FALLA EN EL INSTANTE PURO

Carlos Barbarito.
Texto para la presentación de “Falla en el instante puro”.
Museo del libro y de la Lengua,
 Buenos Aires, 26 de mayo de 2016.

Fotografía de Liliana Gelman para la tapa del libro.

El ángel de la trompeta perdió sus alas y toca su oxidado instrumento, por monedas, en una estación del subterráneo. Vladimir y Estragon ya no esperan a Godot y permanecen ante una pantalla de un viejo televisor en un bar de mala muerte. Tales las escenas, las figuras –como me place decir- que, me parece, dan el tono de este libro que hoy les presento. Lo que no significa una total bajada de telón, un caso cerrado porque, dispersos aquí y allá, hay relámpagos de esperanza, de cierta esperanza. Este libro, amigos, es una reunión de poemas escritos hace años, tal vez ocho, tal vez más, con alguno más reciente, que decidí publicar –es decir, pienso en Picasso, abandonar-. 

Fotografía: María de la Vega

Ahora, ¿cómo hablar de estos poemas siendo yo el autor, cómo ser neutral y analizarlos como si se tratase de un microorganismo al que se ve a través de un microscopio? Cosa difícil, harto difícil. Sí me atrevo a hacer un inventario de aquellos materiales, diversos por cierto, que conforman mis poemas, al menos de los que soy consciente. De otros no lo soy y, tal vez, los lectores puedan dar cuenta de ellos. Materiales que no se agotan con mis lecturas, desde niño, asunto del que hablé muchas veces; la vida no se compone sólo de libros, también de sueños y de vigilias, de días y de noches, de visiones y de paisajes, de quietudes y de tormentas, de amores y de desamores… Cierro los ojos y vienen a mi memoria cierto eclipse de sol que produjo raras sombras en el suelo, un pequeño avión que publicitaba una marca con humo en el cielo, un amigo que un día decidió arrojarse del balcón –por suerte en el primer piso- con un paraguas creyendo que flotaría en el aire, tormentas que amenazaban con tirar abajo la vieja casa de la calle Zeballos, un poema exageradamente romántico –la historia de la novia muerta y del novio que trepa los muros del cementerio y…- que mi abuelo me obsequió mecanografiado, y, no mucho después, un tratado de física de fines del siglo XIX, que conservo como a un tesoro, Alicia en el País de las Maravillas en la edición de Robin Hood que una amiga de mi familia me trajo en un día y hora memorables, la llegada del hombre a la Luna, los Beatles en el televisor de mis abuelos, los ruidos de los trenes que partían y llegaban sobre todo en la noche, la primera nieve vista a través de una ventana en Chelsea, el Mar del Norte en tempestad y, al fondo, entre la bruma, Rotterdam, un diccionario que me obsequió mi padre y en alguna de sus láminas dos pinturas: una de Rubens, El rapto de las hijas de Leucipo, otra de Picasso, Pesca nocturna en Antibes, mi madre contándome inquietantes historias de jinetes arrastrados con sus caballos por las corrientes del arroyo Pergamino y de un hombre con cara de oveja que la familia mantenía encerrado…

En otra parte me pregunto por qué poesía y no prosa, ya que durante años sólo leí novelas de ciencia ficción y aventuras; si me preguntan por mi padre literario no lo dudo ni un momento, digo Julio Verne. Y si me preguntan por mi madre literaria, lo dudo todavía menos, aunque haya llegado mucho después a mi vida, digo: Virginia Woolf. Una posible respuesta podría ser que soy ansioso y escribir un poema sería un modo de veloz satisfacción, cosa falaz ya que la poesía –esto lo pienso desde hace mucho- exige todo y paga poco salario, a veces no paga, trae fatigas y dolores. ¿Por qué entonces insisto? Tal vez porque es el único modo que conozco de enfrentar al mundo, de andar bajo la lluvia, de dar –como dice un pasaje bíblico- coces contra el aguijón.

La poesía no desatiende al dos más dos es cuatro, pero tampoco al en el prado pasta el unicornio. Con Robert Graves pienso que se mueve en ambos mundos como si de uno solo se tratase, a riesgo de, al quedarse con uno o lo otro, de cometer un grave error. Creo que en este libro se da, nuevamente en mi obra, ese matrimonio que, estoy seguro de ello, no augura divorcio.

San Miguel, mañana del 16 de mayo de 2016.

Esa noche, con Alejandrina Devescovi, editora, y Marcelo Saltal, lector de algunos poemas.

Datos del libro:
Falla en el instante puro
Prólogo de Eduardo Espina
Fotografía de tapa: Liliana Gelman
Fotografía del autor: María de la Vega
Buenos Aires, Botella al mar, 2016.

Carlos Barbarito

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