PALABRAS, PALABRAS | MANÉ

Para los futboleros, hasta aquí, hubo un Mané; uno solo, el gran Garrincha, que conoció la gloria en Suecia ’58, cuatro años antes de convertirse en el auténtico artífice del logro brasileño en Chile. El fútbol, en su extendida interpretación, es tal vez el más poderoso ejemplo de la bisagra que interpretó la televisión. Antes de esta disrupción, la fama de Garrincha era amplificada por los diarios y por el puñado de privilegiados que podían verlo en una cancha, donde compartía con Pelé la magia de un deporte elevado a contornos artísticos.

Después de tantas tardes pródigas, ya fuera del fútbol no supo gambetearle a la vida tal como lo hacía con sus sufridos rivales. Los consumos excesivos y el apego inmarcesible por el carnaval eterno, lo recluyeron en la favela original, donde sin buscarlo demasiado lo encontró el final; el peor final, solo, pobre y enfermo, una burda caricatura de lo que había sido.

El indómito imperio de la televisión mató la imaginación, pero aportó dineros a la indestructible industria del deporte. Se ofrecen partidos de las ligas más recónditas a la vez que los anunciantes terminan engrosando sumas millonarias para darle cuerda al tiovivo.

Gracias a la tele, los más fervientes espectadores tienen a la Premier League como divertimento cercano, y los nombres de sus figuras son pronunciados con fluidez. De ahí nos enteramos de la existencia de un senegalés que milita en el poderoso Liverpool, de Inglaterra: Sadio Mané, que en el equipo del que habrían sido hinchas John y Paul se destaca con nitidez, aunque no tanto como en su tierra, donde es ídolo absoluto y ha sido caratulado como el mejor futbolista africano.

Este extremo izquierdo trasciende sin embargo (y ello lo hace merecedor de estas olvidables consideraciones) por su desempeño lejos de la cancha, ya no mortificando goleros, sino multiplicando sonrisas. Al diluirse los flashes que no han logrado encandilarlo, enfrenta con pelota dominada el contexto áspero de su realidad. A modo de presentación, bastará una frase suya: «Para qué quiero diez Ferrari, veinte relojes con diamantes y dos aviones, cuando sé que en el pueblo donde nací hay gente con hambre». La tiene clara el negro: mucho antes de integrar la nómina de equipistas mejor pagos del planeta, destinaba dinero a los suyos. «No necesito nada de eso. Prefiero que los míos reciban un poco de lo que la vida me ha dado».  

En la pequeña localidad de Bambalí, a orillas del río Casamanza, donde creciera, conoció las necesidades: nacido en una familia de muy bajos ingresos, supo en estómago propio las carencias que se extienden. Su infancia estuvo llena de dificultades y luchas, pasó hambre, lo mandaron a trabajar al campo antes que ir a la escuela y jugaba a la pelota descalzo.

En la exageración ínsita del periodismo deportivo suele caerse en el improperio de otorgar la distinción de «jugador del pueblo» a individuos que requieren de un viaje a Formosa para descubrir la existencia de pobres en la Argentina, o que se niegan a cumplir con un aporte extraordinario que no mellará ni tantito así sus fortunas, y obligan al Estado a largos procesos para que la Justicia los conmine a rectificar sus maniobras de elusión tributaria.

Este Mané entrega mensualmente 70 euros a cada una de las familias pobres de su barrio, donó dinero para erigir escuelas y proyecta la construcción de un hospital. Habitualmente reparte ropa y calzado en los sectores necesitados, con discreción y prudencia porque lo practica desde el sentimiento.

Aquel Mané, el extremo derecho de la pierna más corta y la habilidad más larga, tiene un justificado contrincante en el pedestal de la glorificación popular: el Mané de ahora, quien silenciosamente enseña a tanto millonario lo impropio de la angurria; no proclama mentirosas meritocracias porque no olvida sus orígenes, ni resigna la voluntad de sentirse útil y mejor persona para que otros no estén tan mal. Los dos Mané, éste y aquél, comparten el premio mayor: la felicidad del pueblo.

Rody Piraccini

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