LA MUERTE DE UN PERONISTA

El viejo tenía un andar de hombre de campo, apaleado desde su niñez por un designio casi gitano: le tocó ser el último de los ocho hermanos y su madre murió tres lunas después de haberlo parido. Desde siempre lo rememoro anciano, había nacido bajo la línea de pobreza y así se mantuvo hasta el 45. Me crie viéndolo caminar despacio, como pidiéndole permiso a las circunstancias. Era blanco como un papel de seda, de venas marcadas y demasiados huesos que delimitaban su anatomía. Sus rodillas estaban carcomidas por una artrosis avanzada que evidenciaba el embrutecimiento de un cuerpo explotado desde muy temprana edad. Sacaba de mí las mejores carcajadas, pues cuando su sangre siciliana lo acorralaba, vociferaba el mayor de los insultos al Cristo de los creyentes y no dejaba santo sin nombrar. Esa manifestación de herejía despertaba mi instinto de libertad y escucharlo era un manifiesto en sí mismo.

Para nuestros encuentros armaba ceremonialmente el territorio, regado siempre por el mate amargo y la galleta marina. La introducción a la misa pagana que ambos sostuvimos durante mi adolescencia, era un partido de truco. Siempre con flor. ¡Qué cabronada de estrategias osamos ambos jugar en cada mano! Cuando cumplí los 15, le vino la necesidad de la revelación. Entonces se presentó vestido para el momento: bombacha que solo se ponía para ocasiones especiales y la camiseta de algodón inmaculada que mi abuela prolijamente planchaba con almidón. Esa prenda que porfiadamente no se sacaba ni en verano, quizás para espantar al fantasma de la tuberculosis que lo dejó huérfano.

Como nunca el agua del mate se hirvió, indicio que el hombre andaba nervioso. Ese día no se cantó envido ni truco. Un viento del este nos acompañó desde el primer minuto haciendo del horizonte una línea espesa que acortaba la nitidez. Se despachó sin titubeos a caballo de la honestidad despiadada que lo caracterizaba y sentenció mientras me alcanzaba el primer mate: ya es hora que te cuente porque soy Peronista. Fue entonces cuando mi abuelo me leyó lo que años más tarde entendí que había sido no solo su declaración de principios sino el mejor regalo que atesoro de mis quince años.

“Desde que mi memoria me acompaña anduve en las márgenes del sistema, no me salvó mi tez blanca ni mis ojos claros. Desprovisto de todo aquello que permite una vida digna, me hice a empujones entre los maizales húmedos del territorio bonaerense. Mucho más no se podía esperar con un padre “golondrina” en la década del 30. Mi hermana mayor fue la encargada de enseñarme lo que hubiese aprendido en la escuela y con ella me vino la pasión de la lectura. Cuando tenía tu edad, me enamoré hasta las tripas de tu abuela. Ella ha sido la costa que siempre me esperó en las horas más tormentosas de mis propias mareas. Nos conocimos trabajando en la estancia del inglés y aprendimos a la par lo que llaman superioridad de clases para unos, portación de condición social para otros. Siempre me gustó hablar y poner sobre la mesa la injusticia, en ese territorio laboral sobraban los motivos de reclamos. En las navidades la familia inglesa aparecía en trenes y con ellos la abundancia de todo lo que ninguno de nosotros tenía. La ostentación no parecía ser para estos católicos un pecado capital. Las sobras de comida en los días festivos se quemaban en una hoguera a la vista de toda la peonada, mientras nos contentábamos con el hueso en caldo que la roldana bajaba a la olla de hierro cada mediodía. Sin olvidar que las tareas de la casa eran requisadas con un guante de seda blanco que la patrona usaba como delator de la tierra, que es parte del inventario campestre y no pereza de la mano trabajadora. La ropa de trabajo se agujereaba a la par de nuestro honor, mientras los míseros jornales los hipotecábamos en el almacén, propiedad del dueño de campo. No había horarios para el descanso, solo para producir más dinero que el estanciero acumulaba en sus miserables bolsillos. Pero un día, la suerte estuvo de nuestro lado. El viento rotó y el aguacero de esperanza por primera vez se posó sobre el pliegue de la miseria: había nacido el Peronismo. Entonces entendimos que la primavera aún eran posible. Descamisados todos, fuimos vistos, escuchados y amorosamente abrazados. Germinó el instinto de la vida, parimos el derecho de sentirnos una masa que caminó hacia una fuente para lavar las heridas de tanta injusticia. Mientras esto pasaba, las tierras de los explotadores eran expropiadas y la mesa de los peones con estatuto incluido, supo de una merecedora comida diaria. Fuimos millones que nos atrevimos a ser fundacionales de nuestro tiempo. Pero nada fue fácil, porque para el pobre, nunca lo será. Y el día más triste llegó un domingo de lluvia, cuando en una masa incontable marchamos sin consuelo ante la irrazonable muerte de Evita. Ese condenado día, me convertí en huérfano por segunda vez.”

Tragando saliva, no pudo seguir con la lectura, mientras secaba sus lágrimas con el pañuelo marrón, de líneas azules. En el mientras tanto, todo a mi alrededor cobraba sentido: la máquina de coser, la dignidad del techo propio, el recibo de su jubilación, las fotos de las vacaciones sindicales, su pequeña biblioteca con La Razón de mi Vida, los recortes de las marchas a la Capital, el cuadro en su mesa de luz con el retrato de Eva. Sentí su mano temblorosa sobre mí hombro conservando para siempre la mirada de un hombre que un 17 de octubre había descubierto la dignidad. Tres años después, sus profundos ojos celestes pasaron a ser recuerdo como una especie de profecía mientras el tiempo quedaba suspendido en el aire. Las celosías de madera conquistadas por el verdín parecieron exorcizar el último aliento. Fue cuando entendí, como reza el realismo mágico que: uno no es de ninguna parte, mientras no tenga un muerto bajo la tierra.

Hoy, el canto de las chicharras envuelve la siesta estival campo adentro. De vez en cuando una lagartija mansa me mira desorbitada mientras camino despacio entre los ajados eucaliptos. Al fijar la vista, el catalejo del estío, hace que se vea desenfocado. Confío que anda por acá, me lo dice una forma de presencia que solo él y yo comprendemos. Lo incorpóreo tiene extrañas formas tangibles de revelarse, lo descifré el día que sepulté al primer Peronista de mi historia familiar.

María Cobarrubia

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