A LA IZQUIERDA DEL OLVIDO

El comienzo del día se torna fatigoso, producto de la penetrante niebla que todo lo envuelve. Hasta los sonidos de la naturaleza se presentan turbadores. Toda su humanidad se arrastra y una vez más se jura como un vasallo del medioevo que será ésta su última resaca mañanera. Su ánimo es una especie de yunque que delata una voluntad truncada.

En un esfuerzo casi inhumano recuerda la sentencia de Marechal, leída entrada la madrugada: “de todo laberinto se sale por arriba” y entiende que las próximas horas servirán para refutar o no al poeta. En su lánguida figura recortada de cóncavos y convexos, el misterio del azar, siempre se ha posado en su clavícula izquierda. Ahí, en ese refugio estratégico reposa al acecho la melancolía más despiadada, que, con peso propio, se convierte en el anclaje de la memoria. Y desde ese hostil territorio, la evocación lo toma por asalto convirtiendo las horas de su presente espasmódico en la elegía de su voluntad.

Mientras llega hasta la taza de café que como a Lázaro lo resucitará, se le ocurre pensar que la perspectiva que anida en el tiempo se torna caprichosa. Será por eso, se convence, que lo que antes fue importante ahora se convierte en insignificante y lo que era trivial, reaparece calando hondo, hasta dar con el destierro forzoso del abrazo. En el atreverse, retrocede a la mitad de su existencia para volver a sentir el soplido del viento, a pocas cuadras de un mar caribeño que abraza toda la isla. Aliviana sus hombros y se entrega al improbable acontecer de desandar el tiempo. En el refugio de un conjuro, la figura recortada lo sorprende una vez más. Y ante la capacidad de asombro se deja tentar por la osadía de mirarla sin el menor resquicio de duda. Es ella, inexorablemente ella. Con su andar silencioso que amortigua sus propios claroscuros, con esa impronta latente en su voz revolucionaria. Y sin mediar palabras la besa, porque necesita volver a esa poderosa tierra donde siempre anidó el deseo de regresar, conteniendo la emoción entre el olor de su cuerpo y el temblor de sus manos.

Agazapados ambos y para no romper el hechizo, caminan por el Callejón de Hamel, ahí donde el latido se respira afrocubano con el desborde del espacio público, que al son del guaguancó y el yambú convierten la rutina en una fiesta contagiosa. Pueden quedarse ahí, bajo el sol caliente de un domingo en vísperas navideñas, pero deciden retomar hasta la Avenida 23 y llegar al Malecón. En ese punto de coordenadas caprichosas, entienden que ni la más justa causa, los salvará del confinamiento. Han convivido sesenta días, entre las orillas de la clandestinidad y el deseo de libertad, empeñando fantasiosos proyectos que no tienen. Le dieron cuerda al reloj cronopiano mientras releían e interpretaban, casi de manera obsesiva los clásicos doctrinales y han viajado por cada rincón donde aconteció la vida guevarista, creyendo inocentemente encontrar en esa consonancia ideológica todo lo necesario para sostener lo que algunos llaman amor. Sin embargo, en la postrimería de haber coincidido, se les evaporó la pasión y con ella lo empírico dio paso a lo intangible.

Mentir en esa despedida, ha sido una de las formas que encontró para simplificar la existencia evitando la honestidad brutal. Quizás para sostener la carga de lo que pudo ser y no fue, se adentró en la determinación arremetiendo sobre el campo de batalla que ante sus ojos se extendía. Y despiadadamente prometió volver amparado en el intrépido empeño de los cobardes.

Hoy, mientras una vejez más o menos digna se delata en el ajado territorio de su cuerpo, retorna a la pregunta sin fin de qué hacer con la culpa de aquella promesa no cumplida y como si el perdón religioso existiera, suelta la carcajada que encuentra eco en el ventanal de vidrio repartido, que todo lo domina. Nada más lejano a él, que esa perversa construcción católica, que, desde siglos por módicos cinco pésames y tres avemarías, otorga la condonación del pecado. Así que desecha la demente idea de atravesar el territorio estéril del embaucador rezo. Sabe, lo supo siempre que ni la oscuridad de los tres fósforos de Prévert lo podrán rescatar.

Observa la botella de ron nuevamente llegando a su fin, no así los desprolijos artilugios de la selectiva memoria que se ciernen casi de forma lúdica. Abandona la osadía de ponerse a recordar mientras recoge mochila, libros y abrigo. Cuelga de su hombro izquierdo el peso del equipaje, le da dos vueltas de llave a la puerta y sale a reconocer la diaria rutina. Comprueba que la niebla no se ha disipado, la salida del laberinto tampoco. 

María Cobarrubia

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