APUNTES DEL RAFA | “IN ODIUM FIDEI”

                        Al Obispo Ponce de León |

I.
In odium fidei es una expresión latina que significa “en odio a la fe” Es el furor, ira, u odio, que genera la disputa entre los miembros de una misma religión y no contra los practicantes de otra.

Es un odio que no se restringe sólo en el terreno verbal o intelectual, sino que se llega a la agresión física y hasta el exterminio mismo del contrincante.

La práctica de este odio irracional es moneda corriente a lo largo de la historia. Los ejemplos son numerosos y podríamos decir que se encuentra en Jesús el más notable, pagando con la muerte misma, o el que sufrió el teólogo Fray Luis de León, quien fue denunciado por sus mismos compañeros de religión, que buscaron deshacerse de él, entregándolo a la inquisición. Sufrió la cárcel y estuvo a punto de perder la vida misma. Sin embargo, perdonó esa afrenta volviendo a dar clases e iniciando la primera de ellas con esa frase “Cómo decíamos ayer”, que se interpela como alguien que supera ese odio, esas bajezas. Pegamos un pronunciado salto para recordar casos como el de Mujica, Angelelli, el de los padres palotinos, por decir algunos, entre tantos. Pero en nuestro apunte nos detenemos en alguien que no es cercano: el obispo Ponce de León, quien estuvo al frente de la Diócesis de San Nicolás entre 1966 hasta su asesinato en 1976.

II.
No tengo dudas en señalar que el conflicto que se presenta entre los que tienen una misma fe es como desplegarla. Podríamos sintetizar ese problema diciendo que es el decidir entre concurrir al hogar de los poderosos o emigrar, decidido, al hogar de los humildes. ¡Aquí está el asunto! No es baladí tomar semejante determinación.

El arzobispo Oscar A. Romero, de San Salvador, quien fuera cruelmente asesinado, fue contundente sobre este problema, diciendo: “Qué difícil es querer ser fiel totalmente a lo que la Iglesia proclama en su magisterio y que fácil por el contrario es olvidar ciertos aspectos. Lo primero conlleva muchos sufrimientos; los segundo mucha seguridad, tranquilidad y la ausencia de problemas”.

El Concilio Vaticano II ayudó a determinar por una de esas posiciones que estaba en boga al estimular el acercamiento de la Iglesia hacia el pueblo humilde, al incluir un nuevo lenguaje frente a los problemas actuales e imponer otras variantes que adecuaban a la Iglesia a los nuevos tiempos.

Ponce de León adhirió, sin dudar, a esa Iglesia y algo más: la puso en práctica.

Aquí se desata una verdadera guerra entre lo viejo y lo nuevo. Aquí puede observarse en su auténtica dimensión ese furor, esa ira, ese odio, del cual estamos hablando. A tal punto que consideramos lo más importante en la expresión “in odium fidei” a la palabra odio.

III.
El odium fidei es el gran movilizador, es el que desencadena los demonios y llega hasta el asesinato mismo. ¿De dónde proviene un odio semejante? ¿Es intrínseco al ser humano? Nos basta observar las estocadas a muerte que se han dado a través de los tiempos como el caso del mismo Jesús, a quien no mataron por odio a la fe, sino en nombre de la fe.

Si nos acercamos al asesinato del obispo Ponce de León, porque es alguien bien cercano a nosotros y, es ejemplo cabal de lo que estamos hablando, observamos, sin esfuerzos, como los mismos católicos buscaron dañarlo en todo sentido, llegando a planificar y ejecutar el asesinato ¿Por qué lo hicieron? Lo hicieron porque incomodaba su modo de vivir y de expresar su fe en el Dios de Jesús. No hay otra explicación. ¡Es eso! A tal punto llega ese odio que ni siquiera se disimula y eso nos hace posible observar que el espía de adentro del Obispado es católico, el Coronel que emite la orden es católico, el verdugo que ejecuta esa orden es católico. La víctima es profundamente católica. Pero entre esos católicos hay una diferencia y es que el Obispo a sabiendas de su destino, lo acepta. No se corre un ápice, no lo hace porque sea un suicida o un violento guerrero preparado para matar o morir. Lo acepta porque no puede apartarse de su camino, de sus convicciones. Sabe y siente también que esa es la contribución más grande de amor que puede dar y es una entrega que enriquece a su pueblo. Esa es la razón por la cual aceptó su muerte anunciada. Muere por la fe, luchando violentamente por ella como Jesús, como Romero, como Mugica, como Angelelli, como tantos otros. Es el aporte que pueden dar a su comunidad, al mundo mismo, con su forma de sentir la fe, y es, asimismo, la más grande prueba de la real caridad.

La firme decisión de estos mártires es una cachetada al odium fidei, porque de la misma manera que a cuatrocientos años resuena el “Cómo decíamos ayer” de Fray Luis de León y nadie recuerda a sus odiadores; los mártires como el Obispo Horacio Ponce de León están vivos y muy vivos para todos aquellos que no quieren, en absoluto, cerrar sus oídos y endurecer sus corazones.

Rafael Restaino

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