LA SOSPECHA, BRÚJULA CRÍTICA

Tiempos difíciles siempre o casi siempre nos circundan, sus obstáculos y la nebulosa que los rodea hace que pierda a veces la huella. «Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor las oscuridades» decía Sigmund Freud y ese enunciado se transforma en brújula para esta ocasión.

Recurro al filósofo francés Paul Ricoeur (1913-2005), esa es la referencia (1965), luego retomada por Michel Foucault (1926 – 1984), quien ubica a tres pensadores del siglo XIX, Freud, Nietzsche y Marx como filósofos de la sospecha[i] por la interpretación que permiten del mundo, haciendo caer las máscaras y poniendo en evidencia lo que se oculta por detrás de los valores de la racionalidad, pensamiento dominante en ese tiempo. Es decir, aventuramos, que en algún sentido son la crítica respuesta a la época que les tocó y los atravesó.

¿Por qué elegir esos nombres intentando hallar una brújula?

En alguna medida, estos nombres son parte del camino que camino, el atajo es esta referencia que reúne a los tres pensadores que cada uno con su pregunta, interrogó la época, y la interrogó al modo de cómo quien trabaja arduo en una profunda excavación, arqueólogos de una realidad expuesta y oculta en sus fundamentos, a la vez, pusieron acción tras acción, corriendo los escombros de lo que va cayendo en esa deconstrucción – construcción, hacer visible los hilos que sostienen el movimiento y el devenir de las cosas del trabajo, de la explotación, de la economía, de la vida, de la psiquis, del pensar y el valuar.

Karl Heinrich Marx (1818-1883) –

Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900) –

Sigismund Schlomo Freud (1856-1939) –

Foucault dice «bajo las palabras un discurso» y con ese enunciado, inicia su desarrollo de la sospecha, situándola primero en el lenguaje para luego extenderla, desplazarla como maleza que invade campos para no dejar nada en pie, mostrando lo que por debajo de las realidades que creíamos, nos habita en cada época, interrogando las coordenadas de la interpretación que cada tiempo se da en su propio modo en la civilización que lo habita.

La interpretación no es un ente abstracto, sino que está encarnada por los pensadores que signan y marcan ese momento histórico. Así M. Foucault sitúa a los tres grandes intérpretes del siglo XIX, Marx, Nietzsche y Freud, con sus producciones centrales que encarnan esa interpretación, el primer libro de El Capital, El nacimiento de la tragedia y La genealogía de la moral y la Traumdeutung freudiana – La interpretación de los sueños. Y dice del efecto y el impacto que producen estas obras en el pensamiento de la época «El efecto de choque, la especie de herida provocada en el pensamiento occidental por estas obras (…) nos ha puesto en una situación incómoda puesto que estas técnicas de interpretación nos conciernen a nosotros mismos, puesto que nosotros, intérpretes, nos hemos puesto a interpretarnos mediante estas técnicas. Y, es con estas técnicas de, interpretación, a su vez, que debemos interrogar a esos intérpretes que fueron Freud, Nietzsche y Marx; en forma tal que somos perpetuamente reenviados en un perpetuo juego de espejos» (Foucault, p.  142).

El intérprete que Foucault lee en Nietzsche es «Un buen escudriñador de los bajos fondos», quien con su hacer puede llegar a mostrar la profundidad como un pliegue de la superficie. Y en ese punto, Foucault se dirige a Marx y a su tratamiento de la realidad para interrogarla, poniendo en tensión ambos modos de interpretación de las cosas del mundo, esas que más allá de las brumas están en la superficialidad, aunque a veces se escondan en ella misma. Para Marx estaba claro la desigual relación entre el trabajo y el capital, lo que no estaba tan claro era el plusvalor que no se paga, se agrega a la fuerza de trabajo y no se cobra, es la explotación del trabajo que produce ese resto, único modo de existir de la plusvalía (Marx, 2015, pp. 453/455). Este plus (de valor) no está a la vista, fue necesaria la interpretación sostenida en la sospecha de lo que se presentaba en la apariencia, lo no vidente que sostenía el intercambio desigual.

En su análisis Foucault vislumbra la interpretación como tarea infinita, de allí lo imposible de la interpretación absoluta, en tanto dice «no hay nada que interpretar» ya que en el fondo todo es ya interpretación. Hay en esta línea de pensamiento, un planteo lógico que tiende a mantener la vida de la interpretación como aquello que interroga la apariencia, interroga lo que está en la superficie y advierte del peligro «La muerte de la interpretación consiste en creer que hay signos, signos que existen originariamente, primariamente, realmente, como señales coherentes, pertinentes y sistemáticas. La vida de la interpretación, al contrario, es creer que no haya sino interpretaciones». En un comentario del texto de Foucault encuentro: «Los filósofos de la sospecha revelan un nuevo modo de considerar la interpretación, a partir de la profundización de una sospecha acerca del lenguaje, concretamente esgrimiendo que el lenguaje nunca dice lo que las cosas son, y que las cosas comunican o «hablan» sin ser estrictamente lenguaje (…) Por tanto, se deduce que es una crítica radical al sujeto como había sido entendido en su despliegue en la historia de la filosofía, como un yo unitario, indiviso, que se identifica con la conciencia, y que posee la voluntad como una facultad de la libertad. (…) se trata de mostrar que los discursos que cada uno analiza son ya interpretaciones y no meros objetos complicados a descifrar. El discurso burgués sobre la sociedad, el discurso occidental de la moral y el   discurso del paciente sobre sí mismo son ya en sí mismos interpretaciones. Por esto dice Foucault que Marx, Nietzsche y Freud no han dado un nuevo sentido a las cosas. Sino que «han cambiado la naturaleza del signo» y modificado la manera como el signo podía ser interpretado. Entonces, la sospecha de Marx, Nietzsche y Freud no está destinada a disolver «falsas apariencias» de la cultura, sino a mostrar de qué manera esas «apariencias» pueden expresar o producir una cierta verdad».[i]

[i] Extraído de http://filosofiauda.blogspot.com/2011/05/filosofos-de-la-sospecha-marx-nietzsche.html

Hay una expresión que he leído en Marx el locus standi (lugar de emplazamiento), así se refiere al medio y campo de acción donde se desarrolla el proceso de trabajo que, para Marx en el momento de su análisis, ese lugar por excelencia era la tierra (Marx, 2015[ii], p. 165). El lugar de emplazamiento entonces se vincula al hacer, al quehacer y ello articula relaciones y un lazo al mundo y a los otros que, en parte, en gran parte pasará por allí. Todos los días me pregunto por mi lugar de emplazamiento desde el que sostengo mi hacer cotidiano y desde el cual, en este momento, miro el mundo, una mirada que no es sin otros, sin la reflexión sobre los aportes de quienes interrogan el tiempo y las coordenadas donde su vida y sus pies se asientan.

La pregunta si inmiscuye: ¿Para qué estos divagues en estas lecturas tan complejas?

Lo imposible de interpretar da cuenta del límite y a la vez la vida de la interpretación está en interrogar lo que discurre en la apariencia, en la superficie de las cosas, esas con las que nos encontramos día a día.

Por este mismo empuje recurro a la lectura, recurro a la poesía, a aquellos que hacen del lenguaje una herramienta con la que producen una ruptura de la realidad que se presenta sin pudores en los cuerpos desgarrados de dolor, de ausencia, de hambre, sin voz, sin otro.

Buceo en el tiempo y hallo que el quehacer que signa mis días tuvo varios costados por el que fue elegido. Uno de ellos, tal vez el más definitivo y equívoco a la vez, fue el que se orientó por un hacer que interrogará lo que a simple vista se veía, se leía o se escuchaba.

En tiempos de infancia sólo contaba con el horizonte de cada mañana, en lo real de ese escenario que permitía todas las respuestas posibles a las preguntas futuras.

Luego, andando la vida que empezaba a llenarse de lenguajes ajenos, se presentaron modos de decir extraños, lejos de espantarme me sedujeron; frente a sus enigmas sólo se trataría de tiempo y me permití dejarlos pendientes de entender; y nunca los olvidé.

Ya inmiscuida en otros saberes y enigmas, la elección decantó: todo aquello que interrogue lo natural, lo habitual y haga posible vislumbrar los hilos que sostienen las realidades, sería parte de mi horizonte.

Freud, hijo de una época, atravesado por ella, me aporta la sospecha que abre la interrogación de la llamada realidad, dando lugar a otras determinaciones y las respuestas que frente a ello cada quien instrumenta, no sin el escenario que la época le propone con sus coordenadas. En su «Malestar en la cultura» hace dar por tierra los presupuestos del bien, la ilusión del amor al prójimo nos dice si amar al prójimo sería natural, no habría necesidad de instalar prohibiciones. Con la pulsión de muerte como originaria a la estructura, lo humano transcurrirá en la posibilidad de soportar la vida, como la única discontinuidad ante lo mortífero que empuja y con lo que siempre habrá que arreglárselas, tanto en lo singular como en lo social.

Pasaría mucho tiempo hasta conocer a Bertolt Brecht[iii] y su poema – Brújula

«No aceptes lo habitual como cosa natural.
Porque en tiempos de desorden,
de confusión organizada,
de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer natural.
Nada debe parecer imposible de cambiar.»

¿Interrogar lo habitual, que nada parezca natural, será por las marcas primeras, los deseos originarios, todo eso de antaño, que nunca me resultó ajeno? Cuando llegaron a mis manos los libros de Brecht, fue como un reencuentro, casi como con un querido ser que hace tiempo no veía o más aún, como si fuera posible volver al punto de encuentro con el lenguaje que nos marcó, y entonces, ahí veo mejor las oscuridades y la huella, donde los pies pisan.

[i] Foucaut, M. “Nietszche, Freud, Marx” (1967)

[ii] Marx, K. El capital, Tomo I, FCE Ed., 2015, p. 165

[iii] Eugen Berthold Friedrich Brecht (1898 – 1956)

Griselda Enrico

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