LA MEMORIA ES LA RESISTENCIA DE LOS PUEBLOS

“Si nosotros callamos. ¿Quién hablará?”

(Primo Levi, “Los Hundidos y los Salvados”, 1986)

Un pueblo debería reconocer su resistencia en un ejercicio de cuerpos que colectivamente remitan a aquellas personas de carne y hueso que con su hacer, pensamiento y vida misma pudieron llevar las banderas de la libertad, aunque hecha jirones más de una vez. Rescatar de las zonas ambiguas, los olvidos y el negacionismo que nunca inocentemente los gobiernos neoliberales en complicidad con los medios hegemónicos comunican, es en sí misma una práctica cívica que requiere compromiso y acción.

La capacidad de asombro se siente jaqueada en más de una ocasión y los sentimientos afloran: uno se convierte en náufrago de sus propias creencias, la interpelación nos acorrala entre las sombras y las luces del derrotero histórico. Confluyen en uno, innumerables imágenes que, enmarcadas en los relatos de primera persona, nos exhortan a mirarnos a nosotros mismos para saber si somos capaces de seguir construyendo la memoria histórica. Sorteamos varios atajos y hasta osamos en una acción netamente Nietzscheana: singlar el eterno retorno. Acaso seamos un poco Alicia perdidos en el agujero de la existencia, intentando que la amnesia no nos atrape. Sin embargo, se sale airoso y como en un cuento Borgeano encontramos el camino en el difícil trazado del laberinto.

Citando a Walter Benjamin: «hay historias que deben ser contadas, recordadas, actualizadas; y en el acto de componer esas historias, la práctica de construir relatos y la de hacer justicia se encuentran.» En ese punto de quiebre, la contingencia se pone de manifiesto en el hacer y el decir de: Mariano Moreno, Juana Azurduy, Eva, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Eduardo Galeano, Nora Cortiñas, Stela de Carlotto no solo no fueron en vano, sino que siguen siendo la pulsión de los cuerpos colectivos actuales, nuestra Patria y en el suelo Latinoamericano. En pleno siglo XXI, se torna necesario y hasta imprescindible volver a ellos: sus vidas, sus acciones, sus palabras, agitando la praxis de recordar lo que NUNCA MAS debiera ocurrir.

Perturba saber que sus entregas, puestas sobre la mesa de la retentiva, se deben seguir revisando con el peso del dolor y la tragedia que como Nación tenemos sobre las espaldas. Sin embargo, este puñado de vidas tuvieron y tienen un denominador común, resumidas en una frase de Conti con la impronta del latín: «Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt» (Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán). Quizás sea necesario atreverse a la propuesta del filósofo argelino Jacques Derrida (1930-2004), quien sostuvo que la estrategia de de-construcción se basa en un análisis de las estructuras que componen el discurso. Esta noción, bien se puede aplicar a la búsqueda de las falacias que se ocultan tras las argumentaciones discursivas de los Poderes ubicados a la derecha de las crónicas. Partiendo de esta premisa, podemos y debemos de-construir para revisar los conceptos con la intención clara de descubrir el proceso histórico y cultural que subyace en ellos.

La memoria de un pueblo tiene olor, color, sabor, sonidos. Dista de ser aséptica, inodora e incolora, como nos quieren hacer creer en la construcción de la post-verdad. Tiene agujeros oscuros, sombras y luces. Por momentos se desliza en una suave armonía de remembranzas concatenando imágenes de un pasado a veces glorioso y otras tantas inundado de violentas muertes. Busca ser colectiva para ganar fuerza y sostenerse en el acontecer de los hechos, inexorablemente es imperfecta. Y asume esa condición como su razón de ser. Es impulsiva, apasionada, desborda sus aristas de sueños y utopías. Avanza a través de obstáculos casi imposibles de sortear. Construye un estado de latencia que no puede escapar a la percepción de los sentidos. Es un acertijo en sí misma, compuesta por infinidad de piezas que necesitan ser reconstruidas. Sus fragmentos no se superponen, se abrazan para formar parte de un todo. Constituye el principio de la incertidumbre y tiene la forma de un rompecabezas. Asume la condición de sonoridad, con una simbología que carga con su propia resonancia. Se presenta como un enigma a resolver. No necesita de grandes artilugios para existir, bien puede sostenerse en un pañuelo blanco o en el vidrio astillado de unos lentes. Sujeta ese bello instante que significa abrir una caja y que resuene una melodía. La de todos, la que nos representa, la que habla de libertad e identidad, la que refiere a la Patria, ese trozo de infancia donde todos añoramos caminar, no dejando de reclamar JUSTICIA, NI OLVIDO NI PERDÓN.

María Cobarrubia

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