PALABRAS, PALABRAS | PEJOTA

El término que hoy nos impulsa no es exactamente una «palabra»; es más bien un acrónimo, surgido de una sigla, que se tornó cotidiano en el uso popular; en especial en la jerga política.

Pejota es -claro- la abreviatura de Partido Justicialista, estructura partidaria que naciera de manera oficial el 23 de un mes como éste, poco antes de que se cumplieran dos años del 17 de Octubre; es decir, que se cumplen ahora 75 años.

Aquella fecha fundacional, en medio de un vertiginoso 1947, promovida desde la espontaneidad desordenada del «subsuelo de la patria sublevado», al explotar en las calles constituyó el origen del más estruendoso movimiento de masas de la América morena. Ahí debiéramos encontrar el cromosoma identitario del peronismo, ese aborrecible monstruo inclasificable, que no resiste escaque fijo, a pesar de los esfuerzos de los hombres sabios de las universidades estadounidenses que se han planteado, obstinados, una y otra vez, develar semejante enigma, aunque sin resultado sensato a la mano, con desprecio de circunstanciales éxitos editoriales de lecturas solo destinada a los refractarios confesos de lo nacional.

El peronismo fue «eso»; lo siguió siendo, tanto como lo es. ¿Lo será en los tiempos por venir?

El carácter aluvional que impregnó la génesis fue cuidadosamente alimentado por su inspirador, en beneficio de caudalosa cosecha por derecha y por izquierda, en tanto la doctrina y sus postulados «decían» lo que literalmente Perón decía que decían; tal como anticipa la frase consentida en el Derecho, según la cual «la ley es lo que jueces dicen que es».

Tan fuerte devino la impronta movimientista que el Partido Justicialista quedó relegado prácticamente al umbrío desván de los trastos viejos. La épica transformadora del peronismo despreció, por arcaica y anquilosada «la partidocracia demoliberal», y le asignaba tan solo un obligado rol administrativo al considerarlo tan solo como «el instrumento electoral»; es decir la estructura burocrática necesaria que vendría a cumplir con las exigencias del sistema para permitir su participación en los actos electorales.

Siempre en nombre de esa indeleble marca movimientista, como tarea delegada, el Pejota adquiría vida, fugaz a la vez que imprescindible para estructurar frentes electorales, y en torno suyo se alineaban los demás partidos, igualmente integrantes del campo nacional y popular. Pasado el escrutinio, regresaba el olvido.

Aquella virtuosa y tumultuaria conformación de origen devino en sendero transitado hasta la deformación. En cumplimiento del precepto según el cual cada peronista lleva en su mochila el bastón de mariscal, cada uno de los seguidores de Juan Perón se siente depositario de aquel símbolo del poder y no se resigna al mero rol de edecán. Esto justificó la diáspora, inocua en su tiempo, contenida con fuerza bajo el paraguas enorme de la figura del conductor, ya que –de acuerdo a otro postulado propio del ADN partidario– nadie se atrevería «a sacar los pies del plato».

Si el Partido no es importante; entonces ¿para qué reconocerle importancia?, habrá pensado cada uno de los que abrió su propio local, por fuera del Pejota. De tal forma proliferaron líneas internas, agrupaciones y estructuras diversas, que a menudo se encargaban de ocupar -en exclusivo- la voluntad tan solo de su propio creador, y a lo sumo algún otro allegado.

La heterogeneidad devino en inmadurez; tanto como la superficialidad derivó de aquella profundidad innovadora. En Pergamino, suelen obtenerse apenas un puñado más de votos que la suma de «agrupaciones, líneas internas y agrupaciones diversas» que afirman animarla.

Tenemos aquí concejales, consejeros escolares, diputado, funcionarios provinciales y nacionales, agrupaciones, referentes, sindicatos y variopintas estructuras fácilmente catalogadas como peronistas; pero, si no hay Pejota, ¿dónde reside el peronismo? Será muy difícil encontrar una respuesta.

Los gobiernos peronistas de Nación y Provincia reciben ataques y cuestionamientos de todos los flancos, lo cual parece obligar a una reacción más enjundiosa y comprometida, para apoyar, defender y contrarrestar. Pero ese papel que nadie asume no tiene, tampoco un destinatario concreto. Tal vez el Pejota –ahora revitalizado, con sus nuevas autoridades– pueda empezar a asumir esa necesaria tarea.

Rody Piraccini

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