COINCIDIR AL SUR DEL RÍO DE LA PLATA

A la hora de recopilar lo vivido, reconozco mi carencia de echar raíces en lugares físicos, quizás la vida de nómade que llevé desde que tengo uso de razón sea la causa de esa falta. Esa condición de traslado en el siglo veinte fue dada por contratos de alquileres que mis padres no renovaban. Así pues, cuando llegaba la costumbre del hábito, un flete de mudanzas se hacía presente y desarmaba mis planes a largo plazo. Esto tenía su costado lúdico: descubrir lugares, vecinos, olores, nuevas líneas de colectivos urbanos. En fin, cada dos años pisaba desconocidas rayuelas que me transportaban a diferentes cielos.

De aquel tiempo me ha quedado el apego a la incertidumbre. Eligiendo el vuelo sin red, con la carencia del verbo en su conjugación definitiva. Con la adultez comenzó a roer mis orillas, el escuchar relatos de mis pares que hablaban de la nostalgia que les traía la esencia de ese lugar que los formó. El reconocimiento del territorio que refiere a uno: el trozo de infancia habitado y que con los años se convierte en el refugio uterino de la propia memoria, abarrotado de anécdotas. Fue por ese entonces, que definí como propia no la casa donde fue posible la renovación del contrato, sino la vivienda de la vereda de enfrente en la que vivían “los uruguayos”. Ese espacio habitado por una mística que marcaría para siempre el horizonte de mi propia madurez.

En este amasijo de evocaciones me encontraba cuando el aguacero comenzó a apoderarse del horizonte y en cuestión de segundos se concentraron varios mililitros de agua en el parabrisas del auto. Tanto así que me costaba disipar con nitidez el lugar que tenía frente a mí. Aunque ni el diluvio bíblico haría de aquella calle un lugar desconocido para mi propia existencia y menos aún desconocería esa fachada habitada hoy por el abandono. Con la capacidad de aire casi agotada por esas emociones que pujaban por salir, bajé a la vereda y contemplé aquello que ya había dejado de ser. La lluvia se convirtió en una garúa cerrada y como la letra del tango: me descubrí en ese punto cardinal, volviendo a la niñez desde la luz.

Entonces osé traerme a la memoria y me vi perderme en el interior de aquel frente sin revoque que solo ofrecía los ladrillos al descubierto. Una puerta de entrada apoyada sobre tres escalones mal encuadrados y un dintel corroído por el mismo óxido que envolvía cada tramo de la única ventana que daba a la calle. Al entrar, un largo pasillo que veía la luz en un patio interno y a su derecha todas las piezas, que remataban en la cocina y el baño. Al costado izquierdo, una escalera caracol que a sus pies tenía una batea de piedra lisa y en su final, un rectángulo gris que oficiaba de terraza cuya única ornamentación eran varias filas de soga con broches. La pintura de notoria ausencia en el exterior también lo era en el interior, o al menos no el color durazno con el que se pintaban los ambientes de mi casa setentosa. En su reemplazo una brocha de pintor sin oficio había extendido por todo el perímetro de la casa, a una altura considerable tres franjas: azul, amarillo, azul. Recortes de fotografías sin encuadre ni vidrio, habitaban las paredes xeneizes y descascaradas.

El olor a tortas fritas hechas en grasa aligeraba mis pasos al entrar, mientras saltaba entre los huecos de las baldosas que le faltaban al piso. Sobre el fogón el mate cocido caliente me esperaba junto a Paula, la niña menor de la casa, esa entrañable amiga que no me he permitido olvidar. Junto a ella la vida se tornaba genuina y entrañable. Nuestros encuentros no tenían tiempo, la eternidad se los fagocitaba. Mis posesiones terrenales contrastaban ampliamente con las de ella, en mi casa moraban las muñecas a pilas, las peponas que colgaban en las paredes de mi dormitorio, libros de cuentos y velador para mí sola. Sin embargo, ella poseía un valor en sí mismo, intangible y sin fecha de vencimiento: la imaginación. De modo tal que juntas dábamos por tierra cualquier obstáculo que no nos permitiera sentirnos libres. Convertimos su casa en un territorio apto para la aventura: fuimos Alice sin Sombrerero en el largo pasillo de las habitaciones mientras el Capitán Nemo a bordo del Nautilus se asomaba entre las goteras de los interiores. Conquistamos nuestro propio País de Nunca Jamás en la frontera norte del patio y hasta nos convencimos de habernos cruzado en varias oportunidades con el Capitán Ahab, no así con Moby Dick. Nada detenía nuestras travesías, solo la inmensidad de un cielo estrellado que observábamos con detenimiento en las noches estivales. En ese mirar, encontrábamos constelaciones perdidas en el tiempo, “panza arriba” sobre el cemento del techo. Y las voces de los vecinos tomando fresco en la vereda se escuchaban como un eco encantado.

En un tiempo de cielo veraniego, Paula tuvo un arrebato despiadado de carencias económicas. Eran las vísperas de noche de Reyes y su honestidad fue brutal.  Con la ansiedad de la niñez a flor de piel, bajo un sol desalmado en la siesta de enero, me dijo a secas ante mi larga lista de pedidos con marcado sesgo de consumo capitalista: -los Reyes son una mentira, son tus padres-. Y caí en el más profundo desconcierto que conlleva lo irremediable de la certeza. Instintivamente y por primera vez, rompí la barrera del vínculo más amoroso y arremetí contra ella encarando ambas una batalla cuerpo a cuerpo, que terminó con mi frente burguesa lastimada bajo el triunfo de los nadies.

La lluvia fue tomando forma de caricia e instintivamente pasé mi mano por mí rostro, ahí seguía estando cuarenta años después la presencia uruguaya, en una marca que ni la adultez ha hecho desaparecer. Al tiempo de aquel episodio, la oscuridad se reafirmó con fuerza de nuestra Patria al son de las marchas militares y las hormonas juveniles de nuestros cuerpos. Sin preámbulo ni despedidas pactadas, la casa quedó vacía y la familia vecina retornó a su tierra rioplatense. Nunca volví a ver a mi amiga, sin embargo, el significante que en ella encontré de la lucha de clases es parte de mi construcción como sujeto social. Quizás sea por ese motivo que volver a su casa, es retornar a ella teniendo siempre el corazón mirando al sur.

María Cobarrubia

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