TIERRA FERAZ (CULTIVOS Y VIAJES)

Hay narrativas donde la tierra, como suelo natural, como territorio o paisaje, adquiere un rol protagónico. Digo esto e inmediatamente me vienen a la mente Rulfo y los cuentos de El llano en llamas, uno en particular, “Nos han dado la tierra”:

“Nosotros paramos la jeta para decir que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano”. (Juan Rulfo, “Nos han dado la tierra”)

Al instante se me aparecen Horacio Quiroga y la selva misionera. Y Jack London, y Conrad: “Tenía en mis narices el olor del barro, ¡del barro primigenio, por Júpiter!; y, ante mis ojos, la enorme quietud del bosque primitivo, había reflejos brillantes en el negro río, la luna había tendido por todas partes una fina capa de plata: sobre la hierba exuberante, sobre el fango, sobre el muro de vegetación enmarañada que se alzaba más alto que el muro de un templo, sobre el gran río, que yo podía ver brillar a través de un hueco oscuro, brillar a medida que fluía en toda su amplitud sin un solo murmullo”.  (Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas)

Y la pampa que describe la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara: “El desierto (…) era parecido a un paraíso. O a lo que yo podía considerar como tal: las lagunas que yacían en las partes bajas y las que subían estaban, qué curioso, más arriba que algunas tierras secas, los árboles se multiplicaban y era dodo lo que podía verse en muchas zonas, los pájaros cantaban a los gritos…” (Gabriela Cabezón Cámara, Las aventuras de la China Iron).

Una cuestión es que el protagonismo de la tierra, junto al clima, nos abre la posibilidad de escribir y citar cientos de páginas, algo que no sería prudente encarar en este espacio. Por eso para este artículo elijo detenerme en dos libros: la novela Los llanos, de Federico Falco, y el ensayo (aunque resulta un tanto forzada esta categoría; tal vez podría denominarse “diario de jardinería”, si es que esa tipología textual existe) Loa a la tierra, del filósofo Byung-Chul Han.

La gran diferencia entre estos dos libros con la narrativa citada anteriormente es que en los últimos la tierra aparece, digamos, “domesticada”, o “capturada”. De la primigenia exuberancia de la jungla y los bosques, de las desmesuras de las estepas y la pampa abierta, pasamos a una huerta delimitada en medio de la llanura y a un jardín ciudadano. La otra diferencia es el cultivo. Tanto el narrador que nos propone Falco como el propio Byung-Chul Han se dedican pacientemente (y el modo es primordial) a cultivar la tierra.

El filósofo coreano radicado en Berlín inicia el prólogo confesando que la añoranza y la necesidad de estar cerca de la tierra motivaron la resolución de practicar a diario la jardinería. Loa a la tierra se presenta, desde el subtítulo, como “un viaje al jardín”. La idea de viaje que comúnmente tenemos, que además podemos asociar a relatos de viaje, seguramente nos remite a recorridos de cientos o miles de kilómetros o leguas. Los viajes en la literatura también justifican el ideal de aquello que es un viaje. Sin ir más lejos (más bien yendo muchísimo más lejos) tenemos 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne. O, del mismo autor, De la Tierra a la Luna, La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje al centro de la Tierra…y podemos seguir. O El viaje de Ismael («Call me Ishmael», “Llamadme Ismael”) en Moby Dick, de Herman Melville. O, ya que lo citamos en un párrafo anterior, el viaje de Marlow desde Londres al Congo en busca de Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad… (Digresión obligatoria, o no tan digresión: Apocalypse Now, la genialidad de Francis Ford Cóppola, película basada en la novela. El viaje del capitán Willard por la jungla para encontrar y matar al rebelde coronel Kurtz).

En contraposición, el viaje de Byung-Chul Han se nos presenta brevísimo en distancia, también íntimo. Tal como cita el mismo autor, podría acompañarse con “Viaje de invierno” de Schubert como fondo musical, al menos durante los días fríos y grises del invierno berlinés.

Viajar al jardín es viajar desde el interior de la casa al patio, y desde el cemento a la tierra. Es en el encuentro con la tierra cuando este viaje, en vez de finalizar, comienza. Porque no se trata de recorrer distancias, sino experiencias vitales. “La tierra -dice el filósofo- no es un ser muerto, inerte y mudo, sino un elocuente ser vivo, un organismo viviente”. Luego reclama: “Hemos perdido por completo la veneración a la tierra. Hemos dejado de verla y de oírla.

(Segunda digresión obligatoria, o no tan digresión: quienes pertenecen a la Cultura Andina la siguen venerando y no han dejado de verla ni de oírla, hijas e hijos que honran a la Pachamama, como lo fue el maestro, escritor y periodista Sixto Vázquez Zuleta, “orgullosamente Kolla”, autor de El rostro de Humahuaca)

Federico, el protagonista de Los llanos, se muda de la ciudad al campo. Es escritor, se ha separado de Ciro, su pareja. Alquila una casa y el patio de lo que fuera el casco de un pequeño campo, en las afueras de Zapiola, localidad del partido de Lobos.

“El sueño de un lugar donde plantar árboles para siempre. Armar un jardín que dure, que se prolongue en el tiempo. Zapiola es un ensayo general de ese sueño. Alquilar por dos años esta casa en medio del campo, rearmarse acá, atarse por un tiempo a esto (…) No puedo tener frutales o espárragos o arbustos de frambuesa o groselleros, pero puedo tener una huerta, sembrar en otoño, sembrar en primavera.

“El ensayo general de un jardín.

“El ensayo general de una huerta. Un lugar donde pasar el tiempo y empezar de nuevo”.

También hay viajes en la trama que nos propone Falco. El protagonista hace un viaje en el sentido más ortodoxo, el de desandar distancias, el viaje externo. Recorre kilómetros en una visita que hace a su familia, que vive en General Cabrera (allí nació Falco), en la provincia de Córdoba. Pero los lectores sabemos que ha viajado antes al mismo hogar familiar sin moverse, simplemente recordando, un viaje en el tiempo hacia la infancia: “A veces, si yo me aburría o el viaje se hacía largo, mi abuela me contaba historias en el camino”.

De la visita a su pueblo natal regresa:

“Vuelvo, regreso. El rosario de pueblos pero ahora al revés. Deheza, Perdices, Dalmacio. Por fin Villa María, la autopista.

(…)

«Panamericana. Dos carriles. Cuatro carriles. Seis carriles. Todos llenos de autos. Todos a velocidad máxima. Verse obligado a entrar en el flujo. A seguir. La corriente que te arrastra. No hay retorno. Ya está. No puedo parar. Ya estoy lanzado.

(…)

“Vuelvo a Zapiola. Encuentro la huerta bien, linda, encaminada. Luiso la estuvo regando estos días. Muchos yuyos. Las habas crecen a buen ritmo. Los repollos ya largaron hojas grandes, anchas. Las acelgas nomás, un poco estancadas, o no tan frondosas como yo me imaginaba que estarían”.

Byung-Chul Han también  nos cuenta de un viaje que hace a Italia para dar su primera conferencia en ese país. Y también regresa a su casa, y a su jardín.

“Estoy de vuelta en Berlín (…) Durante el vuelo de regreso tenía la sensación de estar sobrevolando un extenso desierto helado. Nubes que surgían aisladas parecían icebergs. Así pues, el vuelo de regreso a Berlín fue un viaje invernal de tipo peculiar.

“Poco antes de medianoche me apresuré a ir a mi jardín junto al Wannsee, como si fuera una amada hija que dejé sola durante dos semanas.

“No podía esperar hasta la mañana siguiente. Experimentaba un sentimiento de obligación y amor hacia mi jardín”.

Del viaje exterior pasa, casi sin solución de continuidad, al viaje íntimo, el viaje sosegado, quieto. Ese viaje tan vital como silencioso, el de sentir.

“Semillaron los kales. Algo triste en eso, una etapa que se termina”, piensa el protagonista de Los llanos.

Miguel Fanchovich

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