VOLVIÓ

Fue una noche fría, destemplada, lo recuerdo patente. En casa habíamos terminado de cenar. Yo trataba de resolver las divisiones de dos cifras de la tarea de matemática, mis viejos miraban «Tiempo Nuevo» en la televisión. Desde la calle nos llegó el ruido de un auto al detenerse. En un pueblo a esa hora el más mínimo movimiento llama la atención de los vecinos. Mi viejo se levantó del sillón para pispar por las persianas entreabiertas. Le hizo una seña a mamá, que se le acercó presurosa. Los dos espiaban, y cuchicheaban.

—¿Pasa algo?— pregunté.

La conducta de mis padres me desconcentraba y quería terminar las cuentas de una buena vez.

—Volvió, volvió Luisito— me dijo mi vieja ven voz baja, como si temiera que alguien más la oyese.

Abandoné la última división que me quedaba y también me puse a curiosear.

A Luisito lo abrazaban sus dos hermanas, la madre tenía un pañuelo con el que se secaba continuamente las lágrimas. El padre permanecía a un costado, se lo veía indeciso, creo que también lloraba.

Ni bien el auto se marchó, la familia de Luisito entró a la casa y la calle volvió a quedar desierta.

Al día siguiente lo vi. Yo iba y venía por la cuadra en bicicleta, hacía la aburrida y característica vuelta al perro. Luisito salía de su casa. Llevaba una campera de jean que le quedaba grande, estaba mucho más delgado. Lo observé medio con disimulo, me incomodaba la situación, no sé por qué. Bajé la vista al pasar a su lado, creo que él también lo hizo.

Fue en esos días que guardé definitivamente los últimos juguetes. Pasar el tiempo con esas ilusiones de plástico comenzó a parecerme algo medio pavote. Las revistas El Tony y D’Artagnan continuaron en su lugar, nunca me llegaría el momento de abandonarlas.

Fue en esos días también que en la radio comenzó a sonar una música distinta, que cambiaría mi modo de ver las cosas, de sentir, de pensar. La niñez finalizaba.

A la semana volví a ver a Lusito. Con Quique regresábamos de jugar un barra contra barra en el baldío de al lado de la estación de tren. Compramos unas Cocas y alfajores «Capitán del Espacio» en el kiosco de la plaza. Él estaba sentado solo en uno de los bancos. Al verlo lo primero que pensé fue que no se parecía en nada a un soldado, al menos no a los que yo había visto en las películas o en las historietas. Me costaba imaginarlo con el uniforme, el casco, las botas. Muchísimo menos con un fusil en la mano. Después de todo, para mí siempre había sido Luisito, el hijo de Elena y Manuel, el hermano de Marcela y Paula, no un combatiente. Eso era algo nuevo, difícil de asimilar.

Automáticamente, volví a bajar la mirada sin saber por qué. Quique venía comentando instancias del partido, como si no hubiéramos estado juntos ahí un rato antes. Iba sin prestarle mucha atención, a veces me aburría.

—Qué hacés, Pitu— escuché.

Reconocí de inmediato la voz de Luisito.

Me sorprendió. Levanté la cabeza para verlo. Que me saludara, y encima supiera mi apodo, me generó un orgullo especial.

—Qué hacés, Luis— me salió responderle.

—Acá, de vuelta— dijo del modo más humilde.

La diferencia de edad, que trae aparejados otros intereses, hizo que apenas lo conociera. Solíamos cruzarnos por la cuadra o en la plaza, eso sí, como cualquier vecina o vecino.  Ahora lo veía diferente, más cercano. Posiblemente fuera porque yo estaba cambiando.

—¿Querés?— pregunté acercándole la botella de Coca.

Extendió su mano.

—Gracias, che— dijo.

Quique comentó que tenía que regresar a su casa por algo que ni escuché. Saludó y siguió caminando solo. Yo me senté al lado de Luisito. Era una linda tarde de sol, ideal para andar afuera. Le convidé también alfajor. No sabía bien de qué hablar, creo que él tampoco. Me sentía un poco intimidado, pero estar junto a él, aunque fuera en silencio, me hacía sentir mayor, más importante.

Recién después del último trago de Coca fue que me animé a hacerle la pregunta que rondaba por mi cabeza desde que supe que había ido a la guerra.

Miguel Fanchovich

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