LOS NIÑOS QUE JUGABAN EN SILENCIO

Las limitaciones humanas, las dificultades para desplazarse o comunicarse. Las múltiples posibilidades de las imposibilidades. La búsqueda implacable de alternativas para ser con otros, como los otros, como las otras. La profunda otredad. El encuentro imposible. Salirse del centro. Descentrarse.

El calor es agobiante e impensado en una playa del sur. Parece que son hermanos, niña y niño con su papá. Alrededor de los 10 años ambos. Esa edad en que todo comienza a cambiar, los juegos, el cuerpo y los deseos. El hombre de mediana edad, más bien joven, deja traslucir un cansancio profundo, un agotamiento de años y paradójicamente una paz envidiable. Los probables hermanos están en movimiento continuo, lo que incluye pelota, corridas hasta el agua, forcejeos violentos y amorosos, revolcones en la arena caliente. Todo esto en un inexplicable silencio, solo algunos gestos casi imperceptibles, algunos ademanes que ni llegan a ser señas.

Toda la escena es fascinante, es como espiar por el ojo de la cerradura un encuentro íntimo, desconocido y despojado de toda pose, de toda especulación.

Mi total desconocimiento del tema, me acerca sin prejuicios ni supuestas conjeturas científicas. Mi mirada se reduce a descubrir los esfuerzos naturales para entenderse, el lenguaje de los cuerpos. Y las miradas, sobre todo las miradas. Seguramente habrá explicaciones, pero no las quiero, ni las necesito. Satisfacer ciertas curiosidades suele ser un acto de profundo egoísmo, lo que en el barrio se denomina paja.

Me resistí estoicamente a googlear sobre posibles enfermedades, síndromes varios, descripciones pseudocientíficas y otras yerbas, esas que abundan hasta el paroxismo en la red de redes que atrapa el universo.

Desde los pocos metros que me separan del trío, puedo observar lo que parece un audífono sobre la oreja del niño, inmediatamente conjeturo sordera o algo así. Lo cierto es que el varón no habla, solo emite muy de vez en cuando unos sonidos casi guturales pero leves, como no queriendo importunar la tranquilidad propia y de los vecinos ocasionales.

Jamás vi a nadie que se comprendiera tanto, ni grupo humano, por pequeño que fuera, que casi como una orquesta fluyera en armoniosa sinfonía, sin estridencias, esas leves músicas que mejoran el silencio.

Ese amor primario, despojado de todo comercio, desnudo de toda especulación. La más tierna animalidad de lo gestual.

Puedo imaginar aquellas vidas en todas las rutinas comunes, en lo compartido, en las sencillas alegrías y hasta en los tremendos dolores.

En aquella escena cotidiana, de comunidad profunda, radica la esperanza del mundo. Todo lo demás puede obviarse, todo objeto de consumo, evitarse. Cuerpos y sentidos. Miradas y caricias. El bellísimo contorno de los seres. Naturaleza siendo.

Fabián Del Core

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