CARLOS BARBARITO | TRES POEMAS

Que no deje al desnudo a la intemperie.
Que no abandone al desnudo en lo limitado y cercado.
Que no prevalezca entre los dos el equívoco, el desgarro.
Que haya un reino suyo más allá de la desdicha, la desolación.
Que por más que predomine el ahogo la única cifra sea su cuerpo, desnudo.
Que haya en sus párpados azúcar, siempre.
Que su voz barra de una vez la tempestad.
Que al mirarla quien mira pierda la razón, la memoria.
Que el agua hasta su cintura sea la medida, la edad.
Que abra por fin la puerta que da al amanecer, de par en par.

Antes de su carne, una vida sometida, incompleta,
como si lo cierto no bastara,
como si lo incierto bastara.
La aguja y no el olor del mar,
un avanzar a tientas por lo perdido y disperso.
Qué me daba la bienvenida
sino una sombra en un largo corredor,
una idea de viaje diluida, imposible;
horas en la resaca, en un perfil todo hueso,
en una escena sin premio,
una falta de aire, un fuego que no ardía.
Antes de su carne, una ruta desolada con árboles inclinados;
triunfo de lo que no oye, no ve,
de lo que sin mediar explicación
al abismo se arroja.

Una visión: cuerpos que se acercan unos a otros, se abrazan y se besan y acarician.
Una visión: la tierra árida da paso a una tierra fértil, a un vasto jardín donde siempre es mediodía.
Una visión: hervor en lo profundo, cita entera, sin vestigios.
Una visión: todo nos pertenece, hasta el cometa con su cola.
Una visión: evanescencias, linfas, ebriedad, himno.
Una visión: un coro lejano pero nítido, seres que se vacían para llenarse, un andar derecho a la desembocadura, de pronto olas, olas y espumas.

Carlos Barbarito

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