UN FILISTEO EN LA DÉCADA INFAME

Hay historias que nacen para ser parte del aire. Quizás porque son paridas con un designio caprichoso que las convierte en una especie de cantar de gesta, transmitidas de generación en generación. Quienes supimos de este relato, somos parte de una familia emparentada por la sangre y el cuchillo, tal vez porque aconteció como escribió Borges en un tiempo donde “el hombre se encontraba con el hombre y el acero con el acero”.

Nacía la década del ´30 y el hábito del fraude electoral confiscaba las libertades individuales. “Peludos” y “Orejudos” marcaban el ritmo social de una Argentina infame. La clase alta porteña era una fiesta con galera y veladas fastuosas en palacetes europeizantes brindando con champagne francés. Pero a pocas cuadras los conventillos estaban abarrotados de inmigrantes sin voz ni voto. En el interior, los patrones de estancias marcaban el ritmo de la producción con el látigo, mientras pagaban paupérrimos salarios con bonos cambiables por mercadería en el único almacén de su propiedad. Nuestra Patria entera estaba en un estado de latencia.

En el noroeste de Buenos Aires, un caudillo conservador ocupaba la intendencia y mientras el territorio crecía ediliciamente, en las barriadas populares los nadies de siempre seguían excluidos. Joaquín había cumplido los cuarenta, cuando el cantar arrabalero se refugiaba en la letra de Celedonio Flores mientras Girondo versaba sobre la preferencia de mujeres voladoras a terrestres. El metro noventa y tres del éuscaro, no pasaba desapercibido. Al igual que el relucir del facón a la cintura y su mirar resentido de ojos verdes. La sangre vasca de su madre que había sido violada por el mandamás de una finca al pie de la cordillera, lo había convertido con la acumulación de años en un desclasado. Y es una verdad de Perogrullo que la derecha fagocita a quienes tienen el deseo de pertenecer, Joaquín abrazó de manera descarada al Partido Conservador e hizo de él, su norte.

La caladura de los huesos, a causa del intenso invierno bonaerense, no desanimaba su cotidiana rutina nocturna de pasar por su verdadero hogar: la pulpería. Para ese entonces, ya había mutado al nombre del viejo almacén de los Duarte, antro de perdición para muchos, tierra mística para él. Esa madrugada la atmósfera del lugar tenía un tinte y aroma propio con una tensión que se precipitaba de manera turbia, como anticipando lo que iría a acontecer. En un lugar donde se respiraba el ser Conservador, un desafiante joven, militante radical se acodó atrevidamente sobre el mostrador. Con la fragilidad del cristal que estalla imprevistamente, el silencio se apoderó del lugar y dos miradas se midieron.

A ese instante fugaz le sobrevino la burlona frase del vasco: “hay un peludo cagón entre nosotros”. Invitación sin sutilezas para batir sus honores, bajo la parra de la galería externa. Todos los presentes, entonados con el calor de la grapa, se disputaron por obtener el mejor lugar para disfrutar del espectáculo, mientras se levantaban las apuestas. Los hermanos Duarte, como anfitriones que eran, oficiaron de padrinos y el cuchillo fue el arma elegida para batirse a duelo.

Quizás la altura lentificó la agilidad necesaria o la agitación del público lo envalentonó en una embustera realidad. Lo cierto, que el gigante, no pudo esquivar el acertado puntazo del imberbe contrincante. El mutismo se apersonó y con él la afasia de la turba. Joaquín fue cayendo en cámara lenta. Su osamenta temblaba en sintonía a la toma de aire, entre el resquicio del tórax y el latido a destiempo de quien se está desangrando. Tragó la pastosa saliva como exorcizando a la mismísima cruz mientras soltó su honor personificado en el facón. Fue ese el instante en que se dejó caer, exiliado de su orgullo, libre de remordimientos.

Antes del amanecer, el patio de ladrillos ya había sido lavado y la luz del día penetraba entre los mugrientos ventanales. En los relatos de época no hay registro del enfrentamiento: fue clandestino y en los suburbios, condiciones ideales para su ocultamiento. El pibe de la boina blanca se convirtió en David frente al resplandor endiablado de un Goliat tradicionalista. Quiso la genealogía, que uno de esos hombres fuera mi abuelo. A veces, solo a veces, los acontecimientos son parte de la trascendencia, otras tantas se difuminan en el aire.

María Cobarrubia

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