UN HUECO DE SILENCIO

Arriba.

Fui hombre, fui pobre, tuve un canto en la garganta, fui compañero de mis compañeros.
La noche llenaba los patios de música.
Tuve mis sueños, tu boca, tu alegría. El cielo se rompió en mil tristezas cuando te llevaron.
Recorría las fondas, me gustaba el vino tinto en solitario.
Desde chico me fui guardando el hambre para ponerlo en la lucha.
Ya estuve en esta isla, cuando era pájaro. Quería andar por donde Haroldo había andado.
Un acordeón que se abre y cierra, el río en su infinito vaivén. Eterna primavera del verde florecido.
Pero en el último viaje era otra la isla, ahora estaba maldita.
Los motores de las lanchas, el trapo sucio sobre mis ojos, el aire mojado con olor del río.
Ya éramos olvido. Ya nada ya nadie. Otra vez en ninguna parte.
Como fantasmas con grilletes.
Fui junco, cuerpo descalzo, pies de limo, camalote, manos de sangre, espinillo, no un ciruelo con flores.
Yo estuve arriba. Entre pajonales desmontando sauces y casuarinas. Construyendo nuestra tumba en un sótano ciego. Albañil del rancho del verdugo. Donde grita la isla hay un hueco de silencio.

Abajo.

No recordaré como llegué aquí. Guardaré algunas imágenes vagas de mi otra vida.
Estaré apenas vivo.
-Quisiera aprender a llorar y luego morir, – me dirá el guardián, mientras velamos a una compañera.
Me dejaré ir, lo escucharé cantar en italiano:
“nessun dorma, nessun dorma,
ni siquiera tú, princesa en tu fría habitación”
Y otra vez me deslizaré hacia el olvido.
Me desentenderé de los pasos que arriba resonarán sin pausa, me apartaré de las voces y viajaré a los días de mi infancia.
Correré entre cañas que alcanzarán las nubes, jugaré a una guerra donde ganamos nosotros y salvaré a una hermosa muchacha que me besará apasionadamente.
Otra vez arriba la madera golpeará nuestro letargo, chirriará el espanto, todo se repetirá. Otra vez los aguijones eléctricos que sacudirán mi cuerpo, que no parecerá mío, que no parecerá un cuerpo. Que no será mío ese cuerpo que se me parecerá. Lo veré tendido, sobre el piso mojado. Luego se incorporará y andará por un sendero que no conducirá a ninguna parte, lo dejaré ir, me internaré otra vez en el pasado ¿Serán recuerdos inventados? ¿O será inventado ese aquí y ahora que, no será ni aquí, ni ahora?
Pero ese cuerpo volverá en sí, con sus estremecimientos y me clavará una certeza.
Llegará el guardián, no será el mismo esta vez, el mecanismo es así, otra cara y una voz diferente para cada juego. En esta aparición, entre tanto prepara los aparatos, me recitará de memoria una receta de arepas que le dictó un convaleciente. Cuando termine la serie, de este engranaje que yo estoy a punto de afrontar, me besará la frente y se irá a jugar con su hijo.
Me entretendré tratando de anticipar la nueva sesión, ¿será eléctrica, acuática? O las transfusiones, indoloras pero convincentes, que se vierten a un balde donde se coagula el tiempo.
Creeré que es mi cabeza la que veo sumergida en el balde, mis oídos se llenarán de sangre y aun así oiré al guardián contándome que su mujer lo acaba de abandonar.
Moriré nuevamente como todos los días.

Fernando Crespi

El texto se refiere a un centro clandestino de detención, tortura y exterminio, en una isla del Tigre llamado "El silencio".

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