CUANDO HACE LA CALOR

Tengo predilección por aquellas narrativas en las que una geografía hostil y las inclemencias climáticas adquieren relevancia hasta volverse antagonistas. La selva misionera de Horacio Quiroga, el Yukón de Jack London, la Patagonia salvaje y los mares australes de Lobodón Garra (Liborio Justo), o la Antártida de Atrapados en el hielo de Caroline Alexander son algunos ejemplos.

El tema de hoy -tal como lo advierte el verso del “Romance del prisionero” puesto a titular este escrito- es la canícula en cuatro historias que se desarrollan dentro de un marco geográfico ubicado entre Santa Fe y Chaco. En todas ellas el calor afecta a los personajes y de alguna manera los condiciona en su forma de actuar, en sus percepciones.

La primera historia pertenece a la novela Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued. Título prometedor para hablar de las altas temperaturas. El protagonista es Cetarti, un joven desempleado que pasa sus días viendo documentales por televisión y fumando porro. En esos menesteres está cuando recibe una llamada inesperada desde Lapachito. Debe viajar de urgencia, su madre y su hermano han sido asesinados. En ese pueblo chaqueño debe reunirse con Duarte, militar retirado, albacea de Daniel Molina, la pareja de la madre de Cetarti, también su homicida. Molina se ha suicidado luego del crimen.

La frase con la que Busqued titula la novela la enuncia en el cementerio la viuda de Molina. Ha entrado furtivamente con su hijo, un muchachito llamado Daniel Molina, al igual que su padre. La mujer pretende exhumar clandestinamente el cuerpo de otro hijo, muerto antes de que Danielito naciera. En la tumba figura: “Daniel Molina, 2-12-1972/ 10-4-1973”. Danielito siente un escalofrío cuando lee la inscripción. La madre, con la mirada puesta sobre el suelo reseco, dice: “Pobrecito, todos estos años bajo este sol tremendo”.

El encuentro de Cetarti con Lapachito es desolador, un preanuncio de lo que viene. Al bajar la ventanilla “lo golpea una bofetada de olor a mierda”. El sol cayendo a plomo, las calles “descuidadas y cubiertas de una fina capa de barro”, los frentes de las edificaciones con la pintura descascarada y con manchones de salitre. Al hablar con Duarte se enterará de que esa fina capa de barro es producto de las napas y los pozos sépticos desbordados.

“Cetarti había prendido el aire acondicionado y adentro del auto hacía frío, pero a la vez el sol que pegaba a través de los vidrios hacía arder la piel como si no mediara protección. La piel sudaba y el sudor se enfriaba y las sensaciones de frío y ardor no se anulaban sino que coexistían de una manera desagradable. Lo mismo era mejor que estar afuera (…) El paisaje del pueblo se deslizaba alrededor del auto, casi brillando con la iluminación malignamente potente del sol”.

En El viento que arrasa, primera novela de Selva Almada, el Gringo Brauer es mecánico, vive a la vera de la ruta, en medio del campo, a varias leguas de Gato Colorado, al norte de Santa Fe, en el límite con Chaco. En el terreno se amontonan “carrocerías de autos, pedazos de máquinas agrícolas, llantas, neumáticos apilados: un verdadero cementerio de chasis, ejes y hierros retorcidos, detenidos para siempre bajo el sol abrasador”.

Con Brauer vive Tapioca, un adolescente. La madre se lo dejó al Gringo cuando tenía ocho años. La mujer apareció un día con el niño aduciendo que el chango era hijo suyo y que ella no podía seguir criándolo. Tapioca se llama José Emilio. Brauer dejó de enviarlo a la escuela. Al Gringo le importa más que el chico aprenda sobre la naturaleza y el trabajo. Además, con que ya haya aprendido a leer, escribir y a sacar cuentas le resulta suficiente.

La trama de la novela echa a andar cuando llegan, con el auto a remolque, el Reverendo Pearson y su hija Elena, casi de la misma edad que Tapioca. El reverendo es viudo. Deben esperar a que el Gringo Brauer arregle el vehículo para continuar el viaje. Hace calor, mucho calor, demasiado. Por algo “el buen samaritano” que accedió a remolcarles el auto hasta lo del gringo les anticipó apenas subieron a la camioneta: “Bueno, pues, bienvenidos al infierno”.  Elena, enojada, no quiere bajar del auto. El reverendo le pide que lo haga, quiere que beba algo. Le preocupa que haciendo tanto calor le baje la presión. La jovencita finalmente desciende, cierra dando un portazo y se acomoda la falda pegada a su cuerpo por el sudor.

El arreglo del auto se demora, el Gringo no le encuentra la vuelta. El predicador camina a la vera de la ruta, el viento caliente se embolsa en su camisa.  Camina y recuerda, rememora una parte de su pasado. Acalorado detiene su marcha. Con un pañuelo se seca la transpiración. El viento caliente sigue soplando, “el aliento del diablo”. Se sienta. Piensa en Tapioca, quiere rescatarlo. Lo cree “limpio, como un recién nacido; sus poros abiertos para absorber a Jesús primero y para respirar Jesús después”. Pearson ve en el muchacho más que a su sucesor, a la persona que él mismo no logró ser.  Antes debe vencer la negativa tenaz de Brauer. El Gringo le ha dicho: “El Tapioca no necesita ningún Cristo. Él sabe lo que está mal y lo que está bien. Y lo sabe porque se lo enseñé yo, Reverendo”.

El título de la tercera historia nos anuncia una trama policial. Se trata de La pesquisa, de Juan José Saer. La trama que urde el magistral Saer es bastante más compleja que aquellas que caracterizan a los relatos policiales tradicionales. Se divide en dos planos narrativos, uno trascurre en la ciudad de Santa Fe, el otro en París. Uno contiene al otro como relato enmarcado. El policial se lo cuenta Pichón Garay a sus amigos, Soldi y Tomatis, tres personajes recurrentes en la narrativa saeriana. Los tres están en la capital santafesina, en el mes de marzo.  En ese marco temporal y geográfico el calor es una obviedad y está presente a cada momento. Es constante y explícito, aunque se trate de un componente más bien irrelevante para un análisis de una novela rica y compleja, como lo son todas las de Saer. Por eso mismo es que me interesa ponerlo en primer plano. Mi intención es rescatar los aspectos irrelevantes, hacer foco en ellos.

Pichón Garay viene de París, ha estado bastante tiempo sin ver a sus amigos. En esta inaugural reunión de reencuentro, por el calor y por encontrarse en “la capital nacional de la cerveza”, beben la espumosa y helada bebida. En un lapso, Pichón se pregunta si acaso, por no haberse movido de Santa Fe, Tomatis “no se ha dejado contaminar por cierto etnocentrismo provinciano”. Garay bebe un largo trago de cerveza. Tomatis que lo observa, comenta con “una sonrisa malévola: Ha sido siempre la cerveza más mala y más fría del mundo occidental”. Soldi, tal vez algo intimidado por “el aura parisina de Pichón”, simplemente sonríe.

“Aunque es ya veintiséis de marzo, está haciendo todavía muchísimo calor. Demorándose, el verano parece haberse también intensificado, a causa de la acumulación constante de temperatura que viene de semanas y semanas. Es un calor húmedo, un poco embrutecedor. No hace falta cansarse para sentir el cerebro febril y como apelmazado; ya desde el despertar, en el alba caliente y sudorosa, después de algunas horas de mal sueño, un letargo diurno se instala en la vigilia enturbiando, con su vaho grisáceo, la transparencia móvil y tenue de la mente”.

Para ir terminando esta sucesión de relatos, si de calor hablamos, tenemos la archiconocida y “mundial” historia del Gordo Luis, que “casi se convierte en otra víctima del capitalismo salvaje”. Cuento pergeñado por el Negro Fontanarrosa.

Recordemos al Gordo Luis, un gigantón de unos ciento veinte kilos que para juntar unos mangos por “estar en la lona” debe disfrazarse de Papá Noel durante un diciembre rosarino:

“Doce del mediodía, pleno diciembre, un sol que rajaba la tierra, un calor infernal, los pajaritos que se caían muertos al piso por la canícula, se venían en banda y se desnucaban contra la vereda… y el Gordo ahí, che, con el traje de lana gruesa, barba y bigote, sacudiendo una campana de papel maché o algo así y dándoles caramelos a los chicos que se juntaban para verlo. (…) Al Gordo le corrían ríos de sudor sobre la piel, ríos, torrentes que le empapaban acá, acá, acá, las ingles, las pelotas, las pantorrillas, ríos que le inundaban las botas, por ejemplo. Me contaba después -porque todo esto me lo contó él mismo- que sentía las botas llenas de agua, como si las hubiera metido en un balde de agua caliente, le chapoteaban. Todo alrededor, no te miento, todo alrededor, en el piso, en un diámetro de ocho metros más o menos en torno al Gordo, parecía que habían baldeado. Toda la vereda mojada, de lo que chivaba el Gordo, se le saltaban los goterones de la cabeza, parecía las Aguas Danzantes el Gordo, imaginate”.

Quienes ya conocen el relato de Fontanarosa pueden seguir por su cuenta repasando la historia otra vez y tantas más. Quienes no lo hayan leído, deberían hacerlo, pero después, puesto que ya hemos hablado bastante sobre el calor y estamos en pleno verano.  Es momento de ir a por una jarra de vino blanco bien helado.

Miguel Fanchovich

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