CLAUSURAS

Hace unas semanas ya que el gobierno decretó el aislamiento social preventivo y obligatorio.  Afuera juegan algunos perros, la calle es de ellos. Los humanos dentro de sus respectivas cuchas. El sonido del tránsito ha desaparecido y se pueden oír con facilidad los trinos de los pájaros. Al menos en los momentos en que los perros declaran una tregua en sus conversatorios ladrados. Siempre y cuando a ningún vecino o vecina se le ocurra compartir con la barriada, a todo volumen, sus cuestionables gustos musicales. Es la hora de la siesta, aunque en estos días casi cualquier hora puede ser la hora de la siesta. Tirado en la catrera leo un cuento sobre las cuitas de un hombre mundano que opta por la vida en los claustros. 

Un aislado social por prevención y con obligatoriedad de cumplir el aislamiento lee sobre un enclaustrado voluntario. Lo anoto en un cuaderno, por ahí sirve.

Más de un año después, encuentro esa anotación. Me da la idea para el tema de este artículo: algunas clausuras en la literatura.

El ermitaño y las visitas

Petesburgo, año 1840, Stepán Kasatski es un joven militar perteneciente a una familia aristocrática, ayudante de campo del emperador Nikolái Páblovich. Aunque de carácter un tanto colérico, logra sobresalir gracias a su amor propio. Necesita distinguirse y se entrega por entero para conseguir hasta la más nimia de sus metas. Este prometedor oficial, al que se le augura una carrera brillante, de manera sorpresiva, un mes antes de su casamiento, pide ser relevado de su puesto. Rompe su compromiso matrimonial con la condesa Korotkova y cede sus escasas propiedades para retirarse a un monasterio. Hay una causa para esta intempestiva decisión, o una de tantas: La bella Korotkova a días de la boda le confiesa que es la amante de Nikolái.

Kasatski, tal como lo hizo antes en la academia militar, en el monasterio se esfuerza por llegar al máximo de perfección en su vida monacal. Luego de seis años es ordenado sacerdote. Al séptimo año comienza a aburrirse. Entiende que ya ha aprendido todo lo que se puede aprender allí. Pasa a una abadía en la capital, pero las tentaciones citadinas comienzan a atormentarlo, también el exceso de orgullo.

Desde el monasterio de Tambino se han comunicado con el abad para saber si cuenta con algún hermano que quiera vivir allí. Tras dieciocho años de clausura, ha muerto un anacoreta y su celda ha quedado disponible. La celda es una cueva abierta en la montaña. Hacia allí marcha Kasatski por consejo de su padre espiritual. Vive años recluido en su ermita, y continúan las tentaciones atormentando su alma. Poco a poco se va imponiendo conductas más rigurosas y se aleja de lo que considera superfluo. Llega a alimentarse solamente con pan negro.

La historia no termina aquí y no me detendré en el tramo final. Solamente voy a agregar que en un determinado momento, y por la visita intempestiva de una mujer, el ermitaño va cobrando notoriedad y cientos de fieles comienzan a peregrinar hacia su cueva. El anacoreta empieza a llevar el encierro rodeado de gente, lo que parece ser una paradoja, o simplemente una desafortunada chanza.

(El padre Sergio, León Tolstoi)

El escondido

María tiene cuarenta años, es obrero de la construcción, un hombre delgado, fibroso y de pocas pulgas.
María se llama José María, pero ha naturalizado que lo llamen por su segundo nombre. Está de novio con Rosa. Rosa tiene veinticinco. Se conocieron en la cola del supermercado cercano a la mansión de los Blinder, donde ella es mucama. La obra en la que trabaja María se halla a dos cuadras de la casona, él vive en Capilla del Señor.

Una mañana José María llega a la obra portando un paraguas, aunque el cielo se ve diáfano. Ha salido de su casa de madrugada, entonces se cernía amenazante una tormenta que nunca llegó. El capataz encabeza las bromas de sus compañeros. María, molesto, se le planta, discuten. La situación se pone tensa. El capanga lo agarra del brazo y amenaza con echarlo.

María suele acompañar a Rosa hasta la mansión. En el barrio comienzan a conocerlo. Por su carácter se granjea dos adversarios, el portero del edificio lindero a la casa de los Blinder e Israel, un rugbier nazi de veintisiete años que vive en el mismo edificio y es hijo del presidente del consorcio.

Con el portero tiene un altercado el día en que conoce a Rosa. Ni bien se despiden, cuando María pasa por la vereda del edificio de regreso hacia la obra, el portero, haciéndose el desentendido, se pone en medio para interrumpirle el camino y que deba pasar por detrás mientras lo observa. “¿Qué mirás, pedazo de boludo?”, le suelta desafiante María. El portero en ese momento no reacciona, pero a las horas, cuando el obrero vuelve a pasar, le exige un pedido de disculpas que María no le dispensa. Solo suelta una risita y continúa su camino. El portero, frustrado y rabioso, llama por teléfono a Israel, le cuenta lo sucedido. Es Israel quien toma la posta para provocar a María. No le sale bien la jugada. María se le para de manos y le rompe la trucha. El rugbier cae de culo en el umbral del edificio con el rostro ensangrentado.

 El capataz llama a María para pedirle explicaciones por su conducta con gente del barrio, alguien le batió del altercado. En medio del diálogo, el jefe deja escapar un despectivo “basurita”. Esto desata una nueva discusión que culmina con un “agarrá tus cosas y mandate a mudar ya mismo de acá”. María obedece, recoge sus pertenencias y se marcha.

Todo lo anterior se cuenta en los tres primeros capítulos. La lectora o el lector poco después se enterará de que el capataz fue hallado muerto en la misma obra y que María se metió subrepticiamente en la mansión de los Blinder y se ha instalado en la bohardilla, en el último piso. Nadie, ni siguiera Rosa, desesperada por la repentina desaparición de su novio, sabe que está oculto en la casona.

Escondido, clandestino, como un fantasma o un Gregorio Samsa, va a vivir José María de ahí en más, volviéndose testigo de todo lo que pasa en el hogar de los Blinder.

(Rabia, Sergio Bizzio)

La abandonada (Zona de exclusión)

Malofienko regresa al lugar donde nació. Lleva un cuaderno donde toma notas. Quiere juntar testimonios para un documental.

Leonid y Nikolai son sus guías. Con ellos entrará a la ciudadela. Malofienko, Leonid y Nikolai observan un mapa. Los guías con un “ni” (no) le indican los lugares vedados y con un “tak” (sí) los sitios posibles de ser visitados. Un “ni” para el sector cercano al sarcófago, otro para la zona donde habitan los lobeznos y las chinchillas rabiosas. “Tak”: Parque obrero de diversiones, avenida Lenin, etc.

Hay una zona de exclusión que clausura a los humanos el ingreso a la ciudad abandonada. En torno a ese anillo se ha formado otro tejido urbano. Bandas de saqueadores ingresan a “la ciudad dormida”, y también turistas.

Una calcomanía pegada a un Lada sin puertas: “pripyat.com”.

“Vehículos sin ruedas que existen sólo para crear la ilusión de un tiempo detenido hasta nuevo aviso”

Han quedado hijos abandonados y han crecido. Se juntan en la plaza. Sus padres prometieron regresar por ellos, la radiación los mató antes. Se han vuelto guardias de la ciudad deshabitada. Si encuentran un saqueador, “los jóvenes lo cuelgan en el parque de diversiones”.

El destazador faena animales contaminados. Tiene extraños sueños que lo perturban. Por ejemplo, sueña con una vaca que en vez de huesos tiene espinas de salmón. El destazador se siente atraído por Preobrazhénskaya. Ella es una mujercita delicada. Él la dibuja en la pared.

“La cultura no nos protege de nada”, escribe un explorador en una piedra antes de abandonar la zona de exclusión.

Malofienko oye al pájaro de las cuatrocientas voces nombrar en su lengua el nombre de la ciudad abandonada: ¡припять!

(Cuaderno de Pripyat, Carlos Ríos)

Miguel Fanchovich

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