ANDRÉS RIVERA: EL ESCRITOR OBRERO Y EL SUEÑO ETERNO DE LA REVOLUCIÓN

El obrero y el periodista Marcos Ribak, que también es el escritor Andrés Rivera, ensaya su epitafio: “Andrés Rivera, el que murió, fue y es un militante”.

El escritor Andrés Rivera, que alguna vez fue el periodista Pablo Fontán, que sigue siendo Marcos Ribak, escribe con prolija letra manuscrita en un cuaderno anillado:

Asamblea, dijo Arturo Reedson, sin alzar la voz para pronunciar esa palabra.

Asamblea, compañeros.

(…)

—Hablá, vos, Arturo—dijo El Petiso.

Dije, en el patio de la fábrica, detestándome, creo, que Diniz nos avisó que había armas en el sindicato. Y Diniz dijo que quien quisiera ir al sindicato, y empuñar una de esas armas, y defender, con una de esas armas lo que hubiese que defender, tenía el camino libre.

Dije que yo iba en busca de una de esas armas. (Esto por ahora, 2005)

Marcos Rybak, anotado como Marcos Ribak por el funcionario o la funcionaria de turno en el registro civil, nace en Buenos Aires el 12 de diciembre de 1928. Su madre es Zulema Schatz, originaria de Proskurov, al sur de Ucrania; su padre, Moisés Rybak, nacido en Lomza, Polonia. Ambos inmigrantes. El padre escapó del régimen de coroneles y aristócratas polacos, que acentuó la represión contra las organizaciones de izquierda. La madre logró escapar de las purgas del contrarrevolucionario ejército blanco, poco después de la Revolución Rusa.

Me acuerdo de un cielo nevado y del pope que llegaba a la estación, y los soldados que se descubrían y se arrodillaban bajo el cielo nevado, y de los caballos de los oficiales que caracoleaban y sacaban chispas al empedrado, frente a la estación de tren de Proskurov, y los oficiales con sus gorros negros, de piel, y sus puñales labrados y sus caras amarillas, venían del fondo de Rusia, de las montañas y los desiertos de Rusia, con la Rusia de Dostoievski dentro del cuerpo y el pope les regaba las cabezas rapadas con agua bendita, y los arrodillados y los oficiales que venían de la escritura de Dostoievski cantaban Dios salve al zar. (El verdugo en el umbral, 1994).

Ya afincados en Argentina, Zulema Schatz trabaja en una fábrica de caramelos. Moisés Rybak, «socialdemócrata de izquierda» en su Polonia natal, se afilia al Partido Comunista. Es un obrero calificado en la industria textil y dirigente del Sindicato del Vestido.

Andrés Rivera, que es Marcos Ribak y que se vuelve Arturo Reedson en la ficción, escribe con letra clara y prolija en el cuaderno anillado:

Estaba cansado, Mauricio o Moisés Reedson, ese primero de mayo de 1937. ¿Qué hacía ese chico, a su lado, que se llamaba Arturo Reedson? Estaba ahí, bajo los estandartes de los trabajadores del vestido, porque su padre, Mauricio o Moisés Reedson, era secretario general del sindicato del vestido, organizados en su sindicato, y con cuota voluntaria para su sindicato. Por eso estaba ahí Arturo Reedson, un jovencito de nueve años, y no en otro lado.

¿Y qué hacía Zulema S. en un hospital, reponiéndose de su segundo o tercer aborto?

¿Qué hacían sus compañeros del gremio, rodeándolo a él, Mauricio o Moisés Reedson, bajo los estandartes del sindicato, en esa larga calle de Buenos Aires, y al grito de «el fascismo no pasará»?. (Esto por ahora, 2005)

Marcos Ribak, el jovencito que luego será Pablo Fontán y Andrés Rivera, comienza a formarse como lector con las revistas de historietas «Tit-Bits» y «El Tony». Luego aparecerán Los miserables, de Víctor Hugo; Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas; y más tarde John Dos Passos y Faulkner. Por mediación de Felipe, su tío materno, tipógrafo de profesión y militante trotskista, que le recomienda «leé a este loco», llega a Roberto Arlt.

Porteño como era, ¿soñaba con París?
¿Soñaba con el hermano menor de su madre, tipógrafo él, que, con una sonrisa tímida, puso bajo sus ojos Los siete locos y Los lanzallamas? (Cría de asesinos, 2004)

Marcos Ribak abandona la escuela secundaria. En la escuela técnica había elegido la orientación Química Industrial. Al poco tiempo pudo constatar que había «poca química» entre el jovencito, ya militante comunista, y esa carrera. Vagabundeó un año por Buenos Aires, visitando con frecuencia las librerías de usado de la calle Corrientes. Pudo sostener «aquella clandestinidad» gracias a un boletín falso, hasta que decide confesarle todo a su padre, que, con total calma, le señaló que, de no estudiar, debía trabajar.  En ese momento se convierte en obrero textil, y es elegido, él que era comunista, secretario de la comisión interna por sus compañeros peronistas. Al respecto, solía comentar su preferencia por el turno de la noche, debido a que, por la ausencia del capataz, podía escribir y lo hacía aprovechando el papel que venía con los rollos de seda.

Las diez de la mañana de un día de junio. Y en la sala de telares, bajo la luz de los fluorescentes, los telares retumbaban. Y se escuchaba también el sonido apagado de las devanadoras, y el de las canilleras.

A las cinco de la mañana, nosotros, los tejedores, encendíamos, en silencio, los fluorescentes, embutidos, nosotros, los tejedores, en gastados over-alls.

Y era como si se iluminase la nave de una iglesia laica.
No hablábamos, a esa hora, los tejedores. (Esto por ahora, 2005)

En esa época comenzó a escribir en publicaciones de la Federación Juvenil Comunista. Cuando pasa a ser redactor de la sección gremial de la publicación Nuestra Palabra, órgano clandestino del Partido Comunista, nace Andrés Rivera. El apellido lo toma del escritor colombiano José Eustasio Rivera, por haber leído La vorágine. Le agrega el nombre Andrés, porque en ese momento vivía en la calle Andrés Lamas. Un dato interesante: Lamas fue un periodista, escritor, historiador, político uruguayo. Fundó, entre otros medios gráficos, el periódico El iniciador, que dio voz a los intelectuales argentinos exiliados que se oponían a Rosas.

En 1957, publica su primera novela: El precio. Continúa escribiendo en varios medios gráficos del partido. Es, además, corrector de estilo.

Soy, aquí, un discreto corrector de estilo que desplaza en un boletín sindical, algunos adjetivos, extirpa tórridos signos de admiración, e inserta, en sus páginas porosas, datos, cronologías, voces acechadas por el olvido. (El verdugo en el umbral, 1994)

En el año 64 es expulsado del Partido Comunista, acusado de «nacionalista y burgués». Pasó a militar en Vanguardia Comunista, organización maoísta.

Trabaja como periodista, en distintos medios, como El Cronista, hasta jubilarse.

Fue a mediados de enero -un viernes, mi día franco en El Cronista- y yo no tenía nada que hacer, salvo dejarme estar en el silencio de mi departamento, y aspirar, por la ventana abierta del comedor, la brisa húmeda que venía del río, y mirar el río, y la negra línea de paraísos que oculta el aeropuerto, y los veleros en el río, y el sol, amarillo, que lamía los últimos pisos de torres construidas al azar, y por el deseo de la más reciente generación de nuevos ricos… («Con un esqueleto bajo el brazo», La lenta velocidad del coraje, 1998)

La producción literaria de Andrés Rivera, que es Marcos Ribak, y es Arturo Reedson en la ficción, puede reunirse en dos grupos, la «saga» con tintes autobiográficos y el conjunto de libros que refieren a personajes históricos, aquellos que alguna vez estuvieron en la centralidad del poder. A decir de Marta Waldegaray:

Asistimos a relatos retrospectivos de héroes fracasados, que se encuentran alejados del espacio (político o social) central de un poder que alguna vez ostentaron o en el cual alguna vez se ampararon. Estos personajes hablan desde la marginalidad o desde el margen hacia el cual una situación extrema los conduce. Desde el sesgo de la historia hablan por medio de figuraciones metonímicas como la frustración, la derrota, la vejez, la decadencia corporal, el encierro, el sadismo, el exilio. Fuera del terreno central en el cual la política se disputa, situados al margen de la historia. («Andrés Rivera, la ética de hacer memoria», 2007)

Andrés Rivera, que siempre es Marcos Ribak, y que alguna vez fue Pablo Fontán, escribe, durante la mañana, con letra clara y prolija, en un cuaderno anillado:

Estoy aquí, bajo el sol de un verano que demora su partida, y miro mi sombra, la sombra de mi cuerpo en el agua.

Estoy aquí, en Buenos Aires, y mañana, cuando todos duerman, menos Rosas y los asesinos de La Mazorca, yo subiré a un bote, y será lo que sea.

O usted, Paz, llega, con las luces del día, a tierra oriental, o usted se va al fondo del río con una bala en el corazón. Usted, Paz, se lo juró: vivo no lo toman los asesinos de Rosas. (Ese manco Paz, 2002)

Pobre hombrecitos: nunca sabrán de eso. Nunca encontrarán la palabra para escribir eso.

Los miro partir: una reverencia para el general, otra reverencia para El Restaurador, otra reverencia para El Santo Padre, otra para el recuerdo.

Y les pasa que trastabillan -porque hay que doblarse ante El Santo Padre, porque hay que reverenciar el recuerdo-, y se van de culo al suelo. Y yo, cuando se van de culo al suelo, y me miran espantados, desde el suelo, les digo, levántese, hombre. Y digo eso, y miro el espanto en sus caras, y no hago más que revelarles el secreto de la novela moderna. (El farmer, 1996)

En 1992 recibe el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno.

Mírenme, escribe Castelli. Ustedes me cortaron la lengua. ¿Por qué? Ustedes tienen miedo a la palabra, escribe Castelli. Y ese miedo se los vi, a ustedes, en la cara. Lo vi en la cara de ustedes, y vi cómo se las retorcía, y cómo les retorcía las tripas. (La revolución es un sueño eterno, 1987)

Si bien tiene largos periodos sin publicar, sigue trabajando hasta que decide que ya escribió demasiado. Su último libro, Kadish, sale en 2011.

Andrés Rivera, que es Arturo Reedson en la ficción, escribe con letra clara y prolija:

Miro una calle vacía.

Fumo

Y pienso en la revolución que no hicimos”. (Esto por ahora, 2005)

Marcos Ribak, que es Andrés Rivera, y es Arturo Reedson en la ficción, y que fue, alguna vez, Pablo Fontán, muere el 23 de diciembre de 2016, en Córdoba.

Una tarde lluviosa de agosto, y cordobesa, Natalia Duval dejó que los vientos rojos del Este se llevaran las cenizas de Arturo Reedson. (Esto por ahora, 2005)

Bibliografía
Lardone, Lidia; Andruetto, María Teresa. (2011). Ribak, Reedson, Rivera. Conversaciones con Andrés Rivera. Ediciones de la Flor.
Latorraca, Martín; Orué, Juan Ignacio. (2015). “Andrés Rivera. El último obrero de la literatura argentina”. Revista Sudestada, n° 140.
Rivera, Andrés. (1987). La revolución es un sueño eterno. Grupo Editor Latinoamericano.
——————-. (1994). El verdugo en el umbral. Alfaguara.
——————-. (1996). El farmer. Alfaguara.
——————-. (1998). La lenta velocidad del coraje. Alfaguara.
——————-. (2002). Ese manco Paz. Alfaguara.
——————-. (2004). Cría de asesinos. Alfaguara.
——————-. (2005). Esto por ahora. Seix Barral.
Waldegaray, Marta. (2007). “Andrés Rivera: la ética de hacer memoria”. Anales de la Literatura Hispanoamericana, volumen 36, 221-233.

Miguel Fanchovich

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