LA PASIÓN POR LOS LIBROS

“Cuando rezamos hablamos con Dios, pero cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”.

San Agustín

“De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”.

Jorge Luis Borges

Uno de los pocos objetos materiales imprescindibles para mi es el libro, desde muy chico significaron los libros una promesa de descubrimientos y tesoros incomprensibles, por las dimensiones de los relatos, por lo desmesurado de sus volúmenes y contenidos. Tal vez por la imposibilidad de abarcarlos a todos.

Una curiosidad temprana, inicial, por saber, por poseer aquello inasible que tiene el conocimiento. Porque saber, conocer, es ser más extenso. Aunque acceder a ciertas certezas conlleve a una angustia inevitable. Una de las primeras preguntas que me hice al respecto, si tal o cual es tal o cual cosa, cuánto debe haber leído alguien para saber tanto, para poder responder a todas las preguntas…

La tragedia irremediable de la Biblioteca de Alejandría, la biblioteca personal de Umberto Eco y el génesis del Nombre de la Rosa o el descubrimiento de las lecturas de personajes queridos, desde San Martín al Che Guevara, pasando por Perón hasta Sartre, o la angustia de Alejandra Pizarnik, todos estos quizás fueron episodios que incrementaron mi fascinación por la palabra escrita, el enigma por los símbolos de los símbolos.

Desde adolescente los viajes a la Feria del libro se convirtieron en verdaderas excursiones literarias y el placer de gastar los pequeños ahorros infantiles en las ofertas de viejo o usados. Y encontrar en un libro de Schopenhauer un boleto de tranvía o aquella flor reseca en La Peste de Camus, como reseco testimonio de un amor eterno.

Tengo siempre vivo el recuerdo de mi mamá leyendo novelitas de amor, una experta voraz en Corín Tellado y otras similares, los intercambios con mi dulce prima Silvana. Dueñas de una habilidad admirable para distinguir inmediatamente lo ya leído y el tema central de aquellas historias rosas hasta la ternura.

Las bibliotecas y librerías de viejo siempre me atrajeron como a un niño las jugueterías, desde pequeño cuando llegaba a una casa cualquiera la primera mirada era hacia la biblioteca por más pequeña que fuera el mueblecito y trataba de adivinar por los lomos y a la distancia, títulos y autores…

Lecturas postergadas, lecturas inauditas. En las innumerables visitas a las Bibliotecas Públicas en las que leía desordenadamente todo lo que podía, sin llegar a terminar casi nada, el deseo de estar comenzando, incesante, algo nuevo, y de no querer perderme nada, es que me perdía casi todo. Desde la Historia Universal de la fabricación de quesos hasta la Historia de América de Pereyra o los 12 tomos de la Historia Argentina de José María Rosa o la Historia de Roma de Mommsen o la Enciclopedia Británica o la Espasa Calpe. Y todos esos recorridos confluían en el Macondo inigualable de García Márquez en la fosforescente belleza americana. Y la pobreza de Henry Miller en la entreguerra de Paris, sacando tesoros desde el fondo de la mierda. Por los mismos senderos del tremendo y múltiple Boris Vian.

Los recorridos por los registros de Códices e Incunables, las fotografías y los Mapas Antiguos, las postales, los primeros daguerrotipos, las colecciones de fotos familiares. Los textos sobre La historia de locura de Foucault, sobre la Inquisición o la esclavitud o las Cruzadas, o el racismo, verdaderas excursiones a lo más oscuro de la naturaleza humana.

Y cada descubrimiento daba paso al nacimiento de una nueva curiosidad, ¿iban chicas a la jabonería de Vieytes? ¿Y a la Academia de Platón?

¿Cuándo y cómo leía Borges? O peor, ¿cuándo y cómo escribía?

¿Adónde fueron los hijos perdidos del traidor Urquiza? O ¿qué sentía el General San Martin legando su sable libertador a Rosas mientras escribía su testamento precioso? ¿Y los últimos días de Belgrano en la pobreza brutal? ¿Y el enigma de las pirámides de Egipto? ¿Quién fue Keops? ¿Y quién fue su primera novia o su primer novio? ¿Qué soñaba el genio de Nietzsche cuando llegaba a los límites de la locura? ¿en aquel otro loco de la aldea con el farol?

Qué manera de querer saber…

De toda aquella vorágine también formaba parte la poesía y era cuestión de ir a los saltos de Quevedo a Machado pasando por Girondo y Juanele Ortiz y los imprescindibles Hernández, hasta llegar al hermosísimo Gelman. Y Poe. Y todo Pessoa. Desde Alfredo Le Pera y Homero Manzi hasta Olga Orozco y Raúl Gustavo Aguirre.

Todo el camino sin olvidar a los Rusos del Siglo XIX y Cortázar siempre, porque queremos tanto a Julio.

He tenido muchos libros que fui perdiendo, otros que fui encontrando y tantos que releo con la pasión del enamorado hasta la locura, un estúpido Romeo en los balcones del Ateneo, entre los que se destaca luminoso Adán Buenosayres del impresionante y único Leopoldo Marechal.

Las visitas en Montevideo, Venecia, Florencia, Moscú y Buenos Aires, la Avenida de Mayo y las Ciudades Viejas. Algunas de las librerías más alucinantes del mundo. Hasta una mañana inolvidable en la casa de Nikolái Gogol con manuscritos cuidadosamente conservados o en la casa de José Fernández de Viña, nuestro Sócrates de la Norpampa llenando una tarde de palabras sabias.

Recuerdo con nostalgia el monedero azul que se convertía en bolsito, y el bolsito lleno de viejos libros de oferta de la calle Corrientes.

Las pérdidas en los múltiples naufragios, donde allí marchaban papelitos y folletos, cuadernos y fotos. Las mil y una historias borradas para siempre.

Al fin y al cabo, una de las mayores coincidencias con el viejo Borges es que el se imaginaba el Paraíso como una especie de Biblioteca o a la inversa. Como si esta torpe comparación pudiera agregar valor a este testimonio insignificante.

Para mis ojos de niño, toda biblioteca es una promesa de Paraíso. Allí se abre un océano de posibilidades, ¿Quién es capaz de resistir a semejante tentación? ¿Quién podría negarse a la utópica y bella satisfacción del deseo de saber? ¿Saber Todo? ¿Quién no querría arrimarse a Dios, al Origen, al Después?

En honor a mi histórico desorden en la lectura, me prometí escribir este breve relato como homenaje a los queridos libros, como Universo, escribir de memoria y de un tirón y casi cumplo, a no ser porque súbitas e inesperadas lecturas e imágenes, en la afortunada multiplicidad de posibilidades tecnológicas, se interpusieron como siempre. Esa tenaz manía por tratar de ver más allá. La curiosidad infinita. La mirada de la niñez perpetua. Un amor de acero inolvidable, tan frágil como el papel a los 451 grados Fahrenheit.

Porque leer es vivir mil vidas al mismo tiempo sin salir del barrio.

Fabián Del Core

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