EL RELATO SOLAPADO

“…Por ello patria, van a nacerte madrugadas, cuando el hombre revise luminosamente su pasado.”
(Otto René Castillo)

Un mayo más acontece y el latido del pensamiento crítico vuelve a interpelar, cuando de revoluciones hablamos. En este trozo de tierra continental llamado Latinoamérica me pregunto cuántas madrugadas, al decir del poeta guatemalteco, habrán de recuperarse, el día que la historia deje de ser narrada de manera fragmentada. Puede que en ese atrevimiento de contar lo que no se ha dicho, lo acontecido sea nombrado por su nombre, corriendo el velo europeizante con el que por siglos Latinoamérica ha sido ataviada. Y entonces será posible entender que la revolución iluminada que dio nombre a tanto hecho fundacional, bajo la trilogía: libertad, igualdad y fraternidad distó en muchos momentos de poder sostener el peso de esas palabras. La Revolución Haitiana es un cabal ejemplo de que el siglo de las luces ha tenido períodos de absoluta e impiadosa oscuridad. 

En la revisión histórica leemos que hacia 1665, los franceses le arrebatan a España la parte occidental de la isla caribeña, bautizándola «Saint-Domingue». La producción agrícola e industrial proporcionaba a Francia dividendos similares a los que la América española prodigaba a España. Cuenta Eric William, en su obra «Capitalismo y Esclavitud» que el trabajo de los negros, base de la organización social, de la producción en las plantaciones y en los ingenios, aseguraba el auge económico, la prosperidad de la sociedad europea -enfocada en Francia e Inglaterra- y el soporte del andamiaje del capitalismo moderno a escala mundial.

La fuerza de trabajo de los esclavos -explica Marcos Queiroz[1] alimentaba la economía de plantación. Mientras las técnicas de control, terror, represión y tortura se complementaban con todo un andamiaje religioso, cultural y político que explicaba y justificaba el sistema, la trata y la esclavitud, en nombre de la civilización cristiana. Más riquezas se producían, más salvaje e intensa se volvía la explotación. El sucio secreto de la «infancia» del capital es su íntima e intrínseca relación con el colonialismo. Alrededor de un millón de los 25 millones de franceses dependían directamente del comercio colonial y el 15% de los mil miembros de la Asamblea Nacional «revolucionaria y fraternal» poseían propiedades coloniales en 1789. Las fortunas creadas en París, Burdeos y Nantes, fundamentales para la lucha por la «emancipación humana» que estalló en Francia, se generaron gracias a la brutal deshumanización de los negros al otro lado del Atlántico.  

A esa explotación inmensamente brutal respondió la insurrección de «los nadies». La libertad dejó de ser negociable, fue el fin de la resistencia individual y colectiva, dando lugar a un hecho que, en rigor histórico, debería ser tan valioso como la toma de la Bastilla. El 21 de agosto de 1791, en un hecho inimaginable, los esclavos haitianos se proclamaron libres. Con un precedente indiscutible como fue el levantamiento de Túpac Amaru en 1780 y las posteriores revoluciones en varias de las colonias españolas que se inician a partir de 1810 –entre las cuales aparece nuestro 25 de mayo-. La independencia de Haití en 1804 no solo cambió el rumbo de su propio territorio, sino que dejó al descubierto lo que la prosa de Carpentier sentencia de manera contundente: «Todo lo que hizo la Revolución Francesa en América fue legalizar una Gran Cimarronada que no cesa desde el siglo XVI».

Anómalo y propulsor resulto este acontecimiento histórico, desestabilizador del colonialismo racial. En palabras de Galeano, los hechos se explican de manera contundente y clara: «A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Francia cobró cara la humillación. Esa expiación del pecado de la libertad le costó a la excolonia, 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos».

Mientras la primera década del 1800 corría, por el sur de Latinoamérica una negra liberta hará historia. Pero también la alcanzará el relato racista de la oficialidad blanca, ya que tuvieron que pasar doscientos años para ser reconocida. María Remedios del Valle de origen africano, conocida como «la parda» combate desde julio de 1810, al mando de Ortiz de Ocampo en la primera expedición al Alto Perú. Fue parte del éxodo jujeño, en las triunfantes batallas de Tucumán, Salta y en las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma acompañando al general Manuel Belgrano que la había nombrado capitana. Es tomada prisionera por los realistas y se le cuenta que en siete oportunidades fue puesta en capilla. Con un coraje pocas veces visto, salva su vida y termina harapienta mendigando su subsistencia. Será Rosas quien en 1829 le reconoce su grado militar, acción que la llevó a cambiarse su nombre. En los registros de época, aparece como Mercedes Rosas.

Corre mayo y en él se condensa la manipulación de la perversa mano que escribió la historia oficial de la Patria Grande. Aun pugnan entre el olvido y la desidia salir a la superficie acontecimientos, personas, contextos sociales que deben conocerse. No habrá construcción de un pensamiento crítico posible ante tanta omisión. Nos tendremos que hacer cargo y empezar a hablar de lo que ha quedado intencionalmente bajo la tierra o estaremos condenados una vez más al humillante olvido.

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[1] . Profesor del Instituto Brasiliense de Derecho Público (IDP). Coordinador de GECAL – Grupo de Estudio sobre Cultura Jurídica y el Atlántico Negro. Miembro del Centro de Estudios sobre Desigualdad y Discriminación, Brasil.

Fuentes consultadas

JAMES, C.L.R (1938) Los jacobinos negros: Toussaint L´Ouverture y la revolución de Saint-Domingue Obtenido de http://biblioteca.clacso.edu.ar/Cuba/casa/20200419032528/Los-Jacobinos-negros.pdf

CASTOR, SUZY (2008) La transición haitiana: entre los peligros y la esperanza. OSAL: Observatorio Social de América Latina. Año 8 no. 23 (abr 2008-). Buenos Aires.

BASILE, TERESA (2012) Introducción. Katatay, 8 (10): 120-122. Disponible en: https://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.7211/pr.7211.pdf

PIGNA, FELIPE (2011) Mujeres tenían que ser. Historia de nuestras desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras. Desde los orígenes hasta 1930, Buenos Aires, Planeta (págs. 198-202)

María Cobarrubia

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