UN TEXTO NO CONMEMORATIVO

No soy muy proclive a escribir textos conmemorativos, es decir, referirme a un determinado suceso histórico, motivado por el almanaque. Quizás porque no provengo del ámbito de la Historia ni tampoco del vasto universo de la Comunicación, en donde, de alguna manera, se justificaría.

Sino porque al venir del llano, o en todo caso, de esa parcela siempre inacabada que significa la narrativa de ficción, para la que no hay un tiempo específico, aquella situación, la de lo conmemorativo, en el caso Malvinas y desde lo personal, se me aparece como una especie de trampa culposa de la memoria, esto es, suspender hábilmente el olvido una vez por año.

Siempre nos resultó difícil hablar de Malvinas, nunca supimos qué hacer con eso. La literatura de ficción tuvo algunos acercamientos en la materia, de los que recuerdo quizás Fogwill haya sido el más sobresaliente. El cine, por su parte, también se ocupó del tema, aunque, para mi gusto, con suerte dispar.

La mirada hacia el excombatiente, colocándolo en el plano exclusivamente de víctima, plano del cual después es difícil salir, y que despoja a aquel sacrificio absolutamente de sentido, siempre me resultó, cuanto menos, incómoda. ¿Qué queda para el que le tocó estar, después de eso? ¿Cómo sigue viviendo desde su condición de víctima perpetua?.

Pero, más allá de miradas o posturas personales, seguramente complejas y no exenta de contradicciones, siempre, creo, todo lo referente al tema se convierte en algo marginal.

Quizás el ser un engendro deforme parido por la Dictadura lo vuelva un hecho maldito. Pero no creo que alguien necesite de Malvinas para constatar lo perverso y cruel de la Dictadura. Y por caso, si Malvinas no hubiese ocurrido, eso no convertiría a la Dictadura en menos genocida. Malvinas fue la frutilla en el postre del espanto.

Me gusta pensar que un texto implique, entre otras cosas, no contarle al mundo cómo es el mundo, sino lo que el mundo esconde, tapa y olvida, aunque parezca pretencioso, y quizás lo sea. Y más allá de si, al final del camino, esos textos lo logren o no.

Sin tomar en cuenta las consecuencias en términos de soberanía o geopolítica, Malvinas siempre fue para mí «los pibes». Funciona desde un aspecto generacional, atravesándome por el centro y, tangencialmente o de refilón, en el plano de lo vivencial.

Sería a mediados de abril.

Las islas ya habían sido recuperadas, y si bien hasta ese entonces la idea de una guerra todavía se percibía como algo lejano, ya comenzaba a convertirse en una posibilidad cierta.

Teníamos que dar un paso al frente el que estuviera dispuesto a dar la vida por la Patria. Así, sin más, había dicho el teniente cuyo nombre ya olvidé. Estábamos vestidos y equipados literalmente para ir a la guerra, o por lo menos, en aquel tiempo, eso nos parecía. Después todos supimos que no era así; y en ese momento yo pesaba cincuenta y ocho kilos, mojado.

Se me cruzaban por la cabeza las imágenes de aquel chiquilín que jugaba a la guerra en el patio de tierra de la casa de mi infancia. Los reyes me habían traído, todo de plástico, una ametralladora Thompson, un casco cubierto por una malla de hilo verde, un par de granadas, una pistola y un walkie-talkie con el que hablaba solo y daba órdenes a una tropa imaginaria, mientras estaba cuerpo a tierra «matando» alemanes. Todo aquello alimentado seguramente por la serie Combate, con el inefable Sargento Sanders (Vick Morrow, en la vida real), y aquel: «…jaque mate rey dos, aquí torre blanca, cambio…» ¿Tendría cuánto?: ¿ocho o nueve años?.

Pero ahora estaba ahí, en una realidad de adultos. Jodidamente de adultos. A mí me habían dado un consejo: «Vos siempre en el medio, ni bueno para algo ni malo para todo, ni primero ni último, en el medio». Era algo así como una «exaltación de la mediocridad». Pero se ve que a todos les habían dado el mismo consejo porque nadie se movió en la formación. Parecíamos aquellos guerreros de terracota del emperador chino Qin Shi Huang. Inmóviles.

Éramos una centena de pibes formados firme, bajo la galería de la Compañía B del Batallón de Ingenieros de Combate 101. Llevaríamos poco más de cuarenta días como soldados, es decir, todavía no lo éramos. Y nunca habíamos tenido el deseo de serlo. Simplemente estábamos ahí por una jugada del destino, o del azar, si no son la misma cosa.

Más de un siglo sin estar en guerra con un país extranjero y a estos tipos se les había ocurrido armar una, justo cuando me tocaba a mí. Encima, con la tercera potencia militar de la época. ¿Podés creer?.

Dos o tres se derrumbaron como bolsas de papas. Lo hicieron sin un gemido, sin un sonido que lo preanunciara, así como se viene abajo un árbol talado. Sentimos ese ruido sordo y apagado del cuerpo que se desploma y enseguida el bochinche metálico del fusil y el casco contra el suelo. Movido vaya uno a saber por qué fuerza misteriosa alguien dio el paso al frente. O a lo mejor nadie lo había aconsejado. Pero siempre hay uno, nunca falta, y el resto quedó en offside.

Creo que el flaco huyó hacia adelante. Después de un momento de dubitación, que hoy a la distancia lo recuerdo como una eternidad, empezamos a seguirlo. Primero uno y después otro y otro más, hasta que creo que dimos ese paso todos, menos los dos o tres que se habían desplomado. No fue por valentía, ni por honor, ni mucho menos por un estricto sentido del deber ni por ninguna de esas razones rimbombantes que se escuchan en las películas de Hollywood, o que suelen decirse en esos casos, sino por una simple lógica de manada, casi como un acto reflejo o efecto dominó. Todos huimos hacia adelante.

Después de aquello, salvo el bochorno posterior de los desmayados, no pasó nada. Nadie fue a ningún lado. Aquella escena no había pasado de ser otra cosa que una chicana psicológica. La milicada de entonces solía divertirse con esas cosas.

El pibe venía por la galería del andén.

Era el andén de la vieja estación de ómnibus, en General Paz y San Nicolás. A esa hora de la madrugada, serían las cuatro, había poca gente en la Estación. Era un lunes, supongo que sería ya para diciembre, no lo recuerdo bien, el año si, era 1982.

Lo vi de lejos. Yo estaba con otros tres o cuatro soldados que volvíamos al cuartel después del franco de fin de semana. Ya éramos «soldados viejos», concepto éste que siempre me causó mucha gracia.

El pibe caminaba con dificultad, tenía una pierna muerta y la arrastraba trabajosamente y entonces su cuerpo se movía por oleadas. Llevaba un brazo encogido. Se acercaba a los pocos que había en el andén y les decía algo. La reacción era siempre la misma: un gesto de negación con la cabeza. Era alguien pidiendo.

En las terminales de ómnibus siempre hay alguien pidiendo; alguien que se quedó varado; alguien que tiene que llegar a un lugar y se larga sin un peso movido por vaya uno a saber qué desesperación; gente que anda boyando.

Entonces nos vio. Enfiló hacia nosotros. Nos pidió un pucho. Tenía nuestra misma edad. Ahí reparé en el detalle de que el brazo recogido no terminaba en una mano sino en un muñón, informe, sin dedos. La carne de un color rosado intenso, con la textura rugosa de aquello que se chamusca. Hubo fuego ahí.

Creo que al vernos vestidos con uniforme sintió que estaba entre propios, entre soldados, «son de los míos», imagino pensó. Pero nosotros no teníamos idea, no habíamos estado en el infierno. Dijo que había estado ahí, que hacía poco que lo habían largado del Hospital Militar y que volvía hacia no recuerdo dónde.

No hablamos casi nada de la guerra. Ni sobre lo que le había pasado. Sólo deslizó que había sido herido por fuego de artillería.

El conductor anunciaba desde la puerta del micro que ya partía, así que le dimos un atado de puchos y entre todos juntamos unos mangos, no muchos, a nosotros tampoco nos sobraba nada.

A partir de entonces la guerra para mi dejó de ser algo lejano. Algo que les había pasado a los otros. Por primera vez tuvo un rostro. Alguien real, de carne y hueso. El rostro de aquel pibe del que ni siquiera sabía su nombre.

Varios años después todavía recordaba ese rostro. Pero por sobre todas las cosas, su andar. Su «llevarse puesto» me había quedado marcado a fuego, igual que su mirada. Había en aquella mirada una tristeza profunda, pero no pedía piedad, ni reclamaba lástima, ni era una mirada perdida. ¿De dónde sacaba fuerzas ese flaco incompleto, deshilachado y maltrecho para ejercer tal actitud de decoro? En aquella mirada comprendí que él había dejado de ser un pibe, y yo, por entonces, todavía seguía siéndolo.

Había sobrevivido al infierno de la guerra, y eso era así porque estaba ahí y era real. Lo que no sé, y no puedo saber, es si sobrevivió al infierno de ser sobreviviente. No sé si sobrevivió al dolor y al olvido, o lo que es peor, no sé si sobrevivió al dolor del olvido. Muchos no lo lograron. No sobrevivieron después a su condición de sobrevivientes. Casi la misma cantidad de caídos en combate.

Aquel veterano había funcionado en mí, y eso lo entendí varios años después, como una especie de espejo ucrónico: al recordarlo me devolvía la imagen de lo que yo podría haber sido.

Probablemente escuchábamos la misma música, y nos masturbábamos con la misma modelo de moda que nos insinuaba su cuerpo desde una tapa de revista. Probablemente él también haya jugado a la guerra en el patio de su casa.

Por eso, a casi cuarenta años ya de aquel encuentro, todavía no sé muy bien por donde entrarle al asunto. Por eso ahora estoy acá, tratando de no escribir un texto conmemorativo, un simple formalismo del calendario. No sé.

Ojalá lo haya logrado.

De todas maneras, creo que siempre vale la pena el intento.

Eduardo Viti Correa

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