalia, no me hagas eso, no me lo hagas», decía como preámbulo innecesario al regocijo que le ocasionaba el mimo de su madre. Esperaba ese beso con ansiedad. Era el beso de dormir. El beso que borraba los contornos sórdidos de la casilla que habitaban en el corazón de Villa Casale.

«Mamalia, como la llamaba Silvita, había nacido en Asunción del Paraguay y se vino a Buenos Aires en busca de trabajo en plena euforia económica, a principio de los noventa. Argentina entonces era el Primer Mundo un peso era un dólar aunque no lo tuvieras.

«La mamá de Silvita trabajó de empleada doméstica hasta romperse los riñones. Después se embarazó. Su pareja, Benjamín Luna, un cordobés cantante de cumbia y adicto a cuanta sustancia ilegal le pasara cerca, le terminó contagiando el virus del sida. En pocos años pasaron de las noches de fiesta a las madrugadas de dolor. Murieron casi al mismo tiempo, cruzándose reproches.

(…)

«Cuando sus padres murieron tenía apenas seis años y quedó al cuidado del único pariente que le quedaba vivo: un buen tipo, conductor de un camión de recolección de residuos (…) Dos soledades que se cruzaban de noche ante un plato de sopa, y por la mañana ante el mate cocido del desayuno.

«Silvita creció en la calle. Su escuela fueron los pasillos de la villa. Sus maestros, los atorrantes del boliche de Paco: ladrones, merqueros, narcos, cafishos y travestís. Sus amigos de la infancia fueron los pibes chorros del barrio, los rateritos. Cuando el hermano de su madre murió en un accidente, Silvita acumulaba más frustraciones que la de una prostituta de sesenta” (Sietecase, 16 y 17).

Pratt nos habla del «reciclaje de la literatura de muerte y supervivencia» (45), claro que eso se da con un giro, la literatura de viajes de la modernidad, la novela de aventuras de exploradores y colonizadores (los que hacían la historia) pasamos, en la posmodernidad, en el neoliberalismo, a aquella literatura, como la que nos presenta Pendejos, donde los protagonistas son inmigrantes, trabajadores, hombres, mujeres y niños que se trasladan hacia las metrópolis -o viven en sus periferias- en busca de una oportunidad de trabajo, de una vida con un esbozo de futuro. Estos viajes se tornan relatos de supervivencia y de muerte; pero sin la aventura, sin la conquista, sin el regreso celebrado. Son relatos de la marginación y la desigualdad.

Pasamos, entonces, de la modernidad, de la historia, de los hombres que hicieron la historia o fueron ellos mismos la historia a la posmodernidad, a la muerte de la historia y de los ideales colectivos, la del debilitamiento de los Estados en favor de las corporaciones, y pasamos, en la literatura, a los marginados, a los que no hacen la historia, a los que no tienen historia, los desheredados.

Bibliografía
Piglia, Ricardo. Respiración artificial. Barcelona: Anagrama. 2008.
Rivera, Andrés. El farmer. Buenos Aires: Seix Barral, 2009.
Rivera, Andrés. La Revolución es un sueño eterno. Buenos Aires: Alfaguara, 1993.
Sietecase, Reinaldo. Pendejos. Buenos Aires: Alfaguara, 2007.
Reigadas, María Cristina. «Neomodernidad y posmodernidad: preguntando desde América Latina». Díaz Esther y otros. ¿Posmodernidad? Buenos Aires: Biblos, 1990. 113-45.
Pratt, Mary Louise. Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación. Trad. Ofelia Castillo. Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 1997.

Miguel Fanchovich

Compartir en: