ENTREVISTAS EN LA NOR-PAMPA | WALTER R. MERCANTE

“La escultura siempre está ahí, es un amigo fiel”

Walter R. Mercante nació en Olivos (Bs. As.) el 16 de marzo de 1961. Después de vivir en diversos lugares (Carlos Paz, Mar del Plata, en el conurbano bonaerense) se radicó de manera definitiva en Rancagua (Bs. As.) en 1993.

Está casado con Liliana con quien tiene sus cuatro hijos.

Realizó a lo largo de su vida diferentes trabajos: vendedor de libros, artista de varieté, albañil, constructor de ladrillos de plástico, fabricación de trapos de piso, profesor de teatro y de escultura, creador de un observatorio astrológico inconcluso, sembrador de arándanos, encargado del compostaje en Rancagua; pero a lo largo de su intensa vida estuvo siempre la escultura, que le permitió ver y tomar la vida desde lo artístico. Tal como lo definió un poeta en un largo y acertado acróstico, diciéndole: «Walter es un artista en todo lo que hace».

¿A pesar de los numerosos trabajos que tuviste a lo largo de tu vida, la escultura se encuentra como un eje vertebrador de tu vida?

La verdad es que ha sido una constante. Creo que tiene mucho que ver mi padre que era carpintero y un tío ebanista. Lo cierto es que a los ocho años realicé mi primera obra en escultura. Fue un enorme pez realizado en cedro. Lo hice con la ayuda de mi padre, pero lo cierto es que desde esa edad comencé a realizar obras y desde esa edad podría decir que siempre me veo con herramientas en mis manos.

Un poco después se encuentran lo que considero mucho más logrado: dos tótems, que hice en madera. Ahí ya tenía diez años y así, sucesivamente, hasta ahora que entré en los sesenta años.

¿Además de tu padre y posiblemente tu tío tuviste maestros que direccionaran tu arte?

Si por suerte tuve maestros y muy buenos. En primer lugar, un maestro de pintura en la escuela primaria. Se llamaba Francisco Franco como el tirano español. El me dio las primeras nociones del dibujo clásico, me enseño la importancia de la observación que es ver más allá de los límites que nos impone el sentido de la vista. Me enseñó a retener detalles de nuestro entorno que llenan el archivo de nuestros conocimientos. A este maestro también le gustaba el teatro y creo que por él estudie este arte a los doce años. Lo hice con un notable maestro Salvador Del Priore, quien tuvo entre sus alumnos a Altavista, Juan Carlos Dual, Mateyko, Rolando Hanglin, entre tantos otros. Este maestro y el teatro en general me dieron una gigantesca herramienta que me sirvió para la vida: la improvisación. Me sirvió mucho y para mucho. Recuerdo cuando hice teatro en Pergamino, el actor y director Jorge Sharry supo destacar esta cualidad que tenía.

Aquí tendría que detenerme ya que fue muy intenso lo que viví con este maestro que era además poeta, conductor, compositor y alma del grupo teatral “Juancho y su teatro infantil”.

Salvador del Priore con el elenco “Juancho y su Teatro Infantil”

¿Hubo algún otro maestro en el campo de la pintura, de la escultura?

Si recuerdo muy, pero muy especialmente a Raúl Scarano, quien enseñaba en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova. Él me enseñó a fuego que una escultura no puede, no debe pintarse y también hacía hincapié en la observación. Aún tengo presente cuando le mostré una obra realizada en quebracho. Me demostró su generosidad, su don de maestro al felicitarme efusivamente y diciéndome que él nunca lo podría haber hecho.

Estos maestros como la soledad y el silencio cuando tallo una madera me han enseñado a escuchar y a comprender profundamente. Son enseñanzas que me han llevado a vivir con sencillez y a disfrutar las cosas del día a día.

A pesar de tener un arte como la escultura en tus manos siempre lo relegaste por otros trabajos ¿Cómo podrías explicar esa tendencia casi constante en tu vida?

No es fácil explicar ese tema como tantos otros en mi vida. Si realizo una síntesis diría que ha sido y es por cuestiones económicas y porque surgían esas posibilidades. Fijate que en una oportunidad en San Justo fui a una pista de atletismo, una pista de carbonilla y me gustó lo que ví, lo que sentí. Me gustó tanto que al poco tiempo era semifondista. Ahí conocí a un atleta que a su vez era un artista que se manifestaba como payaso y por él conocí a Oscar Distillo, una persona que estaba armando un conjunto cómico, musical, sincronizado, que se llamó «Los tres bolinos». Con este grupo recorrí todo el país. Deben haber sido más de setecientas funciones las que dimos en sindicatos, escuelas, en fiestas privadas. Gané mucho dinero y sólo tenía diecisiete años. Conocí a Liliana que era modelo, con quien me casé en 1983. Fui a vivir a Flores donde atendía un kiosco de revistas. Tenía plata, tenía auto y pude comprarme una casa en Isidro Casanova.

Más tarde le compré este terreno a mi padre, donde vivo en la actualidad. Un terreno que está ubicado en este hermoso pueblo de Rancagua (Partido de Pergamino). De este lugar es mi familia materna los Orlandi.

Vendí libros a docentes, médicos, abogados. Fui un excelente vendedor de libros. Me gustaba mucho hacerlo porque amo a los libros. Pero cuando vino esa crisis financiera que se conoció como «efecto tequila», me fundí y cómo!. En este tiempo aciago conocí a otro maestro, a un amigo-amigo de aquí, de Rancagua: Lillo Santoro, quien me ayudó mucho con la palabra, con el afecto. Con él nos pusimos a fabricar trapos de pisos y después de eso trabajé de peón de albañil y mecánico hasta que Berasain me convocó para dedicarme principalmente en el sembrado de arándanos y otros trabajos en las 2.000 hectáreas de su estancia.

¿Además de todas esas vueltas, esos lugares por donde has estado, esos trabajos inverosímiles en algunos casos, nunca dejaste de hacer esculturas?

Nunca dejé de hacer esculturas. Las hice con hojas de palmeras, plástico, hierro, madera. Hice figuras de todos tipos y realicé esculturas que representan a nuestros próceres: San Martín, Sarmiento, Fangio, Yupanqui, Borges. Es algo único dar vida con las manos de uno y eso es lo que siento cuando le estoy dando forma a un trozo de madera. Estoy plenamente seguro que la escultura es lo mío, pero también es mío este amor por ser libre, de tener este gusto por la libertad, de estar dispuesto a nuevos proyectos. A tal punto que si me ofrecen ir a peinar pingüinos a la Patagonia y tengo ganas de hacerlo no dudaría en ir. Total, la escultura siempre está ahí, no se va, es un amigo fiel.

Rafael Restaino

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