EL PODER DE LA IMAGINACIÓN

Como bien postula Rivera, la revolución es un sueño eterno. Un sueño que se sostiene en la utopía y simenta el sentido del futuro. Somos, sin dudas, herederos de esas utopías y artífices de nuevas esperanzas.

Nací en 1963. La proscripción del peronismo revelaba la complejísima realidad de aquellos años. Europa otra vez señalaba rumbos que tomaban giros hacia un camino nuevo: la izquierda. Una izquierda que, además, encontraba en las organizaciones estudiantiles universitarias y en algunos intelectuales, distintas formas de concretar proyectos políticos y de poder para conseguir una sociedad nueva. Así tuvo lugar el llamado Mayo Francés. Fue un oasis de aire puro que repercutiría en Argentina y que sería pulverizado por el mal radical de las peores dictaduras.

Muchos años después, parado sobre una línea de adoquines oscuros que aún corta a Berlín como una cicatriz en la cara, vuelvo a pensar, retomando la idea de que el abordaje del pasado nunca es simple, en un interrogante que siempre me persigue: qué se hace con los escombros de la historia. Esta pregunta desatada por la imagen de los restos de un muro que todavía ahoga, parece una paráfrasis de aquéllas que Todorov (2000) se hace (y nos hace) indagando el siglo XX en «Memoria del mal, tentación del bien»

«¿Es la memoria, siempre y necesariamente, algo bueno, y el olvido una maldición absoluta? ¿Permite el pasado comprender mejor el presente o sirve, a menudo, para ocultarlo? ¿Son recomendables todos los usos del pasado?»

El desafío que Todorov nos propone no deja, claro, de ser perturbador. Nuestra postura, políticamente correcta, nos lleva (cosa que de hecho siempre hacemos) a rescatar el rol de la memoria para la interpretación del pasado, la modificación del presente y la proyección de un futuro. Nuestra mirada sobre los «acontecimientos» y su devenir constituyen una forma de narrar la historia que no puede ni debe consolidarse sin ser analizada.

Yo nací mediando un siglo que el mismo Todorov consideraba indisociablemente unido al surgimiento del «totalitarismo». El Mayo Francés, y hasta el Cordobazo y el Rosariazo, nos encontraron jugando con los rezagos de un peronismo proscrito, pero presente en el imaginario popular. Asocio esa época a cierta clandestinidad en los discursos y a un abuelo materno (muy joven) al que de tanto en tanto había que excarcelar despojado de su bigote característico, detenido por sus ideas comunistas. Mucho tiempo después, revisando una hemeroteca, encontré, en la primera plana del diario local una foto algo borrosa que permitía adivinar el avance de un grupo de jóvenes esgrimiendo piedras y pancartas… Entre ellos, reconocí los bigotes de mi abuelo y tuve la sensación de poder inscribirme en una historia que lamentaba mucho no haber podido vivir. Aprendí, en esa infancia de cafés y persecuciones, el valor de la libertad y descubrí, por primera vez, en la tapa de un libro de la misteriosa biblioteca de mi abuelo la consigna más sugerente que hasta el momento había leído: «La imaginación al poder».

Mi abuelo creía que luchaba contra el «autoritarismo» que desde su visión «gorila» incluía a la «dictadura» de Perón quien, desde el exilio, alentaba a otra juventud a «prepararse para derribar tal estado de cosas, aunque para ello deba emplearse la más dura violencia».

Mi padre, que era un obrero peronista, creía aún en la posibilidad del retorno al «Estado de Bienestar» que Perón prometía, y como muchos de sus viejos «compañeros», se sentía muy alejado de las ideas de mi abuelo y de la política en general.      

Desde mi padre me llegaban los ecos de un pasado derechos ganados, de pan dulce, sidra, alpargatas, máquinas de coser, y juguetes dadivosamente distribuidos por la mano lánguida de Evita.

La voz y el accionar de mi abuelo me acercaban a un movimiento internacional definido por consignas ingeniosas y hasta irrespetuosas que implicaban desembarazarse de una tradición pesante y conservadora.

Así, el poder de la imaginación llevaba a los jóvenes franceses, y luego, también a los argentinos, a salir a las calles, a buscar nuevas formas de expresión que los distanciaran del aburrimiento «contrarrevolucionario». La revolución cubana, la guerra por la independencia de Argelia y la revolución cultural china guiaban los pasos de una generación que enfrentaba las estructuras «podridas» no para emparcharlas sino para destruirlas. El Mayo Francés se me presenta, así, como una bisagra en la mitad de un siglo que terminó siendo caracterizado por la banalidad del «mal radical» y que prefiero recordar desde las consignas, ahora tal vez ingenuas, de esos jóvenes que, dispuestos a tomar todo lo que la vida les prometía, sólo querían prohibir las prohibiciones liberándose de los «-ismos», de los patrones y de los burócratas.

Querían el realismo de pedir lo imposible, de emprender la aventura…

Querían olvidarse de lo aprendido y echarse a soñar…

Querían ser el caos…

Soñaban con un mundo que no era el que nos esperaba, pero, al menos, soñaban.

Los que por entonces éramos niños y no habíamos visto aún por televisión la figura desdibujada de un hombre inflado pisando el polvo de la luna, tuvimos vedada, luego, esa utopía. Me sorprende la fe que por entonces tenían, todos, en el futuro. Las dictaduras y la postmodernidad terminarían por arrebatarnos las esperanzas en un mar de fragmentación e individualismo.  

El Mayo Francés supo proclamar la inexistencia de Dios, pero nada impidió que ese lugar de poder fuera ocupado por otras calamidades. Las estructuras anquilosadas y atacadas de plano por los jóvenes universitarios, tomaron nuevas fuerzas y, travestidas, generaron otras atrocidades más allá de las figuras demonizadas de Charles De Gaulle y de Juan Carlos Onganía.

La espontaneidad y riqueza de las manifestaciones universitarias terminaron, en Argentina, dando lugar, luego de una breve transición democrática, a la justificación del más irracional terrorismo de Estado que costó la vida de treinta mil personas.

Así, como la figura de El Che se multiplica en remeras y afiches de arte pop, las consignas del Mayo Francés fueron perdiendo peso en el marco de una casa vez más frivolizada y globalizada política internacional hasta quedar relegadas a ser marcas decorativas en las agendas de cuero de algunos ejecutivos.

Respondiendo a las preguntas de Todorov, podríamos decir que la memoria y, sobre todo, el análisis del pasado nos permite redimensionar la lucha obrera-estudiantil de fines de los 60 en el marco de movimientos internacionales que consideraban, también, que otro mundo es posible. La derrota ideológica de esos «soñadores» no debe alejarnos de la utopía sino, por el contrario, enseñarnos a soñar esgrimiendo el poder que la imaginación aún nos brinda.

Rodolfo Raúl Hachén

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