PORTADOR DE LUZ

El registro civil de Bell Ville, una casona del año 1930, con pisos de madera ahora bamboleantes y ruidosos, donde la humedad lo ha ganado todo. La funcionaria a cargo, con un delantal gris cielo gris, visiblemente desalineada, tiene un gran rosario, con cuentas de ópalo blanco, colgado al cuello, toma mate cocido con sorbos estridentes y mastica de un costado un bizcocho de grasa. Su escritorio vencido por la carga de cientos de carpetas negras. El ventilador cruje de tal manera que parecería a punto de dar su último aleteo. Esperando estaba un hombre, con una camisa verde apio amarillento, abrochada hasta el último botón. Su mujer, con un bebé en brazos. Cuando la empleada tragó el bizcocho, con voz pastosa llamó: -El que sigue.

El hombre avanzó hasta el escritorio -Vengo para anotar al niño, dijo escuetamente. La empleada, como rezando un padre nuestro le respondió -DNI del padre y de la madre, original y copia…

-Yo soy el padre original, no tengo copia, dijo el hombre haciéndose el chistoso.

-¿Qué dice?, preguntó ella de muy mal humor.

 -Que soy… nada, un chiste. Usted no es cordobesa, ¿no?

-No, DNI, original y copia.

-¿Y de dónde es? Si puede saberse.

-Además certificado de nacimiento original de padre y madre.

-Para mí que usted es rosarina, dijo el hombre mientras entregaba los papeles requeridos para el trámite que acababa de extraer su compañera del bolso. La empleada se tomó su tiempo para estudiar los documentos y registrar todo en un cuaderno Gloria de tapa blanda. Después de largos minutos concentrada en su minuciosa e infantil caligrafía, aclaró, con ánimo evidente de entorpecer el trámite:

-Se solicitará acuerdo sobre él o los apellidos que llevará el hijo y en qué orden. Si los padres no llegan a un acuerdo, se determinará por sorteo.

-López, como el padre, ¿cierto querida? Su mujer, hermosa, llevaba un vestido rosa pálido, asintió con timidez.

-Ya ve señora, estamos de acuerdo, dijo el hombre desafiante.

Cuando la jefa del registro le preguntó cómo le pondrían al bebé, él miró en derredor y con una sonrisa pronunció un nombre que transfiguró a la funcionaria congelándola en un gesto de estupor.

-Ese nombre no le puede poner.

-No se lo voy a poner. Él ya lo tiene. Así se llama, ¿me explico?

Ella fue mutando desde su amarillo natural a un naranja de San Pedro y la discusión se hizo añicos cuando gritó a garganta pelada que ese nombre no estaba autorizado y mucho menos permitido por el registro nacional de las personas. -Además ¿Quién daría trabajo a un muchacho con ese nombre? ¡Por Dios! Suspiró, sintiéndose la heroína del cuento.

-Vea señora, ya que habla de Dios, yo le voy a explicar. Ella intentó interrumpir, pero él con un solo gesto la dejó con la boca abierta y el dedo índice de su mano izquierda señalando algo que ya no recordaba, el siguió con su relato. -Soy Hombre, Hijo de Dios, creado por Dios a su imagen y semejanza, de modo que los hombres somos todos como dioses en apariencia, ¿me sigue? -El culiao hizo una suerte de auto clonación de sí mismo, porque supuestamente estaba aburrido de soledad y necesitaba semejantes para conversar y sentirse un poco acompañado. Aunque estaban los ángeles, pero tal cual dice la biblia a estos seres no les importaba nada, andaban por el cielo riéndose de cualquier paparruchada, no decía exactamente así porque estaba escrita en arameo, ¿se entiende? -Nosotros somos seres de luz, decían los querubines, parecían fumados y el Quía no podía conectar esa frecuencia, ¿me sigue? Entonces como le decía, el Demiurgo crea al hombre, pero el hombre en su rutina narcisista no lo entretenía demasiado, ahí al jefe se le ocurrió lo de la mujer y después viene lo de la manzana y todo eso que ya sabemos. El resultado fue que al tiempito nomás, África era una romería de gente, y le digo África por decir algo, también había otros lugares, aunque menos turísticos, poblados de hombres y mujeres que se dedicaban a las tres c, cazar, comer y copular. Los ángeles estos, al ver el tremendo jolgorio y cachondeo que reinaba en la tierra, comenzaron a interesarse por esa vida, terrenal, licenciosa y divertida, que ellos seguían como a una telenovela, convirtiéndose así en los primeros voyeurs del universo todo, ¿se da cuenta? Y ya le empezaron a decir al creador, que querían ir a la tierra, con la excusa de brindar a Dios un servicio de comunicación de ida y vuelta, -Como para hacer algo, decían los Serafines. Y al Señor, que por más omnipresente que fuera no podía estar en todos lados, le pareció buena idea y envió a un puñado de ángeles de misión a la tierra. Los tipos no volvieron más, se quedaron eternamente de parranda. Algunos otros ángeles, que permanecieron arriba, después de unos pocos cientos de años, empezaron a inquietarse y a pedirle al jefe que los enviara a rescatar a sus colegas, que de seguro estaban en problemas, mentían. Dios les contestó que era bueno, pero no lo iban a tomar de pelotudo y que ni un ángel más a la tierra y que esto y lo otro. Entretanto, esta respuesta encendió a los seres alados, que, ofuscados, se le rebelaron al Mismísimo. Eran unos cuantos, pero Dios sin más ni más los agarró a uno por uno de la manija del culo, si me permite, y los arrojó a todos por la ventana. De ahí los ángeles caídos, según la sagrada escritura. El primer ángel descielado por el Que te jedi se llama como el nuestro. Y como el bebé nuestro nos cayó del cielo… o sea, está claro, ¿me explico?

Y haciendo chasquear los dedos cerró la boca babeante de la doña. Ella revoleando los ojos y con cara de esperar que alguien acuda a salvarla, buscaba algo que pronto hizo emerger de entre el polvo y las carpetas. Era un libraco que entregó rudamente al hombre. -Señor López, en este libro hay más de dos mil quinientos nombres, de lo más variado, para todos los gustos, creencias e ideologías. Elija uno y terminado este asunto ¡Por Dios! -Remató mientras se besaba el Rosario. Entonces y al mismo tiempo de una décima de segundo él estuvo tras de ella tirando del rosario de cuentas de ópalo blanco hasta que la vio toda de un rojo sandía calada colorada y apretó -Ponga ahí, escriba, Lucifer… muy bien, Lucifer López, eso, ahora el sello… deje lo pongo yo. Selló con un golpe letal aquí y allá. Mientras oraba: tu voluntad es la ley de Dios y si no hubiera dios, tu voluntad es la ley, dio un último apretón al rosario de cuentas de ópalo blanco. Juntó las cosas del escritorio hizo un gesto a su mujer y salieron los tres. El niño portaba una luz propia.

Fernando Crespi

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