ENTREVISTAS EN LA NOR-PAMPA | HUGO MARCELO ÁLVAREZ

Hugo Marcelo Álvarez: “Bailar es dejar que el cuerpo hable”

El profesor Hugo Marcelo Álvarez nació en Pergamino el 24 de agosto de 1965. Desde los 9 años, que inició el largo y duro aprendizaje de bailarín, nunca abandonó esa inmensa vocación que mantiene hasta nuestros días.

Es raro proviniendo de un barrio de ferroviarios, cuya pasión más visible es el fútbol, que te hayas inclinado por el baile ¿cómo se produjo esa iniciación?
Así es. En este barrio que es Villa Progreso la mayoría de los chicos tenían inclinación por el fútbol, pero se dio esa casualidad que pasó por mi casa un amigo de mi edad Fabián Tocalini, a quien le pregunté dónde iba. Me contestó a las clases de baile que se daban en La Fraternidad. Lo acompañé y decidí continuar con esas clases que eran dadas por María Delia Pujol. Iban muchos amigos del barrio como Pamela Ripoll, María y Cecilia Pez, Silvia y Paola Toriggino, Pedro Marlo. Algunos abandonaron, pero yo seguí e hice prácticamente toda mi carrera con María Delia.

¿Indudablemente había una vocación?
Si, no tengo dudas de ello. Esa vocación viene por parte de mi abuelo Francisco Barbarita, un hombre rudo, trabajador en los hornos de ladrillos, preparador de caballos para cuadreras, quien me sabía contar historias apasionantes. También incidió y mucho mi abuelo paterno, un ferroviario que siempre tenía dispuesto algún relato o anécdotas relacionadas con su trabajo. Ellos me nutrieron.

Asimismo, ocupa un lugar enorme Lázaro Flury, un profesor, investigador y difusor del folklore argentino. Autor de numerosos libros como Historia de la Música Argentina y Danzas Folclóricas y un activo defensor de los pueblos originarios de argentina. Justamente esta eminencia venía a examinarnos y por medio de él me recibo en 1980.

¿Pero vos ya actuabas en el ballet de Pujol?
Si, María Delia había fundado el ballet El Triunfo en 1978 con el cual se hacían actuaciones locales y regionales. Se bailaba principalmente en las fechas patrias. Yo participé a fines de 1978 en un acto oficial. Esa sería la fecha de mi iniciación como bailarín. Fue una explosión las danzas folclóricas por esos años. A tal punto que El Triunfo tenía 22 escuelas de folclore. Yo me inicio como profesor en 1980, tenía sólo 16 años cuando María Delia me puso al frente de una de esas escuelas en el pueblo de Peyrano. Desde ese año participé en diferentes actos y lo hice activamente en el Festival de los Arroyos, desde su creación en 1981.

En todos esos años en los cuales bailaste y enseñaste fuiste encontrando tu estilo, tu manera de decir. ¿Desde ese lugar a quién consideras tus maestros?
La línea que privilegio es la de Santiago Ayala, el Chúcaro considerado el creador del malambo con facón y con espuelas. Pero, más allá de eso, yo tengo en cuenta la construcción de sus coreografías, que para llevarlas adelante hay que informarse, documentarse y mucho, que es la única forma de lograr esa verdad y ese vuelo. De ahí llevé adelante, con la impronta propia que me dieron los años, esta manera de desarrollar líneas argumentales históricas, leyendas, mitos, cuentos, inaugurando nuevos caminos, lejos de la ortodoxia de la danza folclórica.

Otro gran maestro es Oscar Murillo, quien comenzó en 1972, la historia del Ballet Brandsen.

A ellos los considero como los bailarines que fueron capaces de pintar un retrato de su pueblo, de recrear el paisaje, contar la historia y hacer visibles las emociones.

Y muy, pero muy en lo personal, en el 2002 conocí un maestro de Guatemala, quien me enseñó sobre la cosmogonía maya. Fue algo que me cambió mucho, me hizo ver otras cosas, hizo que mi curiosidad fuera por otro lado. A partir de ahí comencé a interiorizarme por la otra historia. A partir de ahí se acrecentó mi deseo de conocer la América profunda y eso está en relación al viaje que iba a emprender en el 2005 a Colombia.

¿En esa impronta se encuentra la decisión de no participar en las competencias folclóricas?
Al ponerse de moda los certámenes tomé la decisión de que mi ballet no participaría en los mismos. No es un capricho es una posición firme y de política cultural. Es que no creo que pueda ser evaluada la cultura, porque nunca puede evaluarse la carga espiritual, el sentimiento. En el baile no hay sólo técnica y el jurado verdadero es el público. Estamos en desacuerdo con la rivalidad, con la competencia, que lleva a prepararse para el gusto de un jurado, nosotros hacemos hincapié en lo artístico.

Por otra parte, los certámenes no es un camino que lleve a ser más generosos, más honestos, más estudiosos; ni más conocedores de la cultura, que se debe trasmitir en cada puesta en escena.

Una de las características en tus cuadros es la utilización de diferentes herramientas del arte, de otras artes, dándole un estilo muy singular a lo que realizas.
Es que el arte, mi arte me permitió entre otras cosas conocer otras ramas artísticas. Conocer actores, titiriteros, escritores, pintores, que acrecentaron mi bagaje de conocimientos. Es algo que está en relación con la línea histórica nacional. En relación con lo que hacían los Podestá en el circo, donde está la madre de las artes, ya que era muy completa la preparación de aquellos artistas: payasos, equilibristas, malabaristas, bailarines. No hacemos otra cosa que cultivar esa tradición a la cual incorporamos nuestro espacio y nuestro tiempo y de esa manera hacemos honor a nuestra consigna “Ballet El Triunfo, mensaje maduro del corazón de la tierra hecho danza”.

Entre las obras donde se encuentran esos elementos está “Ese grito que no calla”, donde incorporamos títeres, marionetas y otras artes. Fue una obra preparada para el bicentenario. En ella contamos 200 años de historia a través del juicio que realiza la trinidad telúrica al pueblo.

¿Hugo cómo definirías tu arte de bailarín?
El bailarín es alguien que sabe dejar que el cuerpo hable con todas sus herramientas. Alguien que deja que su cuerpo sea invadido por la música y puede hacerla fluir en su total dimensión. Hacer que se manifieste la alegría, la desazón, la tristeza.

Crónica del viaje a Colombia en ómnibus
Entre los numerosos viajes que realizó Hugo Álvarez al frente de su ballet, tiene un lugar muy especial el efectuado en octubre de 2005 a Colombia. Lo hicieron por medio de un ómnibus modelo 1988, que a pesar de ciertos contratiempos resistió los casi 13.000 kilómetros de ida y de vuelta. Esta es su crónica relatada por él mismo:

“A partir del 2000 se me había despertado y muy fuerte el deseo de conocer América, parte de América al menos. Un sentimiento que estaba unido también a los objetivos que quería imprimirle al ballet. Quería buscar esencias, conocimientos. Todo aquello que pudiera completarnos y de esa manera poder dar más. Desde ese profundo sentimiento comencé a idear el viaje. No fue fácil. Entre las primeras decisiones se encuentra la compra de un ómnibus que estuviera de acorde a ese proyecto ambicioso. Fue así que adquirí a la empresa Kaluch un Mercedes Benz modelo 1988, de cinco cilindros. Tenía capacidad para 42 pasajeros. De los cuales dejé 30 para los convocados a realizar el viaje y adapté el lugar sobrante en un espacio de descanso, principalmente, para los dos choferes contratados. En la bodega se dispuso llevar el vestuario y comestibles.

En este viaje debo decir que tuvo un lugar destacado el folclorista colombiano Alexander Cardona Capote, a quien conocí en Italia y me vino a visitar en ómnibus aquí en Pergamino. Fue él quien me demostró que era posible esa empresa y me motivó para participar del Festival Iberoamericano de Danzas de Guacarí (Colombia).

El 2005, fue un año lleno zozobras y situaciones. Entre ellas los fallecimientos de mi padre, quien iba a compartir ese viaje y el de mi suegro. Por otra parte, participamos con el Ballet en Cosquín y en el mes de octubre partimos hacia Colombia. La primera peripecia la tuvimos en la aduana Argentina-Chile por cuestión de los papeles. Horas de trámites, de explicaciones a pesar de tener todo en regla. De allí pasamos a la Panamericana Norte (Ruta 5) hacia Arica, unos 2.300 kilómetros. En este trayecto hubo subidas que debimos realizarlas a paso de hombre. Un contratiempo serio fue meternos en un camino que era privado de una mina. Nos obligaban a punta de armas hacernos regresar. Vivimos con gran tensión esa violencia con la que se nos trató. Un poco más adelante se rompió una puerta, cuyo arreglo, muy necesario por el frio y el viento que hacía, nos atrasó un día y medio. Una serie de cosas que nos hizo tener la certeza de que no íbamos a realizar el trayecto en los ocho días establecidos. De Arica fuimos a Lima por la Panamericana Sur. Pasamos por lugares muy bellos y muy interesantes como Yauca, Moquegua, Nazca, Cerro Azul. Desde Lima a Quito (Ecuador) fue mucho más placentero. Es que el paisaje de la costa y sierra ecuatoriana es hermoso por su vegetación y no es tan accidentado como el de los Andes. Fue un trayecto que nos sorprendió el cambio abrupto del paisaje. Pasamos del color del desierto al verde de las palmeras y al colorido de las casitas humildes, de maderas, pintadas de azul. A pocos kilómetros de Quito nos detuvimos en una de las ciudades más pintorescas: la ciudad de Otavalo. Esta es una ciudad que está en pleno altiplano, rodeada de volcanes, entre ellos el Imbabura que parece que te mira por todos lados. En este lugar nos detuvimos para apreciar los mercados y las vestimentas típicas de los lugareños, principalmente los Kichwa, cuya cosmovisión es muy interesante. Una curiosidad fue saber que el quichua que se habla en este lugar es el mismo quichua que se habla en Santiago del Estero

De Otavalo a Cali, un trayecto de 600 kilómetros, tuvo también sus accidentes. Uno de ellos fue la ruptura de una cubierta en un camino de cornisa. Vimos militares, paramilitares, gente en moto con armas largas, ya que es considerada una zona de guerrillas. Uno de ellos me manifestó que no tuviéramos miedo, que sabían quiénes éramos desde que habíamos ingresado a Colombia y que ni el ejército, ni los guerrilleros, nos harían algo.

Otro percance fue la rotura del embrague. Esto pasó en las cercanías de Ipiales que nos permitió una vez más ver de cerca la solidaridad de nuestros pueblos, ya que nos ayudaron de una manera increíble y no sólo eso, nos celebraron con una verdadera fiesta que nunca olvidaré. En ese lugar dimos nuestra primera función bailando como lo sabemos hacer.

Después de esa jornada inolvidable pasamos por Pascos, Popayan, hasta nuestro destino.

En Guacarí desplegamos nuestro arte con un cuadro titulado “La memoria”. Más allá de los aplausos, de las felicitaciones, fue emotivo el acercamiento de familias desplazadas que al entender nuestra propuesta artística nos pidieron que hiciéramos algo por ellos. Ahí tuve una dimensión de la importancia del arte.

Después de las diferentes actuaciones a lo largo de diez días volvimos por el mismo camino que realizamos en 11 días. Ingresamos por el Paso de Jama y en Purmamarca nos detuvimos a comer empanadas, que fue como saborear la patria”.

La Memoria. XV Festival de Música folclórica.

Historia del Ballet El Triunfo…

Rafael Restaino

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